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Paseo por la Plaza Dauphine (I)

16 junio, 2012

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A lo largo del Sena, todo seguido y hacia la torre Eiffel, se pasa por los muelles de Augustins, Conti, y Malaquais, así llamado este  último porque la primera esposa de Enrique IV, la reina Margot, se malapropriara ( mal acquest o mal acquis) de un terreno que iba de la calle Mazarine a la de Bellechasse. En el hotel que había en el número 25 del quai Voltaire vivieron  Alfredo de Musset,  Wagner y Beaudelaire.

El quai de los Grands Agustins, de 1313, está ornado con casetas atractivas y desiguales, en las que raras veces se exhuman incunables u obras proscritas.

Después de mucho indagar, remirar y bien saciado el fisgoneo, tomamos el Pont Neuf a la derecha para llegar a la plaza Dauphine, ágora triangular que en el siglo XVIII reunía a poetas, músicos y saltimbanquis. Media vuelta y admirad Nôtre Dame: la comparanza de esta isla con un barco anclado fue empleada mil veces por los poetas ripiosos y es ya banal, pero no cabe duda de que el cromo se impone por su grandiosidad.

En 1578 Enrique III colocó la primera piedra de un puente que pudo llamarse de los suspiros, que aquel día se le murieron un par de amantes en duelo. Lo preside una estatua ecuestre de Enrique IV cuyo fundidor era cripto bonapartista. Se dice que había entrañado una estatuilla de Napoleón en el vientre del animal, nos referimos al cuadrúpedo, claro. En una reparación reciente se encontraron cuatro cajas de plomo en su bandullo con objetos del bípedo Bonaparte, clasificados como secretos de Estado.

Volvamos a la plaza Dauphine, galería de exposiciones al aire libre hasta principios del siglo XIX, con una sala de mil plazas y lienzos colgados en las ventanas. En el auditorio se organizaban Conciertos miáulicos con solistas de espinetas y rabos de gatos vivos en vez de cuerdas. El intérprete pulsaba una tecla, las pinzas apretaban el apéndice del micifú, y le arrancaban maullidos lancinantes. El compositor, cuyo nombre nadie recuerda, escribió varias piezas para espineta y coros gatunos. Algunos melómanos sádicos lamentan la desaparición de este género; se cuenta que las cabezas de los felinos por encima del teclado convertía la ejecución en auténtico melodrama. Un éxito tan seguro como el de las hogueras. En ellas los michinos eran sustituídos por judíos a los que no torturaban: los quemaban.

Dos siglos después el famoso Tabarin, precursor Molière, como los sofistas griegos se divertía exponiendo enigmas sibilinos,: « ¿Quién surgió primero, el hombre o la barba ?», « ¿Por qué los perros levantan la pata para mear ?» Además de actor, Tabarin era un adelantado, el primero que metió publicidad oculta o subliminal en los espectáculos: En sus sainetes los enfermos se curaban como por arte de magia gracias a elixires que vendía su mujer al final de las representaciones.

Más tarde, con la instalación del Palacio de Justicia al lado, se acabaron los jolgorios y el negocio.

En el número 28 de la plaza Dauphine trabajaba Camille Pissarro; desde su ventana reproducía el Pont Neuf y las barcazas tempraneras acarreando carbón. Convertido en un patriarca de la pintura, mataba el tiempo escrutando la intimidad de los vecinos, mas también los cambios y matices de la naturaleza por las variaciones de la luz.

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