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Guy Debord (1931-1994)

18 junio, 2012

Vamos hoy de  paseo a la calle de l’Estrapade (V) , cuyo numero vivió 15 Guy Debord (1931-1994)

Estamos en la calle Saint Jacques, así llamada porque era camino hacia Compostela. Pero en lugar de tirar hacia el oeste, cogemos la callejuela del Fossé Saint Jacques y pasamos por la plaza de la Estrapade. En ella se aplicaba el suplicio consistente en tirar al reo colgado de una cuerda hasta que los pies rozaran el suelo y tuviese una larga agonía. En el número 15 de esta calle veréis una tasca que fue la cátedra de los pioneros del situacionismo, Guy Debord y su esposa Michèle Berstein. En él se reunían entre 1960 y 1970 todas las noches con sus discípulos, enzarzándose en discusiones teóricas y políticas que se dilataban hasta la madrugada.

Guy Débord fue el alma secreta y activa del novimiento situacionista, que fundó en 1957, y autor del célebra lema “No trabajéis nunca” que inspiró la revuelta de Mayo del 68. Con suprema inteligencia ideó y analizó la “Sociedad de espectáculo”: el consumo significa el principio de la mercadería de los valores, y la sociedad se convierte en una representación. Escritos en un francés exquisito, sus observaciones implacables presagian el advenimiento de los nuevos medios de comunicación.

Desde 1950, Guy Debord aglutinaba a un grupo de jóvenes que, tras las pisadas de ciertas vanguardias de principios del siglo XX, aseguraban que el arte había muerto en tanto que entidad “separada”; que la poesía habría de incorporarse a la vida. El movimiento Dada, afirmaban, quiso suprimir el arte sin realizarlo; el surrealismo intentó practicarlo sin suprimirlo. Se trataba entonces de resolver tal disparidad. Se debe inventar la vida, no aguantarla; la ciudad (en este caso París), es terreno propicio para las “desviaciones”, las aventuras – de ahí el escándalo fomentado contra Le Corbusier, culpable, según ellos, de preconizar un urbanismo destinado a “destruir la calle”. El objetivo sería “crear situaciones”, lo cual implica un desprecio por el arte existente, y en general por la “cultura alienada”, ajena a la experiencia directa. A lo sumo, se puede verificar la “descomposición” de dicha cultura, e imaginar (como Lautréamont) las técnicas que permitan “desviarla”…

En un segundo tiempo (correpondiente, groso modo, al paso de la Internacional letrista a la situacionista), Debord amplia su campo de acción – vale decir, lo politiza, aunque en esta caso se trate de un marxismo heterodoxo en las antípodas del oficial: según Debord y sus amigos, cuando el Estado totalitario substituyó a los soviets en Rusia; cuando fueron aplastadas las rebeliones libertarias en la guerra civil española por la burocracia estalinista, triunfó la contrarrevolución.

En su libro más significativo, La Sociedad de espectáculo, Debord señala que la lógica de la “mercancía”cuyos lazos con el sistema de producción habían sido analizados por Marx, se extienden ahora a todos los aspectos de la vida cotidiana; el sector lúdico abierto por la evolución técnica, lejos de crear libertades suplementarias, desemboca en la expansión del espectáculo, propulsando necesidades facticias y siempre renovables, e imponiendo a nuestras vidas representaciones manipuladas y falsas que establecen nuestra relación con el mundo. Llegó el momento, afirma Debord, de entablar nuevas complicidades internacionales, alianzas tácticas acompasadas por “manifiestos” (el grupo está en constante recomposición), y por una intensa elaboración teórica. Todo esto se plasma en 1967 en ese libro decisivo que es La Sociedad de espectáculo, una complilacón rigurosa de tesis impecablemente pulidas.

Se trata de un tratado para agitadores, para los que piensan que los libros deben cambiar el mundo. : “En realidad, escribe Debord, creo que no existe en el mundo nadie que pueda interesarse por mi libro, a parte de los enemigos del orden social existente y que actuan a partir de esta posición”. Doscientas veinte y una tesis se han escrito “con la intención de minar la sociedad de espectáculo.” Claro como el agua.

Con este título, “sociedad de espectáculo”, Debord quiso sintetizar tres elementos distintos y enmarañados: “El espectáculo aparece a la vez como la sociedad misma, una de sus partes e instrumento unificador.  En tanto que parte de la sociedad, es el sector que concentra la mirada y la conciencia.”

