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Un peregrino italiano cuenta la vida de Prisciliano

16 julio, 2012

En espera de la publicación de las bases de la Asociación de Amigos de Prisciliano, les ofrecemos el segundo capítulo de la vida de este primer mártir, obispo de Ávila,  condenado a muerte tras un juicio alentado por la Iglesia católica: Un peregrino italiano cuenta la vida de Prisciliano a Ramon Chao

– Nació hacia el año 350 en Iria Flavia, no lejos de la colina de las mujeres sabias. (El reverendo dobla cuidadosamente la servilleta, poniendo entre paréntesis el almuerzo) Esta ciudad de Gallaecia había sido fundada por los grovios en tiempos inmemoriales y era entonces la más rica del conventus bracarense. Ninguna otra se le podía comparar. El santuario del dios Lugo la superaba por la circunferencia de sus murallas, pero no por la dulzura del clima ni por la diplomacia de sus habitantes.

(Guido le dirije una mirada interrogativa. Tiene la delicadeza de esos que temen resultar pesados cuando hablan, como si dijera : ¿ Quiere usted que siga ? Con otra mirada lo animo a proseguir).

-Iria Favia está asentada en el litoral. Por la parte interior abundaban en aquella época campos de centeno, robledales, higueras y otras plantaciones generosas. Sus dos calles revestían suma importancia estratégica, porque bordeando los caprichos de la costa, una de ellas empalmaba con la Ruta de la Plata, o vía llana, mientras que la otra iba recta al muelle, del cual zarpaban barcos rumbo a las islas Casistérides. Mansiones particulares, edificios públicos, termas y gimnasios, todo quedaba cerca. Ell aforo del hipódromo resultaba más que suficiente para los ciudadanos y en el teatro las melodías de flautas y los cantos de doncellas compensaban la invasión de maraña y matorrales en el circo.

« Carecen de base las conjeturas sobre los orígenes romanos de Prisciliano. Alguien se los atribuyó porque uno de sus ancestros había escrito tratados en latín. Sin embargo, consta en los archivos comunales que sus dos líneas remontan a sacerdotes ártabros de Irimia Flavia. Jamás se enorgulleció Prisciliano de su raigambre ni de sus antepasados, como suele hacer la gente sine nobilitate. A menudo evocaba a sus ancestros con admiración, mas no con miras a despuntar, y de hecho siempre trató a su prójimo como si en nada le fuera superior

« Todos los habitantes y la tierra visibles desde la colina: montes, fragas, pinares, doscientos esclavos, y más allá, innumerables castros diseminados por los valles, eran de su padre, llamado Vico Aurelio. En su villa se albergaban, en ella pulían sus talentos músicos y poetas, antes de dispersarse para hacer llorar los alrededores con sus melodías. En cambio, Vico Aurelio ocupaba su vida en ejercicios mundanos, deleitándose en juegos de caza y en montar corceles traídos de la Bética. Pero lejos de enterrar su fortuna en las ergástulas, la arrojaba como granizo sobre los miserables.

« Son incontables las muestras de su dedicación al prójimo: ayuda a los humildes, acogida de extranjeros, desfloración de adolescentes. Todo cuanto un hombre imbuído de la causa de Dios puede realizar en pro de su semejante lo cumplía él; lo cual, unido a su independencia, a las soluciones que aportaba a los litigios, lo hizo merecedor del aprecio de galaicos y romanos.

« Cuando nació Prisciliano, el padre, en el colmo de la felicidad, convocó en su palacio a magos y adivinos para que sacasen el presagio de aquel niño. Los astrólogos y los hechiceros removieron la arena de la playa y trazaron sus figuras en ella, recitando al tiempo las fórmulas mágicas propias del caso. Tras lo cual fueron a verlo:

– Este niño desdeñará la riqueza y los alimentos no bastarán para su insaciable apetito. El bienestar de su infancia no lo conservará más tarde y vivirá cuarenta y cinco años, pero existirá eternamente.

