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Me lo dijo Chao

1 junio, 2012

En ‘Muchas veces me pediste que te contara esos años’ (Alfaguara), Juan Cruz escribe con pasión sobre amor, periodismo y su obsesión, en 1976, muerto ya Franco, por trabajar en un diario a punto de salir y que iba a cambiar su vida. Se llamaba EL PAÍS. Ramón Chao le dio la idea.

Aquí, en esta terraza donde los gatos mataron a los pájaros que mi madre le regaló a la niña, alguien me advierte de que en Madrid va a salir un periódico nuevo, y cuando regresa esa imagen yo tengo más de treinta años más que entonces, pero entonces, en aquel instante, la tarde cayendo, el oleaje lejano, miro al horizonte, escucho lo que me dicen, miro hacia los árboles, hacia la casa del arquitecto, hacia el colegio de la niña, miro hacia el horizonte de Santa Cruz poblado de barcos, se adivina en el ambiente revenido el olor de la refinería, e incluso, el lúpulo de la cervecería, la algarabía de los niños en la vecindad, ese rumor que hace el aire de Santa Cruz cuando sube y baja de las montañas que circundan la ciudad, en la casa también hay ruido de niños, tú cuidas a la niña, ella está arriba, lucha contra su soledad gritando, arremete con su cuna de madera contra las paredes, ha abierto un enorme boquete, una raya que describe la longitud de su cabreo, llora y cuando llora moquea también, y su cara se parece a aquella cara que tuvo cuando tu madre la peló al cero, para que no se contaminara de piojos, y estaba sentada sobre la colcha beis de la cama, allí estaba ella, con sus mocos, su pelo al rape, mirando y riendo después de haber llorado en su cuna, pero esta vez estamos en otra casa, en lo alto de la ciudad, mirando hacia el horizonte, estamos con los brazos sobre el soporte del balcón y yo aún soy un chiquillo, somos dos chiquillos, del mundo no se sabe nada hasta que pasa el tiempo, pues entonces estábamos al principio del mundo y al principio del tiempo, la vida es un viaje y nosotros lo estábamos empezando, ahora que recuerdo aquellos instantes en que estábamos juntos como si hubiéramos iniciado un viaje eterno llegan a mi propia memoria las evidencias del desastre, uno siempre piensa que todo ha de durar eternamente cuando aún no ha cumplido los treinta, pero luego, la edad, la vida, la suerte de los otros empieza a emitir mensajes, y nos dejamos sepultar por el tiempo, por el olvido, por la destrucción o por el amor desleído, el amor que se rompe, las cosas que nadie rompe pero se rompieron.

Ramón Chao me dijo que quizá mi vida estaba en otro sitio, que debía acelerar el paso, cambiar.

