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Músico frustrado y escritor inmenso: Alejo Carpentier

13 junio, 2012

Nacido el 26 de diciembre de 1904, el escritor cubano Alejo Carpentier falleció en Paris le 24 abril de 1980.

En su mesa de trabajo, todavía abiertos algunos, otros con el ángulo de la página doblados y con notas marginales: los últimos libros que estaba leyendo Carpentier: El fascismo italiano, de Mirza y Bernstein; Lenin, de Helene Carrere d’Encausse, El Islam de España y el europeo, de Claudio Sánchez Albornoz; El socialismo olvidado de Yucatán, de Francisco Poli y Montalvo; La gente de Smiley, de John le Carré, y la partitura del Don Juan, de Mozart. Me olvidaba: Los siete ensayos de la realidad peruana, de Mariátegui.

Sobre la mesa una foto en colores muestra a un Alejo risueño entre Carlos Fuentes y Garcia Márquez. Preside el rincón de la sala donde trabajaba todas las mañanas, desde el alba hasta la hora de la embajada, un retrato impresionante, barroco, majestuoso: es Alejo leyendo su discurso cuando recibió el Premio Cervantes. Al lado, las fotos de Fidel y del Che, encuadradas, y otra, de Alejo otra vez, en compañía de Haydée Santamaría.

Ahí estaba, entre sus libros últimos y las fotos de sus amigos, lo que fue este hombre que murió de pie: el escritor, real-maravilloso, el hurgador de la historia latinoamericana, entroncada con la española, el musicólogo y el hombre político, radicalmente al lado de la revolución cubana que, como decía, le había dado una razón de ser y, sobre todo, había devuelto al idioma español su dignidad, acosado y humillado como estaba por el yanqui.

Sus íntimos sabíamos que desde hace ocho años luchaba contra un cáncer inexorable. Lo operaron, sufrió, pero nunca conoció el desánimo ni perdió el ansia de trabajar en su obra y por su Gobierno.

Aún el lunes presidía la inauguración de la Semana de la Cultura Cubana en la Unesco, y todavía ayer entregaba un artículo sobre Flaubert para Le Nouvel Observateur, terminaba la revisión de la traducción francesa de La consagración de la primavera y escribía dos páginas de su nueva novela.

Otras cosas quedarán inconclusas, como sus memorias, que pensaba escribir «cuando sea viejo», me decía hace poco, el libreto de una ópera con Luis de Pablo y, claro, la revolución cubana, que él deseaba siempre en constante evolución.

Ver a Alejo Carpentier yacente más que muerto, en su lecho de la avenida de Segur, me fue intolerable, porque yo no podía imaginar su cuerpo grandullón más que sentado en su querida mecedora de paja, levantándose de repente para enseñarnos tal cita de tal personaje en un libro que sacaba y volvía a poner en la biblioteca, contándonos (en cenas reducidas, a las que asistimos a veces con Antonio Saura, con Jorge Enrique Adoun, con Luis de Pablo, con García Márquez, con Marta Arjona), relatos de conquistadores y de filibusteros (nos enseñaba con orgullo unos gemelos que habían pertenecido a su bisabuelo, pirata en el Caribe), sus aventuras por el Amazonas, su época surrealista con Robert Desnos, con Picasso, con Villalobos; con todos una erudición apabullante, servida por una memoria asombrosa.

Y siempre, sin fallar, hablábamos de música. En su juventud había escrito algunos cuartetos, «cosas sin importancia, chico», y luego en París, la música escénica para El cerco de Numancia, que montó Jean Louis Barrault, en 1937, como acto de solidaridad con los defensores de nuestra República. Tampoco le parecía bueno: «Lo hice únicamente con instrumentos de percusión, pero el mexicano Chaves lo hacía mejor que yo». Estaba al tanto de todo lo que pasaba en música. Ultimante había leído las memorias de Cosima Wagner, y las de Berlioz. Como literatura, en música lo conocía todo, desde El misterio de Elche, que le entusiasmaba, hasta la música repetitiva americana, pasando por todas las óperas habidas en Italia. 

La fanciulla del West le parecía la obra maestra de Puccini, compositor que consideraba injustamente tratado; adoraba la zarzuela, que había visto en La Habana y era un ferviente de Luis de Pablo, con quien mantuvimos conversaciones largas sobre temas musicales.

Yo creo que a Carpentier le hubiera gustado ser músico: de música trató su primer libro (La música en Cuba, pues el anterior, Ecue- Yamba-o, lo había -repudiado, y sólo autorizó su publicación en España después de que se lo pirateasen en Latinoamérica); su cuento  El acoso -tal vez el mejor, decía- calca la estructura de la sonata, y la duración de la intriga equivale a la de la Sinfonía heroica, de Beethoven; el Concierto barroco es un delicioso encuentro entre Vivaldi, Stravinski y Louis Armstrong y un agudo análisis musical por encima de la jocosidad de los diálogos a través de los tiempos y de los estilos. Pero me estoy desviando, que yo quería emplear sólo el sentimiento en esta escritura de corrido. Tiempo habrá para analizar.

¿Alejo Carpentier fue, pues, un músico frustrado y un escritor inmenso? Es posible: fue también un hombre amante de la vida, de la buena comida, de los vinos finos y de la belleza de las mujeres. Tímido y discreto, cuando se rompía el hielo y empezaba a divagar era el amigo más cariñoso, y sus charlas se convertían en relatos, maravillosos y barrocos. Su mayor orgullo era ser diputado de la primera asamblea nacional revolucionaria de Cuba, y sus objetos más amados, unas zapatillas de fieltro que había comprado en una tienda de Cuenca a una buena señora que nunca sabrá que se las enseñaba a todo el mundo, y estaba con ellas como un niño con zapatos nuevos.

RAMON CHAO.  El País, 26/04/1980

2 comentarios leave one →
  1. Alter Ego permalink
    13 junio, 2012 22:44

    Músico frustrado, no sé; escritor inmenso, sin lugar a dudas.

  2. Mar Gómez permalink
    14 junio, 2012 17:46

    Hola Ramón, soy Mar Gómez de Radio Nacional, te escribo del programa Carne Cruda en el que nos gustaría entrevistarte cuando vuelvas a españa, ya contacté contigo por teléfono, te dejo mi correo, por favor ponte en contacto conmigo: gomezmar.m@gmail.com. Un saludo y muchas gracias.

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