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El caracter de José I

2 mayo, 2012

En este 2 de mayo en el que hace 204 años el alcalde de Móstoles llamó a los españoles a alzarse contra el invasor francés, os dejo estos recuerdos de un invasor, oficial de Napoleón, testigo y protagonista de la historia de una España invadida, aherrojada y despreciada por la arrogancia imperial.

Al fin puedo descansar en Rentería, y poco tiempo, pues me llega la orden de escoltar un convoy a Bilbao. Salimos el día siguiente y llegamos sin peripecias mayores; por el camino nos saltaron a la vista los estragos de guerra que se practica contra nosotros: los campos están en cenizas y los pueblos destruidos. El fuerte de Hernani se encuentra bloqueado y sufre estragos inimaginables.

Ese puesto es vital para nuestro ejército. Situado en la carretera entre Irún y Tolosa, facilita la comunicación entre las dos ciudades. No hallamos donde guarecernos y por consiguiente tenemos que acampar a la intemperie con un frío peor que en Moldavia. El pueblecito que está debajo del fuerte, cuyo nombre evocaba antes riqueza y ventura, es ahora un montón de ruinas. En su torno, campos abandonados por los habitantes de este desdichado rincón.

Aparece el general Lamarque con dos batallones. Nos unimos en medio de la planicie, y media hora después emprendemos juntos la marcha hacia Guetaria; tres días al lado del mar, hasta que nos descubren los barcos del almirante inglés Bentkie, por lo cual acampamos fuera del alcance de los cañones. En la costa hay tantos habitantes como guerreros. Nunca he realizado etapas tan inseguras: los campamentos son asaltados de improviso, y rara es la marcha sin ninguna muerte. y ni una sola fémina, ni siquiera un bambino a nuestro paso, y si aparecen nos escupen en la cara.

La realidad es deprimente: desde la campaña de Austria dejamos de recibir refuerzos que compensen las bajas cotidianas, y en lugar de concentrarnos en los puntos clave, seguimos extendiéndonos por la península. La separación nos debilita y nuestro modo de vida (de un lado a otro) nos fatiga. En los cuatro puntos del país perdemos nuestra reputación de invencibles, con la cual hemos sometido a media Europa.

El Emperador no debe admitir una situación que pronto resultará peligrosa. Para vengarse de las humillaciones y restablecer el prestigio, habrá de sofocar cualquier tipo de acciones hostiles. Así se lo dice a su hermano José, a quien los españoles motejan «Pepe Botella» (alusión injusta a su apego por el alcohol). Los oficiales hemos recibido una misiva del Emperador: el castigo de España ha de ser proporcional a la grandeza de Francia. Nuestra victoria será aplastante, incontestable, definitiva. Para ello se necesita que Napoleón conduzcala guerra con los veteranos que vencieron a Europa y doscientos mil hombres bien dirigidos: ¡Tengo que ir!.

El rey José dirige las operaciones tras el regreso a Francia de su hermano. En el pacífico trono de Nápoles adquirió costumbres delicadas; en cambio, aquí está rodeado de adulones franceses y de unos cuantos españoles que lo engañan, con lo que se crea un mundo de vanas esperanzas. En lugar de acompañar a los ejércitos, permanece en la capital sumido en la indolencia y añorando los deleites italianos.

Para mí que los dos hermanos aprendieron a cocinar en distintos lugares: en Varsovia, cuando se quiere escaldar una rana, se echa el animal en agua hirviendo. Con un reflejo muy particular, la rana salta de la cacerola; en cambio, los florentinos meten la rana en agua fría, que calientan hasta la ebullición: la rana se va adaptando y pierde el reflejo que la hubiera salvado. Cuando se da cuenta del peligro, carece de fuerza para saltar. Reflexiono mucho sobre esta parábola en la que se observan las actitudes de José y Napoleón ante el pueblo español, al que tratan como si fuera un batracio.

Las proclamas del Emperador auguran un futuro espantoso a los sectores de la península que resisten, mientras que con miras a seducir al pueblo, José imita el fasto de Carlos IV y de Fernando VII. Acude a las procesiones por las calles de Madrid con teas encendidas al frente de soldados y oficiales de nuestro ejército. Sus pretensiones de santidad, la afectación de munificencia, la falsa generosidad no consiguen más que ridiculizarlo.

