Skip to content

Las costumbres del Vaticano

27 mayo, 2012

La atribución de un alto grado de moralidad al Vaticano carece de fundamento. Se vende como churros en Italia un libro del mayordomo del Papa con revelaciones sobre la vida, intrigas, pederastia, estafas, atentados y otras bobadas que, dice la prensa, “Hacen temblar a la Santa Sede”, y el inquisidor Benedicto XVI está “aterrado.” Que estos señores acudan a mediar por la paz en los conflictos del mundo; que se ocupen de la educación de los niños; que no paguen impuestos y reciban prebendas de muchos Estados; que llamen sobrinos a sus hijos, es algo absolutamente inadmisible, basado tal vez en una frase  enigmática del Nuevo Testamento : “Señor, déjame ir a enterrar a mi padre y luego te sigo”. Y Jesús le respondió: “Sígueme ahora y deja que los muertos entierren a los muertos.” (Mt. 9, 19-22)

Si Jesucristo fuese Dios, artículo de fe para los cristianos, es inconcebible que haya dicho a la ligera esta frase tan enigmática que justifica toda clase de desvaríos.

Cierto es que tal Señor ha multiplicado las consignas herméticas, lo que ha llevado al desbarajuste que reina en su embajada en la Tierra, pero (tengamos confianza en Él), no tienen por que ser irracionales. Si no, ¿cómo pretendería ser Dios ? Creo recordar que, a imagen de Joyce, Jorge Luis Borges ya había glosado algunas órdenes nebulosas de la Divinidad. El escritor nos había confiado a Ignacio Ramonet y a mí que pensaba escribir un cuento fantástico basado en este misterioso decreto : “que los muertos entierren a los muertos” que según el autor del Libro de arena  sería el undécimo mandamiento. Desapareció Borges antes de realizar tal proyecto, en un momento en que parecía que la religión regresaba a la infancia y se necesitaba creer en milagros, como en la cuna. Se puede decir pues, que una etapa de la Creación quedó inconclusa para ese ateo argentino, quien, por otra parte, esperaba la muerte como una liberación.

En cambio Alvaro Cunqueiro era un católico ferviente, lo cual le sirvió sin duda para comprender el misterio. En su novela Crónicas del sochantre, nos cuenta la historia de un sacristán al que solicitan constantemente los muertos, no para que los entierre, sino para que vaya a tocar el bombardino en sus funerales.

Habiendo consultado exhaustivamente los sesudos razonamientos de los Padres de la Iglesia, desde Irineo a Juan Damasceno, no logré descubrir el menor argumento sobre un tema tan trascendental, cosa extraña en unos teólogos venerables que se extenuaban en glosas para discernir sexo de los ángeles. Por mi parte, temeroso del más allá, y tras haber vuelto y revuelto las ideas desde hace varios años, y observado las carencias de esos charlatanes de la divinidad, me puse a reflexionar sobre la dificultad que tendría para ganar la vida, ejerciendo el oficio de enterrador, un cristiano muerto de lepra o aplastado por un tranvía. Pues es precisamente cuando aún no ha comenzado el proceso de putrefacción que los difuntos deben de regresar a la nueva vida para servir a la comunidad.

Harto de comprobar que nuestros políticos decretan desde hace años gran cantidad de medidas mediocres e inútiles, me vino del cielo una modesta proposición que aparte de ser absolutamente ortodoxa, espero que no provoque la menor objeción. Ningún interés personal me incita a presentarla, fuera del muy loable y grandioso de situarme como intermediario entre nosotros y el Señor, en un momento en que tenemos bastantes religiones como para detestarnos y que ninguna sirve para amarse los unos a los otros.

Hela aquí : El Creador ha dejado su obra inacabada, y no es que tuviera otra cosa que hacer, pero cien mil millones de siglos no es absolutamente nada; un suspiro de la eternidad. Lo que sí es cierto que Dios, habiendo hecho al hombre a su imagen y semejanza, le es indispensable que, como Él, seamos inmortales. La última etapa de la Creación se realizará pues cuando esto que consideramos como una utopía se convierta en realidad y nos acojamos a este precepto sibilino : “Que los muertos entierren a los muertos.”

Ninguna impugnación veo a mi propuesta, salvo que se me diga que con la masa de mano de obra que implicaría la aplicación de este precepto, el número de desempleados aumentaría considerablemente. Una persona muy apreciada por sus virtudes, que con sinceridad se ocupa de lo que se empeña en seguir llamando clase obrera, se ha permitido recientemente emitir algunas críticas a este proyecto. Arguye que al intentar la vida eterna para los muertos, nos arriesgamos a agravar el problema del paro de los vivos. Confieso que tal argumento me conmovió. Al fin y al cabo no estoy tan agarrado a mi idea, por muy inocente y económica que resulte, como para rechazar cualquier enmienda que me hagan personas sensatas.

Y eché cuentas : Se calcula la población de Francia en sesenta y un millón trescientas mil almas. Entre ellas pueden darse unas quinientas mil marchas a la otra vida por año a la par que vienen al mundo de los vivos unos setecientos mil recién nacidos. Bastaría con bajar la tasa de natalidad suprimiendo la ayuda a las familias numerosas y a la maternidad, entre otras medidas, para llegar al crecimiento nulo.

Este aparente maltusianismo sería, al contrario, sumamente filantrópico : Los no-nacidos gozarían de la eternidad desde antes de la vida, y se evitarían el paso por el Valle de lágrimas que por ahora nos ha impuesto el Creador. De modo que sólo habría muertos por toda la eternidad. Muertos cuya única función sería enterrar a los muertos, según el proyecto de Jesucristo. Es indudable que se debería urbanizar las ciudades de otro modo, convertir los bosques, las selvas y los parques públicos en cementerios, tarea que, no lo dudo, que ya están abordando nuestros paisajistas y arquitectos. Sea como fuere, desaparecerían los crematorios y para siempre se suprimirían esas indecentes publicidades de las Pompas fúnebres que rezan: “Muérase tranquilo, nosotros nos ocupamos de los demás”.

Otra ventaja de esta proposición es que se podrían producir numerosos suicidios preventivos, debido al temor de llegar tarde y cansado para ejercer el oficio de enterrador, al fin y al cabo fatigante.

Sin duda se me reprochará el carácter inhumano de mi idea. A mis detractores les digo que  reflexionen antes de decidirse: Menos terrible es esto que verse condenado a las llamas en el Octavo Círculo con los simoniacos, o esperar miles y miles de millones de años en el Purgatorio para presentarse – ¿y para qué sentencia? – en el Valle de Josafat.

Ramon Chao

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: