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Nacimiento de un imperio

4 julio, 2012

La supremacía mercantil de los yankis, basada en la mentira, en la fuerza militar y la buena conciencia, es consustancial a su orígen. Los indios engañados y sus vecinos del sur de Río Grande expoliados lo saben desde siempre.

La primera colonia inglesa del Nuevo Continente data de 1585, en la isla de Roanoke, un territorio llamado después Virginia*. Y sin embargo, los ingleses no descubrieron América. En los primeros tiempos se les adelantaron otros europeos, como si ellos careciesen de medios o de ánimo para intervenir en la gran aventura trasatlántica.

En la primera mitad del siglo XVII deciden lanzarse y recuperar su retraso. Aprovechandose de los conflitos internacionales, suplantan a los suecos, holandeses e incluso franceses, cuyas posesiones s ven progresivamente mermadas durante el siglo XVIII.

A diferencia de los portugueses y españoles del hemisferio Sur, los ingleses encuentran en el Norte un territorio a menudo desierto, y fundan colonias de unas 40 000 almas; es decir, el 1 % de su propia población; en total trece colonias, cada cual con su identidad particular pero unidas por lazos que conservan con la Gran-Bretaña.

Cuando llegan los primeros inmigrantes, los indios permiten que se instalen en sus territorios, pues ignoraban la noción de propiedad. Incluso enseñan la agricultura y la caza a ciertas colonias para que puedan sobrevivir.

Pronto estas colonias se oponen a la metrópoli, tanto por razones constitucionales (reivindican nombrar representantes en el Parlamento Britanico) como económicas (rechazo de los impuestos exigidos por la Madre Patria).

El 16 de diciembre 1773 estalla la guerra de Independencia. Ese día los colonos arrojan al mar una carga entera de té para manifestar su oposición a los derechos que habrian de pagar por ese producto. Georges Washington toma el mando de las colonias insurgentes e inicia una guerra hasta 1781, cuando el general Cornwallis capitula ante un ejército franco-americano. El tratado de Versalles del 3 de septembre de 1783 reconoce la independencia de los Estados Unidos.

Así surge una nacio, ex nihilo  sin pasado, sin cultura propia y en un territorio todavía indeterminado, pues es preciso cesar de explorar el continente y espoliar a los indios, y cuyos habitantes están unidos por el único cemento de la aventura y de la rapacería. Se forma pues una sociedad asentada en un nacionalismo económico que se desarrolla gracias a la esclavitud.

La conquista del Oeste reposa en el mito del hombre nuevo. Si la ruta hacia el paraíso terrenal se alimenta de buenas intenciones (crear un país nuevo en el que cada individuo disponga de su tierra y su oportunidad), deja en la cuneta a los habitantes primigeios del Nuevo Continente. La fe en un posible paraíso se evapora a medida que los conquistadores pierden la inocencia. Y favoreciendo el progreso técnico en vez del progreso de la conciencia; el desarrollo económico en detrimento de las facultades humanas; exterminando a los nativos que obstaculizan una expansion considerada en détruisant les indigènes qui gênent une expansion ressentie como una necesidad vital, los blancos aniquilan su propia esperanza de un mundo mejor.

De este modo, a mediados del siglo se produce la formación de un nuevo Estado que en dos siglos y medio se ha de convertir en la superpotencia mundial.

En 1789 los Estados Unidos ocupan una franja de terreno situada entre la costa atlántica y los Apalaches. Decenas de miles de pioneros han franqueado los montes. ¿Que va suceder con unos territorios que reclaman varios Estados ? Tras mucho discutir, se ceden a la Unión, que fija su suerte en la gran ordenanza de de 1787, contemporaea de la Constitution de Estados Unidos. Las regiones del Oeste podrían formar parte de los territorios que habiendo reunido 60 000 habitantes, serían admitidos como miembros a parte enntera de la Unión.

Los nuevos estados se forman por la extensión hacia el Oeste de los trece Estados originales, que borran las barreras sucesivas hasta la costa del Pacífico, así como por una afirmación del régimen y de las instituciones, aunque se produzcan crisis que ponen en entredicho la existencia de la Unión.

Desde entonces y durante un siglo se fueron estableciendo las grandes líneas de la Frontera, una zona pionera en la que, más ciudadosos de eficacia que de justicia, los colonos se instalaban  en busca de tierras y de libertad.

Lejos de los centros urbanos, expuestos a los peligros de la soledad y de los ataques de los indios, los pioneros hubieron de enfrentarse a un mundo nuevo, extraño a su civilización. A medida que avanzaban espoliaban a los indios – a los que trataban de salvajes o de Pieles Rojas –y los arrinconaban en el Oeste. Todavía en 1763 se podría pensar que los montes Apalaches formarían una barrera, pero ni ésta ni ninguna otra cadena montañosa son infranqueales. De modo que se necesitaba negociar: desde los primeros años, los tratados de Fort Stanwix con les Iroquois ; los de Fort McIntosh con los Chippewas, Ottawas et Delawares ; de Hopewell con los Cheroquies, Choctaws y Chickasaws, y muchos oros, tratan de acorralar a los indios y alejarlos de las explotaciones de los colonos. Sin embargo, las fronteras marcadas por esos acuerdos son violadas nomás firmadas, tan irresistible e incontrolable resulta el avance de los pioneros

A lo máximo, el gobierno federal cuenta con unos miles de hombres para vigilar la enormidad de kilómetros cuadrados de tierra de nadie en los que se toleran todos los abusos. Los pioneros ignoran los tratados y cometen carnicerías que engendran otras matanzas. Las tierras de los indios son fértiles y el subsuelo esconde riquezas minerales? Los ávidos blancos emplean los fusiles, o lo que es peor, instalan alambradas. Con este fin, en 1874 el colono Joseph Glidden inventa con un molino de café y comercializa el alambre de espino. Poco numeroso, el ejército federal no consigue mantner el orden y de todas formas se considera defensor de los blancos.

Ante el avance ingrato de los pioneros, surge una nueva solución. Se trata de eliminar a los opositores capaces de retresar, mas no de impedir la repoblación del Oeste. No se trata de aceptar que se convertirlos en americanos, aunque lo soliciten : su exterminio sistemático constituirá uno de los primeros genecidios de los tiempos modernos. Si se contaban entre 7 y 8 millones los habitantes en el momento del « descubrimiento », sólo quedaban 400.000 en los siglos XIX y XX, cuando el número de blancos había alcanzado 75 millones. Es decir, que el 95 % de la población desapareció en ese tiempo víctima de guerras, deportaciones y enfermedades importadas como la viruela; sin olvidar el hambre, ya que decenas de millones de bisontes fueron abatidos para suprimir las tribus refractarias aa abandono.

Millones de bisontes pacían en los valles a principios del siglo XIX. Los rebaños eran tan importantes, que los observadores los describían como masas compactas negras que se extendían hasta el horizonte. Física y espiritualmente, le bisonte procuraba la subsistencia de los siux, por ejemplo, manantial que parecía inagotable. Los colonos pensaron que jamás podría el gobierno de Estados-Unidos controlar a las tribus guerreras del Oeste mientras los indios dispusieran de semejant reserva. El único remedio: exterminar a los animales. Las autoridades organizaron un ejército secreto de cazadores de pieles que consiguó abatir un número importante de bisontes y decimar sus rebaños en un tiempo relativamente corto. El ejército federal otorgaba primas por pares de cuernos entregados y garantizaba la seguridad de los tramperos a lo largo de las vías férreas. Y aunque el gobierno de Canadá nunca ejerció tal política, lo cierto es que los rebaños de bisontes también desaparecieron de los campos canadienses. La guerra contra el colmillero no encontró resistencias, y a principios de 1883 había desaparecido. Quedan fotos de finales del siglo XIX, en las que blancos subidos en montañas de huesos y pieles que sobrepasan ampliamente lo que hemos visto no hace mucho con las vacas locas.

Con la desaparición del bisonte, las tribus  rebeldes no tienen más remedio que instalarse en reservas o morir de hambre. « Un viento helado barrió la llanura cuando cayó el último  bisonte […] un viento de muerte para mi pueblo », diría Sitting Bull.

Y en efecto, los indios que huyeron a Canadá, entre ellos el propio Sitting Bull y sus hombres, tuvieron que rendirse a las tropas federales y terminar sus vidas en reservas.

Ya queda sitio para la invasión del hombre blanco, y nuevos estados entran en la Unión : Vermont (1791), Kentucky (1792), Tennessee (1796) y Ohio (1803). Andrew Jackson –  séptimo presidente de EE.UU, immortalizado en los billetes de 20 dollars-, «dirigía la mutilación de los cuerpos de más de 800 hombres, mujeres y niños ya asesinados por sus tropas. Se les utilaba para contar y certificar la operación. También se les cortaban bandas de piel para fabricar lazos para los cabellos, riendas de caballos o petacas con los escrotos.»

A mediados de 1800, para facilitar la colonización, el gobierno de Estados Unidos decide confinar a los pueblos autóctonos en reservas. Aunque los ataques militares a los campamentos no cesaban desde hacía años, los indios de las planicies resistian victoriosamente. Lo mejor sería deportar a todos del otro lado del Mississippi, a una región que se llamaría Indian Territory.

Entre 1800 y 1835 casi todas las tribus habían sido deportadas, siempre condiciones de transporte y de instalación deplorables. Se instalan en su nueva patria « para siempre ». Solo escapan a esta suerte, por su astucia o por la fuerza  algunos Iroquíes Cheroquíes y Seminoles. Mas difil resulta deportar a los Cheyenes et les Arapahos y Siux, pero se hará recurriendo a genocidios facilitados los las masacres de bisontes.

