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Para entenderse con ETA

24 julio, 2012
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La noche pasada me invadió un sueño curioso y revelador, como todos los sueños. Iba yo por las calles de San Sebastián cuando ví a unas diez o quince adolescentes vestidas de colegialas, acompañadas por monjas bigotudas. Entraron en un establecimiento, que igual pudiera ser de baños públicos o un café. Como yo ando por esa edad matusalénica en la que día y noche la próstata nos despierta cada par de horas, penetro en el mingitorio y me encuentro a las niñitas ante tazas instaladas a su medio cuerpo ; ejercían religiosamente de pie su necesidad fisiológica menor, tal como lo preconizara Simone de Beauvoir hace medio siglo para vencer el complejo de inferioridad femenino ante los machos.

Al despertar esta mañana me puse a reflexionar sobre cuál habría sido la realidad diurna que me provocara tal sueño. Y recordé que la víspera había hablado con Ignacio Ramonet sobre la estrategia linguïstica de ETA, lo que explica la ubicación del sueño en el País Vasco, y en parte, la duración del conflicto.

Se han impuesto  en castellano términos, palabras, expresiones, que anulan el horror que encierran los actos. En primer lugar Ikurriña, con esa dulce eñe que tapa la dureza contenida en toda clase de símbolos nacionalistas, tanto insignias como escudos o banderas. Luego, para designar ese territorio por cuya independencia sacrifican la vida algunos de sus habitantes, en buena parte de la península se acepta el nombre que éstos le dan, Euzkadi, cuando no Euskalderría, sin recapacitar en que País Vasco no es nada peyorativo, y ahí tenemos a los Países Bajos para demostrarlo. Adoptamos luego el substantivo etarra, reconociendo el contenido de las siglas ETA (Euzkadi y su libertad). Y por consiguiente se popularizó gudari, que significa soldado o guerrero, de guda (guerra) y el sufijo -ari, que indica acatividad, oficio, cuando sus componentes ejercen el trabajo de quitavidas.

Estos encapuchados dieron en capturar a individuos culpables de no compartir sus ideas y los encieran en zulos (algo así como espacios chulos) y no en cuevas o mazmorras cuyos nombres ya utilizó Cervantes, secuestrado en ellas por  el poder real. No hablemos del “impuesto revolucionario.” Aquí no se trata de palabras del vascuence, sino de una desviación del idioma en el que me estoy expresando para dar tintes progresistas al atraco, asalto, latrocinio, saqueo, desvalijamiento y otros términos abundantes en nuestros clásicos.

Y no hablemos de la kale boroca, que a mi siempre me sale “calle barroca” porque me sugiere una avenida en carnavales llena de guirnaldas y serpentinas, y no puesta a fuego y sangre por unos desocupados.

Sin duda la tergiversasión semántica produjo en mi insconsciente el sueño que conté al principio, como si todo fuera por lo mejor en el mejor de los Países Vascos.

Claro que ya estaba condicionado a los embustes: en mi niñez a la rebelión le llamaban alzamiento; a los republicanos comunistas, judíos o masones; a los traidores generalísimos; al asesinato, paseíllo; a la guerra contra un pueblo, Cruzada nacional. Si los sediciosos de entonces impusieron y triunfaron en un conflicto, no nos extrañemos que los copien ahora. Por lo menos, no colaboremos en ninguna guerra, y llamemos a las cosas por su nombre.

Es posible que haya escrito sobre esto anteriormente. No me extrañaría, por lo mucho que me preocupa. Pero como suelo decir, citando a André Gide: “Todo está dicho, pero como nadie escucha, hay que repetirlo mil veces.”

One Comment leave one →
  1. Robertito el pistolero permalink
    24 julio, 2012 21:21

    Además de ese origen semántico, creo que el sueño que nos narra tiene el poder de aliviarle doblemente: en primer lugar, el alivio que toda jovencita aporta al sueño de un hombre (matusalénico o no), sobre todo si la doncella está en plena faena; y en segundo lugar el alivio inconsciente al saber que se puede orinar de pie y a lo macho con un cuerpo de mujer, es decir, sin próstata que joda cada dos horas.
    Los bigotes de las monjas dan para otro capítulo… (por otra parte, tienen más de reales que de oníricos).

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