Ambos se equivocan: las provincias tratan dedesviar la suerte que les promete el invasor, y no se rebajan a pedir clemencia al uno, y el otro no podrá conquistar al pueblo español a fuerza de carantoñas.

José distribuye medallas a sus cortesanos que no se atreven a colgar por miedo a que los asesinen. Los periódicos están llenos de leyes que nunca se cumplen, y nombra gobernadores en las provincias más lejanas cuando él mismo no se atreve a pernoctar a unas leguas de Madrid.

Se ha propalado que es tuerto, lo que aviva la imaginación del pueblo. En vano trata de frenar esos rumores mostrándose en público y mirando a la gente cara a cara; sin embargo, la mayoría sigue convencida de que sólo ve con un ojo.

Acostumbrados a meter siempre en sus conversaciones esta exclamación: ¡Jesús, María y José!, los devotos se detienen después de los dos primeros nombres, y tras una pausa añaden: y el padre de Nuestro Señor. Temen que les caiga una desgracia del cielo si evocan al padre putativo.

Me sorprende sobremanera esta actitud, ya que la devoción de los españoles, por lo menos en las capitales, me parece haberse entibiado. Por un lado es cierto que se teme a la Iglesia, y por otro que la España católica ha dejado de existir: devastar conventos parece el sumo de la civilización, en la península ya han penetrado las ideas volterianas y liberales contra la Inquisición y el fanatismo.

Una tarde, cuando paseaba por una alameda en Bilbao, vi que la gente se apartaba porque venía una constelación de lucecillas parpadeantes: era el Santo Sacramento en busca de algún moribundo, y todos huían para no arrodillarse.

Los franceses consideran que la bondad del rey es en realidad flaqueza, lo cual influye en las operaciones militares. El deseo ardiente de que lo quieran sus nuevos súbditos lo lleva a consentir las reclamaciones de los españoles, llevándonos siempre la contraria.

Ganamos batallas y José va al Retiro a visitar a los prisioneros enemigos: Habéis sido engañados por hombres pérfidos, y yo, vuestra rey, sólo deseo el bien y la felicidad del país. Temiendo ser fusilados, los cautivos juran sumisión o lo que se les pida con tal de que los suelten; se enrolan en nuestro ejército, y una vez armados y adiestrados huyen a las montañas para atacarnos. Se les reconoce por sus uniformes nuevos y porque otorgan al rey el título de intendente y abastecedor de los depósitos militares de los guerrilleros.

Al final nos resignamos: la guerra durará mucho tiempo; además, Napoleón no cesa de provocar a los españoles: ¡He venido a ofreceros la paz y a libraros del yugo que una clase de monjes inútiles os colocó hace siglos! ¡Con este fin os había enviado corderos y los habéis degollado cobardemente. Ahora he traído a nuestros leones del norte: so- 
meteos u os devorarán!

Los diputados de Madrid, junto con algunos alcaldes, se rinden al cuartel de Chamartín sólo por miedo. Mil doscientos jefes de familia juran fidelidad al rey José, aunque los curas ya les habían absuelto de antemano por la inobservancia del compromiso.

En lugar de convertirnos en liberadores, la reducción de las órdenes religiosas y la abolición del Santo Oficio aumentan el odio contra nosotros, azuzado por el clero y sus secuaces.

Eclesiásticos de toda laya se han repartido por el país, espoleando al pueblo con argumentos falaces: La Inquisición fue instaurada para que los extranjeros no adulterasen los valores morales de los españoles, como sucede en Francia. En realidad, esta institución se ha suavizado y ya no inspira el temor de antaño; incluso algunos hombres ilustres la consideran como un medio necesario para que los gobiernos débiles contengan el empuje del clero bajo. Además, los indigentes se preguntan dónde tomarían la sopa boba sino en los conventos.

El pueblo no concibe que las instituciones de su infancia dejen de existir; y en estos tiempos de infortunio, se considera impío cualquier cambio que se deba a intrusiones enemigas.

Extracto de: Memorias de un invasor. Ramón Chao. Valencia: Efecto violeta, 2008.

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