Pues en ese instante, cuando estamos con los codos sobre la barandilla y escuchamos, tan lejanos, las sirenas de los barcos y los ruidos de las motos y de los coches y los gritos de los niños y los rumores de los árboles, estamos a punto de ser sorprendidos por el futuro, el futuro es unas cuantas palabras que dice Ramón Chao como al pasar, Ramón Chao nos dice que va a salir un nuevo periódico en Madrid, se llama EL PAÍS, lo están preparando, se está muriendo Franco, o acaba de morirse, yo estaba en la cocina de la casa, son las siete de la mañana, escucho a León Herrera Esteban, aquel hombre de nariz apagada: “Ha muerto Franco”, y yo te lo digo desde abajo, tú duermes, o dormitas, y yo grito: “¡¡Ya!!”, es la señal, ya está, ese hombre ya está muerto, se desenrolla la madeja, se empieza a desenrollar la madeja, estamos en el invierno de 1975, por tanto, y él, Ramón Chao, está en esta casa con su mujer, con sus hijos, y uno de sus hijos luego sería Manu, entonces ya era Manu, pero jugaba en el patio con Eva, con su hermano, conmigo, jugaba consigo mismo, era un niño ya cejijunto y cabreado, Manu quería para él el juguete, todos los juguetes; su madre, Felisa, le decía: “Comparte, comparte”, su guitarra era suya y ponía los dedos donde le daba la gana, pequeño y morenísimo, miraba, se alzaba sobre sus piececitos, a veces se cogía de mis bolsillos, era todo huesos, lo siguió siendo, lo es, yo lo llevaba por la casa, le enseñé el taller donde alguna vez creí que iba a pasar toda mi vida, madera, una máquina de escribir amarilla, fotos antiguas, fotos modernas, una pipa aún con la cazoleta caliente, tabaco de pipa, yo ya era un escritor profesional, en un lado tenía los folios escritos, en otro lado estaban los folios por escribir, bajaba las escaleras de la casa y ése era mi refugio, cuando uno se siente feliz, o medianamente feliz, o tranquilo, todo parece que va a durar siempre, y el sueño es tan sólo una interrupción de esa quietud, al día siguiente todo vuelve a estar en orden, y este lugar era mi orden, en ese momento en que Ramón Chao me dijo que quizá mi vida estaba en otro sitio, que debía acelerar el paso, cambiar; yo era ese hombre que a los 24 años pensaba que la vida había echado un ancla, ahora que miro al mar, esta mañana del otoño de tantos años después EL PAÍS está a punto de nacer de nuevo y yo estoy entre los que lo ven hacerse, así que desde entonces hasta este momento mismo de la vida ha pasado la mitad de toda una historia, la parte de la historia en la que he vivido atolondrado, creyendo siempre que la edad no me golpearía nunca, haciendo lo que debía y lo que no me correspondía, creyendo que la edad nunca me iba a decir “Hombre, al fin nos juntamos”, pues ha llegado el momento, al fin nos juntamos mi edad y yo, y es en este instante en que una rendija de sol entra por la ventana lateral de mi cuarto en El Médano, tú preparas café, acabo de tomar ciruelas y galletas y mangos y he subido aquí a escribir este libro que, en definitiva, nace para ir sabiendo qué pasó cuando tú no estabas, pero tú estás aquí, te estoy oyendo, vas a comprar la prensa o recoges de los tendederos la ropa que tendiste ayer, yo compruebo en el ordenador si he recibido alguna comunicación, mis manos se deslizan por el teclado buscando en él alguna respuesta del futuro, pero el futuro es esto que ya viven los otros.

Pero ese momento que he querido describir es el pasado, ahora yo soy el futuro, siempre lo fuimos alguna vez, y ése era el futuro que dibujaba Ramón Chao como en una rayuela, y de inmediato yo soy ese que viaja en avión a Madrid, tú vienes conmigo, estás en el asiento de al lado, llevas una pelliza de cuero, yo llevo una casaca marrón, atrás queda ese garaje donde yo creí que iba a hacerme un escritor, cuando Ramón me dijo que iba a salir un nuevo diario ya mi cabeza estaba en Madrid, siempre he sido el que viajó y ya ha vuelto, y ahora que han pasado tantos años me he visto de nuevo en esa barandilla, ensimismado, mirando cómo el viento agota las fechas del calendario, y de pronto ya estoy en Madrid buscando trabajo.