« Una nodriza venida de Oriente lo tomó inmediatamente a su cargo. Era una clepsidra humana aquella esclava : el baño, los pañales, la forma de arroparlo en la cuna, todo parecía estar fijado por decreto. A los cinco años, Prisciliano ya tenía el espíritu de un hombre maduro. No se satisfacía con un simple muñeco; sus juguetes favoritos tenían que ofrecer resistencia a su constante afán de lucha y, claro está, de victoria.

« Desde muy niño, llamó la atención por su carácter taciturno. Como ignoraba el arte de prodigar vanas palabras, si no tenía nada que decir permanecía en silencio, mas cuando entraba en conversación era oportuno y discreto. ¿Qué más le puedo contar de Prisciliano…, Le gustaba observar las flores. Como otros intentan descomponer el aleteo de las aves, él pasaba horas y horas tratando de sorprender el crecimiento de las plantas. Lo henchía de esperanza tomar un brote de arbolillo y replantarlo con mano suave, manteniéndolo a la sombra los primeros días, colmando su sed al atardecer. Los capullos rompían al fin, y él sentía como si hubiese despertado la forma dormida en el sueño de lo inexistente.
« Cuando le ganaba la melancolía, sólo hallaba consuelo en brazos del desencanto. Escuchando a los mirlos que silban para llamar a los muertos, se quedaba pegado a la verja del cementerio, desde que el cielo encendía la luz al cuclillo hasta que el último pájaro enmudecía en un olivo. Suspenso entre la impaciencia y la curiosidad, veía el mundo alterado por fórmulas mágicas: una piedra, fantástica escultura; las aves, personas cubiertas de plumas; los árboles que rodeaban la explanada, monstruos cargados de follaje. Esperaba el momento en que las estatuas del jardín echasen a caminar. A menudo se entretenía con aves parleras que su padre había hecho llegar del Nilo. Amaestradas por él graznaban: « Prisciliano es Dios », sin que supieran otro estribillo. Lanzábalas al aire para que propalaran al mundo esta buena nueva, y una vez arriba, las aves volvían a entonar sus cantos naturales.

« Vico Aurelio estaba al tanto de todo lo que acontecía a su hijo. Lo defendía cuando su madre le reprochaba algunas de sus rarezas. Meneaba la cabeza, y con expresivo tono, màs de pesar que de reproche, susurraba que su corazón ya había presagiado lo que se estaba cumpliendo ahora en ciertos detalles nimios, a saber, que su hijo no pensaría ni se conduciría jamás como cualquier otra criatura humana.

« No pudo asistir a la clase de párvulos debido a una extraña dolencia (se le ensombrece el rostro al narrador): de repente la cara se le cubría de ronchas, de surcos violentos y colorados, el pecho se le anublaba, abultaba y encogía en toses sofocadas en su esfuerzo para alcanzar una respiración normal. A estos síntomas se le añadían dolores de cabeza, la sensación de que un torno le oprimía las sienes. El único remedio que le daban los físicos eran baños de agua fría seguidos de enérgicas fricciones con estropajo. Esta cura le aportaba, a lo más, un alivio de horas, caramente pagado con la repetición de los accesos de tos, a la carga más violentos que antes.

« Con esta enfermedad y un maestro del pueblo, vivió Prisciliano los años más dichosos de su juventud, y bien pudiera decirse que de su vida. Su maestro era un eunuco del mundo cristiano, agudo ingenio, ojos del color de los nomeolvides, voz muy tenue y que, en los momentos de perplejidad, solía enroscar alrededor del pulgar un mechón de pelo humoso, mientras su rostro adquiría gestos de agobio. Vivía con extrema pobreza, se alimentaba de pan y hortalizas y vestía una toga deslustrada. Amaba a los pobres, a cuyo cuidado se dedicó siempre y daba lecciones no sólo en su casa, sino en las plazas y calles cuando veía a los niños jugando, como Sócrates el Abejorro.