El pastoreo se desplaza entonces al oeste, en gestas descritas por Hollywood, aunque muchísimo menos heroica y romántica de cómo nos lo cuentan.

La ley Dawes de 1887 autoriza la destrucción de las reservas y la propriété individual de los indios, lo que redobla la agresividad de los cow-boys. Esto, y el último sobresalto de los siux en Wounded Knee en 1890, finaliza las guerras : los blancos son los amos del continente norte.

En conlusión, recordemos la respuesta del jefe indio Seathl al gobierno norteamericano cuando le propusieron comparle las tierras: Sabemos que el hombre pálido no nos comprendrá nunca. Para él, una parcela de tierra se parece a la siguient, porque es como un extranjero que llega por la noche y se apropia de la tierra que necesita. Estos señores tratan a su madre la tierra, y al hermano el cielo como si fuesen artículos en venta para comprar, robar como los corderos o las perlas brillantes. Su apetito devorará la tierra y no quedará más que un desierto. En las ciudades de los blancos no hay lugares apacibles, donde se oiga el estallido de las flores al abrirse o el frote de las alas de un insecto. Y qué interésde vivir  puede tener un hombre si no puede escuchar el grito solitario del sapo o el croar de las ranas la noche?

El continente norteamericano experimenta entonces una colonización más rápida que cualquier otro territorio situado fuera de Europa. De unos cuantos centenares de miles al final del siglo XVII, su población pasa a cuatro millones en el momento de la Independencia para alcanzar veintitrés millones hacia 1850, setenta y seis millones a finales del siglo XIX ème siècle, para alcanzar hoy más de deux cents millions.

Por su parte, reducida ya a la mitad a finales del XIX, todavía resisten algunos descendientes de los siux. En 1973 un grupo de ellos luchan en Wounded Knee ante las cámaras de televisión, recordando su trágico destino a los americanos.

Hoy diezmados, espoliados y arrinconados, los amerindios cuentan poco por su número en la vida americana, pero su exiqstencia representa un símbolo importante. Sólo su  reivindicación nacional ya pone en entrecicho los principios que fundan la nación americana.

Con la destrucción de los indios, y al no encontrar jamás una respuesta al problema de la cohabitación pacífica e inclinándose hacia el genocidio, los pioneros cometieron una falta irreparable. Les parecía que matando indios eliminaban a los testigos de lo que nunca llegarán a ser: los hijos de una tierra usurpada. La desaparición de los Pieles Rojas denuncia a la vez la presencia física de los blancos y la ética de una apropiación que condena a los culpables a una inexcusable e indestructiblemala conciencia.

El florecimiento de la nueva nacón americana se produce durante el siglo XIX, con la teoría del « Destino manifesto», suerte de leitmotivo nacionalista que modifica completamente las relaciones con el Viejo Continente.

En su mensaje de despedida, el presidente George Washington pide a sus ciudadanos que se metan lo menos posible en los asuntos europeos, «que no nos interesan ». Esta «doctrina» marcará la pauta gubernamental durante el siglo XIX. Pero esta política de espera será ignorada paulativamente por Washington y luego combatida por las acciones lanzadas por W.Mac Kinley y Teodoro Roosevelt. Los Marines multiplican leas intervenciones fuera de su territorio, empezando por América Central y la del Sur.

Ya en el siglo XX los Estados Unidos se instalan en el imperialismo. Intervienen cada más lejos y con más fuerza, hasta en regiones situadas en los límites de nuestro planeta.
Las dificultades de España con sus colonias cuando la invasión de la península por Napoleón facilitan, sin justificar, las intervenciones de Estados Unidos. Las guerras y anexiones de Cuba, de las Islas Filipinas, de Puerto Rico, luego la de Hawaii y la política del bastón (« Big stick ») emprendida entre 1897 y 1910  por los presidentes William MacKinley Teodoro Roosevelt, no quebrantan la imagen de un país erigido en « Defensor de la democracia». A su vez, Estados Unidos se convierten en potencia colonial.
Se trata ahora de obligar a los países hispanoamericanos a “respectar sus obligaciones internacionales ». Y ellos, lo yankis, habrán de « aportar el progreso» y la « democracia » a los « pueblos atrasados».

Era, en cierto modo, el corolario de la doctrina Monroe, que expresa así Teodoro Roosevelt: « Una persistencia a comportase mal o la impotencia que se plasma en un abandono general de los lazos inherentes a una sociedad civilizada, en América como en el resto del mundo pueden obligarnos a intervenir en nombre de la civilización. En el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la doctrina Monroe, puede conceder a estas naciones ejemplares un poder internacional de policía, por mucho que esta tarea les repugne». Poco despues, el 15 de septiembre de 1905, el presidente Teodoro Roosevelt interviene como mediador entre los japoneses y los rusos, convenciéndoles de firmar el tratado de Portsmouth.

