Skip to content

Cinco días con Juan Carlos Onetti

31 julio, 2012

Entrevista a Juan Carlos Onetti por Ramón Chao

A través de los personajes y del mundo sórdido de sus libros, al autor de El astillero y Juntacadáveres se le ha considerado huraño y misántropo. Entre los comentarios a varios de sus relatos surge, aquí, la tímida y tierna cara del escritor.

—Algunos escritores se imponen un método de trabajo. Lo hacía Carpentier, lo hace García Márquez, Mario Vargas Llosa…

—Vargas Llosa me dijo en San Francisco que escribía de tal a tal hora, todos los días. Y entonces yo le hice una comparación: lo que tienes tú es un amor conyugal con la literatura y debes cumplir como un buen marido. Yo tengo relaciones de amante; cuando me viene el deseo, escribo. Él no se enojó y se mantuvo firme en la disciplina. Yo admiro algunos de sus libros, sobre todo porque lo siento como un trabajador infatigable.

—Una vez que le entra el deseo de escribir, ¿le cuesta mucho?, ¿cuida mucho la prosa?

—En absoluto. Y no corrijo. Tengo de testigo a Dolly, que se encarga de marcarme las palabras repetidas y de que no queden consonancias. Los “ente” con “ente”, etcétera. Esta es su misión; después lo pasa a máquina, se lo manda a Carmen Balcells y al fin, esperar el cheque. Esa es mi vida.

—¿Tampoco conoce ese momento en que uno se aleja de la obra, que es crítico de ella?

—No.

—¿Y asume todo lo que dicen sus personajes?

—Eso es imposible, pues no habría drama, no habría choque, ni siquiera diálogo podría haber.

—Los insomnios, ¿le sirven para soñar despierto? Porque los sueños tienen mucha importancia en su obra.

—Eso lo dice Sábato. No, el insomnio lo que me produce a mí son malas palabras y desesperación. Anteayer, no sé cuántas píldoras tomé. Me exaspera no poder dormir.

—Hay relatos suyos que son sueños dentro de sueños, otros como “Diagonal…”, que son verdaderos sueños.

—Decirle la verdad es imposible. Y no por el deseo de ocultar algo, sino porque los recuerdos se sumergen en la misma atmósfera de los sueños. Más profundamente, mientras pasa el tiempo. Además, ¿cuándo empieza exactamente el recuerdo, siempre caprichoso y enemigo de cualquier evidencia? Lo que usted me dice debe ser una influencia joyciana.

—Y ahora, ¿piensa, sueña o escribe?

—Una inyección mal dirigida me ha producido una septicemia de la que aún no me he recuperado. Cuando me pincharon estaba escribiendo un novelón en el que reaparecía Díaz Grey. No sé si podré seguir. Me he quedado muy desanimado con esto, la impotencia de no poder caminar… ¿no me habrá afectado el cerebro este animal?

—Aparentemente no. ¿De qué se trata la novela?

—Es un dramón en el que un juez alcohólico, bondadoso, indiferente, cuenta a la gente que concurre en un boliche una sentencia que ha dictado en el pasado. Entonces estoy encajando todas las bestialidades que se han hecho en estos últimos meses, como a esos violadores que absolvieron porque la joven llevaba una vida licenciosa en la discoteca. Claro, hay una vieja teoría de que para violar se necesita no sé cuántos hombres: se necesita un cuchillito, nada más, para aplicar al cuello, además de otros elementos, por supuesto.

Los marginados

—¿Sigue con sus temas de marginados, que inició en su juventud, en los burdeles de Montevideo, de Buenos Aires?

—Sí, marginal siempre, marginal por voluntad propia, por eso me han pasado toca clase de percances en la vida. El percance más fuerte es el hambre, el hambre acompañado. Era una cosa muy triste. Fue en Buenos Aires. Y sin embargo, eso nunca me engendró rencor ni espíritu de reivindicación. Pasó, y las cosas buenas también pasaron: es decir, no me modificaron. Hay un tango que dice: “Yo soy el mismo que ayer…”. Por lo menos yo creo que soy el mismo que cuando era joven. No he tenido eso que llaman ambiciones. Tengo un sentimiento nihilista, para usar un término distinguido, de la vida. Como dice Gardel, “yo me alegro de los triunfos, aunque sean pasajeros?