« Por las mañanas, no más despertarse, Prisciliano llamaba a un esclavo y le mandaba abrir el balcón de par en par. Se levantaba sin pereza, sabiendo que iba a ver a su maestro. El esclavo le llevaba una palangana con agua tibia y se la vertía en las manos. Luego se iban ambos a la escuela -cargando el esclavo con los libros – sin desayunar, pero mataban el hambre con bollos de centeno comprados por el camino.

« El eunuco tenía en su biblioteca cientos de pergaminos diseminados en los anaqueles, entre ellos unos treinta rarísimos. Era una diversión para ellos encontrar esas anchas tiras enrolladas en dos palos redondos dentro de la multitud de otras.Marcos Aulio, que así se llamaba su maestro, solía encaramarse en una escada de tijera, a la búsqueda de libros curiosos. Cuando daba con uno, lo arrojaba desde lo alto sobre la mesa grande que había en el centro. Retumbaba con el choque la casa entera, levantándose una nube de polvo de la que salían dos o tres arañas azoradas. Prisciliano daba caza a los bichos a lo largo de la mesa, y los metía en una caja en la que había perforado diminutos agujeros.

« BajabaMarcos Aulio del tablado. Salía a respirar un poco al huertecillo contiguo, y pronto cedía a las súplicas de su alumno para leer juntos los libros desempolvados. Traducidos seis siglos antes de la lengua indígena al latin, contenían relatos de los celtas y de la religión druídica, recetas a base de yerbas para diversas enfermedades, así como un cuadro de árboles y arbustos bajo cuya sombra cada tribu debía enterrar los depósitos de granos, oro y armas, cuando se viera obligada a abandonar la aldea. (Después de esta frase de por lo menos cinco líneas, el reverendo respira hondo…y prosigue): Con tales leyendas, Prisciliano se impregnó del espíritu de los primitivos habitantes de su tierra, una instilación en sus venas del remoto pasado que lo llenaba de euforia.

« La biblioteca de Vico Aurelio era un observatorio donde se juntaban tierras y mares, ciudades, islas y hombres. Su maestro leía y él soñaba, empapándose de misterio hasta la noche.

-Vas a hacer un viaje – le decía el maestro-; vas a llegar hasta las últimas estrellas del cielo; vas a hurgar en los campos y en ellos darás con las piedras escondidas; hablarás con todos los animales del aire, del mar y de la tierrra e interrogarás el oro y el diamante, los pedruscos subterráneos. No están fijos los astros y los planetas; la mar se alza de uno a otro lado y tampoco la tierra está parada jamás. Lo que se consume naturalmente ella lo renueva y lo reforma en el acto.

« El universo se le abría a Prisciliano con toda su novedad y grandeza ».

-Has de saber que el firmamento es un libro, y que a cada criatura le corresponde un signo en la criptografía divina. Como con cada estrella, Dios tiene con cada alma sus intenciones determinadas y las conduce por sus caminos propios…Aprenderàs a leer en las galaxias, ya veràs. A cada letra le corresponde una estrella en el cielo. Venus, la primera que aparece, es la a. Cástor y Pólux son la c y la h, que tienden siempre a unirse. »

(Guido se calla para beber un vaso de jugo de zanahorias. Se le descubren manchas blancas en la cara, debe ser vitíligo, una especie de despigmentación. Cuando termina de beber reanuda el relato.)

« Absorto en aquella contemplación, Prisciliano escrutaba en la alta noche el ritmo mesurado de los astros, soñando con cantar en un extenso poema las maravillas de la naturaleza y de la mente infinita que la anima. Su mirada se enredaba en las constelaciones, persiguiendo las estrellas fugaces, inquiriendo en el seno confuso de la Vía Láctea.¿Quién vive en esos mundos? ¿Qué formas tienen sus hombres, cómo son los animales y la vegetación?

– No los vemos, como tampoco vemos ni la cien millonésima parte de lo que existe -le explicaba su maestro. Piensa en el viento arranca de cuajo los árboles, levanta montañas en el mar y estrella contra los navíos los rompientes. Nadie ha visto el viento, y sin embargo existe.

« El maestro le explicaba que el mundo es eterno:

– Tal como ahora lo ves, morirá, y moriremos todos, pero la vida renacerá del fondo del mar y una vez más la tierra se cubrirá de vegetación.