En ese momento, los yankis se imponen y deciden ejercer un papel hegemónico en en el concierto mundial.

Todos estos elevados ideales justifican la intervención y posterior ocupación de Cuba, México, Guatemala, Nicaragua, Colombia, República Dominicana, Chile, Haití, Ecuador y Honduras por los marines.

Los avances rusos a lo largo de la costa del Pacífico ofrecen al presidente Monroe una exucusa para establecer los principios de sa su nueva polítique: “América para los americanos”. En un mensaje al Congreso el 2 de diciembre de 1823, confirma la neutralidad legada por Washington, ampliando al continente americano su campo de aplicación. « No queremos inmuscuirnos en los problemas de las potencias europeas; por ello la neutralidad nos parece un deber. A cambio, esas potencias no habrán de intervenir contra las colonias que acaban de lograr la independencia. El Viejo mundo para los europeos y para nosotros el nuevo. »

Tan seguros de sus derechos se muestran los Estados Unidos, que el presidente W.H Taft se permite declarar: « El hemisferio entero nos pertenecerá, como de hecho, por la vitud de nuestra raza, ya nos pertenece moralemente”.

De este modo los americanos se encuentran al lado de las fuerzas aliadas durante la Gran Guerra, formando parte de la coalición. A partir de d 1945 ya no esconden sus intenciones hegemínicas. Tanto en Corea como en Vietnam y en Oriente Medio muestran un rostro bicéfalo: opresores para unos y libertadores para otros.

Pronto los Estados Unidos se verán atrapados en las contradicciones de esta posición. ¿Es honesto apoyar a gobiernos anti democráticos y figurar entre los defensores de la libertad ; se pueden enviar marines en auxilio de regímenes dictatoriales y corruptos?

La mundializacion del poderío yanki, iniciado a principios del siglo XX, se acelera cuando la caída del muro de Berlín y el fin del mundo soviético. Desde entonces, Estados Unidos no cesa de velar por sus intereses económicos,, políticos y estratégicos en los Balcanes, en Asia central, en el Golfo pérsico, etc. En dos palabras, el terreno del antiguo imperio comunista que desde los años 1950 hasta el final de 1980, de Berlin-Este a Pyongyang, había controlado una buena parte de las sociedades de este continente euroasiático.

Bibliografía: – Voix indiennes, voix américaines. Les deux visions de la conquête du Nouveau Monde, Nelcya Delanoë et Joëlle Rosthowski, Albin Michel, Paris, 2003.

 

– Le sentier des larmes. Le grand exil des Indiens Cherokees, Bernard Vincent, Flammarion, Paris, 2002.

 

– Guerres indiennes. Du Mayflower à Wounded Knee, Robert Utley, Simone Pellerin, Wilcomb Washburn, Albin Michek, Paris, 2000.

 

– Atlas historique de l’Amérique du Nord. États-Unis, Canada, Mexique : une lutte pour l’espace, Eric Homberger, Autrement, Paris, 1995.

 

– L’Entaille rouge. Des terres indiennes à la démocratie américaine, 1776-1996, Nelcya Delanoë, Albin Michel, Paris, 1996.

 

– Histoire des États-Unis, sous la direction de Bernard Vincent, Presses Universitaires de Nancy, Nancy, 1994.

 

– Le Livre noir des États-Unis, Peter Scowen, Mango document, Paris, 2002.

 

L’Empire de la guerre permanente, Attac, Mille et une nuits, Paris, 2004.

A little matter of genocide, holocaust and denial in the Americas. 1492 to the present. Ward Churchill, (City Lights Books, 1997).
 La résistance indienne aux États-Unis. Yves Florenne Gallimard, coll. “Archives”, Paris, 1980, 224 pages.

The conquest of America, how the Indian nations lost their continent. Hans Koning, (New York: Monthly Review Press, 1993)
American holocaust; Columbus and the conquest of the new world. David E. Stannard, (Oxford University Press,1992)
L’Empire du chaos Alain Joxe. La Découverte, Paris 2002.

– Naissance et déclin des grandes puissances. Paul Kennedy, Payot, 1991.

Après l’Empire : essai sur la décomposition du système américain. Emmanuel Tood, Gallimard, 2002.

A voir: Naissance d’une nation. D. W.Griffith, 1917

Ramon Chao-Ignacio Ramonet

One Comment leave one →
  1. Alter Ego permalink
    4 julio, 2012 8:38

    God bless America! (estos brutos han de creer que los apóstoles son los que vienen impresos en los dólares: Washington, Jefferson, Lincoln, Jackson etc.).

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