Me recibe este hombre silencioso, me deja hablar, va y viene por el despacho, no hay nada para mí, por qué me quiero ir de la isla, pobre de mí, cuando he decidido marcharme no me estoy yendo, una parte de mí ya se ha ido, una parte de mí se queda, siempre estoy deseando que ocurran la mitad de las cosas que me propongo, y si las palabras van por delante, ya la mitad del trabajo está hecho, basta que lo digas, me quiero ir, me quiero quedar, el tiempo pasa y lo quiero parar, pero entonces no existía el tiempo, la juventud es que no exista el tiempo, que camine el reloj, pero que no exista el tiempo, y ahora veo los relojes y ya sé que falta menos, la distancia es más corta, es más corto el tiempo que queda de aquí al día, me veo entre papeles y en las reuniones y en medio de viajes y de reyertas, donde se hace la soledad y donde habita el olvido, y todo lo que sucede parece lo último que sucede, han sobrevenido las enfermedades y las muertes, los hombres han encanecido y otros han muerto, ha muerto mi padre, ha muerto mi madre, han muerto amigos míos muy queridos, ya se adelgaza la agenda de teléfonos, todo lo que fue la ilusión de vivir y de resistir y de sobrevivir y de combatir el embate del viento es un recuerdo del pasado, ya mis manos y mis pies y mi frente y mi entusiasmo y mi vida y todo no es más que el recuerdo, la fuerza, el entusiasmo, la esperanza, la espera, el rumor, el griterío de un pasado en el que los días también eran así, pero no acababan nunca, se han ido muchos y algunos de los que quedan están enfermos, quisiera ayudarles, hacerlos revivir, también es una manera de revivir yo mismo, este hombre que me visita muestra en sus ojos ya casi ausentes el olvido al que lo somete su propia derrota, me mira, está débil, ha de sentarse para seguir, y yo soy su mano, me quiere llevar hasta el muelle, sabe que estoy escribiendo, pero él quiere asirme, quiere llevarme consigo, a cantar junto al mar, él no va a cantar, yo no voy a cantar, pero el cielo está tan limpio, él habla del cuento de los pájaros ingleses, me lo quiere contar, ya está a punto, le mira el horizonte, es tan hermosa la tierra mojada después de la lluvia, incluso los contornos de las montañas se han suavizado, el mar nos mira, parece que la naturaleza nos va a devolver a la ansiedad de seguir y de correr, pero él está triste, alrededor se ve cómo han crecido las derrotas del tiempo.

Por aquí vive Caballero Bonald, cuyo libro de poemas ‘Laberinto de fortuna‘ leía en el pasillo largo de tu casa vieja.

Siempre ha sido así, mientras me voy quiero quedarme, pero una vez que lo digo ya se está haciendo lo que quiero hacer, basta decirlo, así que estoy en Madrid, busco trabajo, quiero ser redactor de EL PAÍS, me ha puesto Ramón Chao en ese camino, no pararé hasta que lo consiga, así que es carnaval y vacaciones, voy y vengo a Madrid, hace frío en las canillas y en las calles, llevo un pantalón de lana, como aquel que llevé a Barcelona y se destrozó por los pespuntes, camino por las calles y es como si de pronto fuera otro y volara, quién eres al final del día, el que hizo la maleta y se fue, el que no es capaz de irse no será capaz de nada; Madrid estrecha el cerco sobre el que viene, tiene melancolía y ruido, hay adoquines en las calles, la gente es pobre, veo a mucha gente pobre en los barrios, hay pobres que piden en las aceras, yo no esperaba que una ciudad tan grande fuera también tan pobre; entro en los portales, aún hay serenos, los llaman por las noches con palmas, los taxis de la Gran Vía son negros, creo que llevan una franja roja, en Pasapoga estoy viendo cómo sale la gente del cabaret y se confunde con la gente Atahualpa Yupanqui, es tan grande, lo recuerdo al llegar a Tenerife, siempre lo recuerdo, y cómo le recibieron los estudiantes, “¡Yuyanki, Yuyanki!”, porque había ido a Nueva York cuando Nueva York era como la Coca-Cola, aquí está, hemos visto juntos, yo no lo sabía, una película, su mano guitarrera se rozaba con la mía, y en la pantalla había un filme de Francis Ford Coppola, La conversación,nosotros la habíamos visto en silencio, en silencio se desarrollaba el drama, ahora, cuando veo cine recuerdo películas así, historias en las que va creciendo mi propia historia, y yo soy el malo, el bueno, el desasistido, el que ha perdido, el triste, estoy hecho de literatura y de sueños y de películas, de poemas, me gustaría vivir más tiempo, tener un momento infinito en el que pudiera recoger mi historia y contarla para que ocurriera de otro modo si alguna vez se repite, pero no se va a repetir, yo me iré y quién sabe qué harán los pájaros, y yo me iré y quién sabe qué será de la máquina de escribir, de los papeles, de los libros, lo que parece esencial desaparece con el dolor, el dolor es el olvido, lo que tocas adquiere otra textura si padeces dolor, el dolor es el final, qué dirá mi hija, qué dirán los pájaros de las huertas, qué será de la palmera del colegio, qué será de los amigos nuevos y de los viejos y de los dolientes, y qué será de este hombre que ahora me viene a ver, desvalido, silencioso, y yo lo llevo conmigo hasta el muelle, triste, está triste, yo trato de mirar por él y le cuento cómo es hoy el mar, el horizonte, cómo es la vida mucho más allá de su desolación y de su incertidumbre, él no sabe que yo siento como él, pero eso es ahora, donde habita mi memoria ahora es en Madrid, acabo de llegar a Madrid, aún estamos al principio de la historia, voy en busca de un periódico en el que quisiera trabajar, y ésta es la ciudad de Madrid en el mes de febrero de 1976, en torno a los carnavales.