« Luego, su maestro le traía a la memoria la afirmación, ya muy pretérita, de Filolao de Tarento, para quien la tierra que habitamos, con sus mares y montañas, es una esfera.

A los nueve años acumuló tantos conocimientos de astrología que la noche de las calendas escribía todo lo que iba a suceder durante el año entrante. Su madre empezó a inquietarse de la educacion que recibía.

– Pienso que este niño se está volviendo un poco raro -le dijo un día al maestro-; deberíais salir de ese observatorio sombrío.

« Se lo había dicho pausadamente, a sabiendas de que entraba en un terreno resbaladizo.

-Sí; es muy propenso a la fábula. Trataré de que estudie más, que se concentre.

« No se dio por vencida la madre:

-Tal vez lo que necesite es menos concentración y más ejercicios físicos. Se me antoja que la biblioteca es demasiado tenebrosa para alguien que, cómo decirlo, no tiene las mismas facultades físicas que los demás niños de su edad.

Una ley promulgada en junio de 362 por el emperador Juliano vino a ayudar a la madre. Inspirada por el neoplatónico Máximo de Éfeso, ordenaba que los nombramientos de los profesores, hasta entonces a cargo de las autoridades locales, tuvieran que ser sometidos al emperador. Poco después, un nuevo edicto apartaba a los maestros cristianos de las escuelas. « Si quieren continuar sus lecciones -decía Juliano el filósofo – que empiecen por convencer a sus discípulos de que ni Homero, ni Hesíodo, ni ninguno de los escritores a los que acusan de impiedad, locura y error, son como ellos dicen. Y si los profesores cristianos siguen criticando a esos maestros, que se vayan a interpretar a Lucas y a Mateo en sus iglesias.»

« El edicto partía de un espíritu cívico. Juliano trataba de frenar la acaparación de la enseñanza por parte de la Iglesia. Pero, en este caso, fue nefasto para Prisciliano. Su querido eunuco fue sustituído por un pedagogo llegado ex profeso de Roma, un sofista cuyo mutismo, incluso, podría citarse como ejemplo de elocuencia. Su ambición pronto se limitó a enseñarle a leer, a escribir… y a colmar de oro su talega. Le hacía empuñar el estilete, y una vez bien asido, le guiaba la mano con la suya sobre la cera ya dibujada, exigiéndole que reprodujese el abecedario que habia trazado bajo su control.

« En declamación, el pedagogo elegía un texto en verso o en prosa, se lo daba a leer una sola vez a Prisciliano, y éste tenía que repetirlo con las mismas cadencias, con las mismas rimas, pero con distintas palabras. De esta forma pensaba enseñarle el lenguaje adecuado para cada situación y para cada personaje, de modo que los niños hablasen con inocencia, los viejos con sensatez, las mujeres con ternura, los héroes gallardamente y los campesinos con tosquedad.

El niño se aburría calcando la caligrafía de su pedagogo y poniendo letras a una música donde ya lo hicieran Virgilio, Ennio o Cicerón.

– ¡ Qué tontería ! -, le decía su antiguo maestro cuando se encontraban a escondidas. Según mis revueltos conocimientos, a menudo los viejos hablan sin tino, los niños con sensatez, las mujeres con aspereza y los campesinos sabiamente. ¡Y muchos héroes han blasfemado en el momento de su muerte!

« Prisciliano rompía en lloros. Su vida se alejaba de las fuentes sagradas y temía no ser el Elegido para una elevada misión ».

Nos habíamos quedado solos en el comedor Guido y yo. Salimos. Los peregrinos aguardabann en el autobús. « Nos volveremos a ver » – me dice él, con un abrazo latino del que me cuesta trabajo zafarme.

2 comentarios leave one →
  1. Alter Ego permalink
    17 julio, 2012 13:59

    Muy bonito texto el de hoy. Muchas gracias.

  2. 1 agosto, 2012 16:51

    Gallego que ostentó alto cargo en lo que hoy es Ávila de los Caballeros……

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