No se trata de una crítica de los medias, sino de un pedestal teórico fundado en un análisis de los mecanismos de producción que permite comprender dichos medios.  “El espectáculo, explica Debord, no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por las imágenes”. La “sociedad de especáculo” no equivale únicamente a la hegemonía del modelo mediático o publicitario, sino, más allá, es el “reino autocrático de la autonomía mercantil que alcanza un estatuto de soberanía irresponsable, y el conjunto de nuevas técnicas de gobierno que acompañan a ese reino”.

La obra de Debord constituye ante todo una crítica radical del predominio del valor sobre la vida, de la superación del arte y de la realización de la filosofía. Su concepto crítico de espectáculo se refiere a un modo de reproducción de la sociedad basado en la reproducción de la mercancía.

Denuncia el dominio de la ley mercante sobre la vida. El espectáculo es la ideología económica, “el capital a tal grado de acumulación que se convierte en imagen (tesis 34 de La Sociedad de espectáculo); es el conjunto de legitimaciones que la sociedad contemporánea lleva en su seno para asegurar la continuación de su poder y de la alienación general ntre dos personas, mediatizado por imágenes”; “no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediatizado por imágenes (tesis 4 de La Sociedad de espectáculo.).

Ya sabemos lo que pasó: la propagación subterránea de estas tesis, sus ramificaciones en el medio estudiantil de Estrasburgo, de Nanterre, para explotar en Mayo del 68, donde el espíritu situacionista figura como el foco secreto, irradiante, tal vez menos por su influencia directa (en particular en la Sorbona, sobre el Comité para el mantenimiento de las ocupaciones) que por su inspiración difusa. El movimiento situacionista vibra en los eslóganes, los carteles y las inscripciones callejeras.

Sin duda La Sociedad de espectáculo, de ­1976, y el Tratado del saber vivir para uso de las nuevas generaciones, de Raoul Vaneigem, publicado a principio de 1968, salidos ambos de varios años de reflexión y de activismo con la Internacional Situacionista, son dos obras importantes para comprender la rebelión de Mayo del 68. Ofrecen una crítica violenta de la sociedad que califican de “espectacular-mercantil” y predican la insurrección popular con una liberación del pensamiento. La teoría crítica de Guy Debord se centra tanto sobre el espectáculo difuso de la sociedad occidental, como el del capitalismo de Estado concentrado de las “democacias populares”.

Otro libro de Guy Debord sale en 1988, Comentarios sobre la sociedad de espectáculo. Muy oportuno, sobre todo por la observación del estado político de la Italia de los años 1970. En el describe la convergencia en aquella época, entre las dos variantes de la organización del capital, la socieda de espectáculo hasta la fase de lo espectacular integrado.

Los situacionistas critican, tanto la sociedad espectacular-mercantil de Oeste, como el capitalismo de Estado del Este. Allegados durante un tiempo a “Socialimo o barbarie” (grupo en el que participó Debord en 1960-1961°, y del filósofo marxista Henri Lefèvre, ellos son mucho más críticos y su influencia no cesa de crecer durante los años sesenta (aunque su número no pase en general de doce miembros).

Preconizan la instauración de consejos obreros y desempeñan un papel decisivo en la insurrección de Mayo del 68 participando en los combates de barricadas junto a los “enragés” para ocupar la Sorbona y relanzar las huelgas en la fábricas el decisivo 15 de mayo. Tras ese éxito inesperado (diez millones de parados en toda Francia), y pronto dislocado debido a la colaboración entre los sindicatos dominantes y el gobierno gaullista (acuerdos de Grenelle, disolución de los grupúsculos de extrema izquierda), los situacionistas se refugian en Bélgica, donde publican “Enragés y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones. Con suma habilidad, Debord se negó a ejercer de jefe y decidió disolver la Internacional Situacionista cundo ésta se encontró invadida por “revolucionarios” pasivos e idealistas que él denominaba irónicamente los “pro-situ”. Aprovechó la situación para explicar la necesidad de este hara-kiri en un texto capital, de 1972: La verdadera escisión en la Internacional Situacionista”.

Fiel a sus convicciones, en 1984 prohibió la difusión de su obra cinematográfica. Víctima de una enfermedad renal, se suicida en 1994.

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  1. Alter Ego permalink
    19 junio, 2012 8:37

    Muy interesante el artículo sobre Debord. Un visonario el hombre; ¡qué razón tenía al cuidarse de los “revolucionarios” del 68′! Hay uno que aún vive de rentas de esa época, siempre “Dani”, aunque con los años “el rojo” quedó en un rosado pálido (los daltónicos ven verde).
    Aprovecho para mandar mis felicitaciones y un abrazo al flamante “hijo pródigo” de Villalba.

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