Siento el olor de madera vieja, los portales son pobres, el olor que desprenden las casas es de cocido, de papas y berenjenas y col, un horrible olor a caldo de coles, compro en algún sitio una botella de vino Cumbre de Gredos, y con ella me acerco a una reunión a la que me invitan, tengo amigos en Madrid, me ofrecen su casa, ahí dormimos, las paredes son blancas, hay algunos cuadros, Madrid me suena a una ciudad en la que hay una ambulancia que va siempre de un lado a otro, siempre por las mismas calles, me sobrecogen los sonidos de las ambulancias, siempre me imagino que en una de ellas va mi madre, yo le tomo el pulso, la casa está sola, ella se ha ido, va en esa ambulancia, pero estamos en Madrid, huele a gas en todas partes, recuerdo muy nítidamente al conductor de la ambulancia, ha parado en la Dehesa de la Villa, por aquí vive José Manuel Caballero Bonald, cuyo libro de poemas Laberinto de fortuna leía en el pasillo largo de tu casa vieja, no lleva a nadie a bordo, el conductor se ha parado a mear quizá, a tomarse un bocadillo, la ambulancia amarilla está aparcada allí, al lado de un merendero, y yo camino despacio por la ciudad en el invierno, llevo en la mano la botella de Cumbre de Gredos y toco con los nudillos, me abren, oigo risas, muy estruendosas, y me hacen un sitio en medio de la fiesta. Bienvenido al nuevo mundo, parece que me digo, mirando alrededor, dónde estoy, quién soy. Alrededor sólo hay tierra y tierra, esto no es una isla. Es Madrid. –

Juan Cruz. El País, 8 de junio, 2008

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  1. F.I.Plá permalink
    2 junio, 2012 9:45

    ¡Caramba! Mira que ponerle como título a un libro “Muchas veces me pediste que te contara esos años” habiendo tantos otros que se adaptarían más y mejor al autor en cuestión y su vida. Por ejemplo, “Los años no vienen solos”, o “Muchas veces me pediste que te contara cómo me casé con los Polanco y el poder”, son apenas una muestra de lo que digo.
    Decir que de aquel joven periodista canario, derrochante de sencillez y de ganas de escribir, no ha quedado mucho, parece obvio. Casi tan evidente como señalar que lo único en común entre El País de 1976, nacido de la necesidad de un pueblo ávido por romper las cadenas de la censura franquista, y este El País actual, que desvía adrede la atención de los lectores de los temas que importan sólo para hacerle el caldo gordo a los poderosos de siempre, es el nombre. Alcanza con leer algunos artículos de este mismo señor cuando, lápiz en mano, barriga llena y corazón vagamente desplazado a la derecha se dispone a dar clases de moral contra la Revolución Cubana y la vez que lo increpó un guardiacivil en las calles de la Habana porque estaba sacando fotos en una zona restringida. ¡Qué análisis! Digno de un periodista del medio de prensa que pretende ser señero en materia de información en España y el mundo.
    Editor de Alfaguara, agente literario, director adjunto de El País… “Muchas veces me pediste que te contara cómo llegué a esto”… My name is Cruz, Juan Cruz.
    E la nave va!

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