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El nuevo romanticismo

6 mayo, 2012

Lo que nos faltaba. No bastaba a los poderes establecidos con los nuevos filósofos, con el eurocomunismo, con la euroderecha, con el socialismo de rostro humano ni con los disidentes del Este: el liberalismo avanzado de Giscard d’Estaing acaba de lanzar el neo romanticismo con todo el bombo y platillo que le proporciona la gran maquinaria editorial francesa.

Los intelectuales que difunden una ideología son, a la vez, reflejo de la clase social que representan, y muy floja tiene que estar ideológicamente la sociedad liberal de Giscard d’Estaing para verse obligada a echar mano de gente tan mediocre como del escritor de novelas rosas Gonzague Saint-Bris, y del insignificante presentador de televisión Patrick Poivre d’Arvor.

Me dirá el lector que ya con los «nuevos filósofos» y con Bernard-Henri Lévy se había lucido el «faro del mundo» que pretende ser Francia y la «ciudad luz», título que sigue reclamando París. Pero no. Esto es peor.

El nuevo romanticismo es, en versión francesa, nuestro pasotismo. Yo no sé si nos lo están copiando o no, y si los responsables de la orientación ideológica en Francia colaboran «la mano en la mano» con sus homólogos españoles, tal como están haciendo ambas policías en el País Vasco. Es posible. Mas enorgullezcámonos: por una vez somos pioneros, en lugar de ir a remolque como fuimos del existencialismo, de la nueva novela o del cine-verité. Y si no hemos tenido a un Robbe-Grillet, ni a un Jean-Luc Godard, ni mucho menos a un Jean-Paul Sartre, contamos con Agustín García Calvo, que tanto sabe de sintagmas, y que da sopas con ondas a sus epígonos franceses.

El pasotismo español surgió, a raíz de la muerte de Franco, por la decepción de muchos jóvenes que se creían que iban a vivir en un mundo distinto. El nuevo romanticismo apareció en Francia después de la derrota de las izquierdas en las elecciones de 1978, ante la evidencia de que habría giscardismo por muchos años. El poder ha querido canalizar este desánimo ofreciéndole una ideología de evasión.

Nada de esto es nuevo. Ya el gran abanderado de los verdaderos románticos, Alfred de Musset, explicaba la aparición de este movimiento literario -y concepción del mundo- por la frustración de dos revoluciones: «Toda la enfermedad del siglo proviene de dos causas: el pueblo que ha pasado por 1773 y por 1814 lleva dos heridas en el corazón. Todo lo que era ha dejado de existir; todo lo que será todavía no existe. No busquéis otras razones para explicar nuestros males.» Más adelante el autor de Las confesiones de un hijo del siglo escribe estas frases, justas en su día y hoy proféticas: «De esta forma los jóvenes encontraban un empleo de la fuerza inactiva en la afección de la desesperación. Reírse de la gloria, de la religión, del amor, de todo el mundo es un gran consuelo para los que no saben qué hacer. Un sentimiento de malestar inexplicable empezó a fermentar, pues, en todos los corazones jóvenes. Condenados al reposo por los soberanos de este mundo, entregados a toda clase de pedantes, a la ociosidad y al aburrimiento, esos jóvenes veían alejarse de ellos las olas espumosas contra las que habían preparado sus brazos.»

El desaliento juvenil data del año crucial de 1968. Las barricadas insurreccionales del Barrio Latino se inspiraban en el Canto de guerra parisiense, de Rimbaud: el 30 de mayo fueron arrasadas por los carros de la policía y enterradas por la grotesca manifestación burguesa. En Checoslovaquia Jan Palach se inmolaba con un gesto trágico y romántico, y al terminar su vida se acababan las aspiraciones de sus compañeros.

Ya ni siquiera le quedaba a la juventud el ejemplo de los campus americanos. La Beat generation se estaba disolviendo. Hair se quedó en un mal recuerdo. Todavía en el verano de 1969 cerca de un millón de personas se reunían durante tres días en Woodstock, en el mayor festival de rock de la historia. Fue el canto del cisne. Tres meses después moría Kerouac. Warhol ya había hecho sus mejores películas. Se separaron los Velvet Underground, y Syd Barret, uno de los personajes más importantes del nuevo romanticismo por venir, acababa de desaparecer. Brian Jones se ahogaba en el fondo de una piscina, y en 1971 moría Jim Morrison en París, a los veintisiete años.

Los caminos de la evasión conducen entonces a Katmandú, y de allí se vuelve con la euforia de la droga, de la bisexualidad y con guirnaldas de flores. Lejos estamos de los bajos fondos de Nueva York, de los muelles, de las motos y, de las cadenas. David Bowie, con el pelo teñido de verde o de amarillo, calzado con botas blancas, encarna la ambigüedad sexual. Llegan los punks, semejantes a las bandas de los barrios bajos de Dublín, con trajes lacerados, pelos cortos y asimilando igualmente los imperdibles y las cruces gamadas. Con ellos nace un nuevo romanticismo, sórdido y nauseabundo.

Francia ha querido encauzar estas desilusiones hacia evasiones literarias. Henry-Levy, el dandy tenebroso, con sus viajes a Argentina y organizando el «barco para Vietnam», juega a ser el lord Byron de nuestra época. Los tres autores de poca monta antes citados debieran corresponder a los Víctor Hugo, Chateaubriand o Alfred de Musset. Pero, sinceramente, hasta triste resulta decir que no dan la talla.

RAMON CHAO EL PAÍS / Madrid , 01/04/1979    

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