—Y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que se comprenda sin asco el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatinas en las esquinas de los liceos.

—Eso es de El pozo. En la primera edición había un error de imprenta. Quedaba confuso si estaba persiguiendo el supuesto vicioso a niños o niñas.

—¿A quién perseguía: a niños o a niñas?

—¡A niñas! Recuerdo que escribí las treinta y dos páginas de un tirón, gracias a los milicos. Son los misterios, y esto lo digo con un poco de cachondeo, de la creación. En el año treinta hubo uno de los tantos golpes de Estado en Argentina. Una de las medidas que tomaron los milicos (yo siempre digo “milicos”, sin ánimo de ofender a los pundonorosos militares) para salvar a la patria fue prohibir la venta de tabaco los sábados y los domingos. Así que todos los viciosos como yo hacían su acopio el viernes, comprando dos o tres cajetillas. Y un viernes me olvidé. Pasé un fin de semana con un acceso de mal humor que se volcó en El pozo. Por eso temo que muchas de las opiniones de Eladio Linacero sean suyas; es decir, del mal momento mío. Por ejemplo, yo tengo una gran simpatía y me comunico muy bien con los niños. Y en El pozo se advierte un gran desprecio por los niños, si bien recuerdo.

—Dice que cómo se puede emocionar uno ante “eso”, mostrando a una criatura. Pero, a pesar de aquella depresión, El pozo es el compendio de toda su obra futura.

—Eso me lo acaba de decir una chica alemana, que vino aquí con una edición en alemán del libro. Me leyó unos fragmentos que había subrayado. No lo entendí. Tal vez tenga razón. Y entonces seguí trabajando inútilmente, ¿no?

—Carlos Fuentes también escribió que con El pozo nació la nueva narrativa latinoamericana. ¿Qué impresión tenía cuando leía la literatura anterior, los cuentos de Ciro Alegría, La vorágine, a Miguel Ángel Asturias?…

—Que yo nunca haría eso, jamás. Eran temas que no me interesaban. Lo que me interesa es el alma humana, las personas. Ni el paisaje, ni la literatura social. Claro que no es una opinión despectiva o que unas obras sean superiores a otras. Por ejemplo, en La vorágine me gustó muchísimo su trágico final. Pero con Fuentes somos muy amigos. En México le llamaban “el proteico”, porque nunca se sabía qué estilo iba a adoptar en su próxima novela. Si hacemos un repaso de sus libros vemos la diferencia temática, de enfoque que hay entre ellos. En general, nos da sorpresas agradables, porque tiene talento. ¡Si tendrá talento que le dieron el premio Cervantes!

—¿Conoce usted a algún escritor al que le hayan dado el Cervantes y que tenga talento?

—Claro, a Octavio Paz.

—¿Y nunca se lo han dado a un autor que no tenga talento?

—¡Ah, eso es resbaloso!

—Habría que citar a alguno más. Por ejemplo, Carpentier.

—Pero Carpentier tiene talento.

—Por supuesto, pero no debe ser una literatura que a usted le guste.

—Mire, descubrí que yo era un genio leyendo El acoso, sin saber nada de antemano. Me acuerdo que le dije a mi mujer: “eso es una música, una sinfonía”. No sabía cuál, porque no tengo cultura musical, ni sombra, y quizá no tenga ninguna clase de cultura. Después supe que está basado en la Heroica, de Beethoven, con su ritmo, su tiempo, etcétera…

Novela y profecía

—Eladio Linacero, en El pozo, quiere justificar su vida escribiendo una novela.

—No creo que sea un pensamiento nada original. A mucha gente se le ha ocurrido en algún momento de su vida.

—¿Cree usted que se justifica una vida con novelas?

—Si son excelentes, sí, pero no es éste el caso. Decía Benvenuto Cellini que a los cuarenta años todos deberían escribir sus memorias, porque es la manera de dejar el rastro de su personalidad. Claro que siendo criminal y canallita, como él era, es fácil.

—Pero ni Linacero ni usted son criminales ni canallitas.

—Eso es cierto; además nunca tuvimos el genio de Benvenuto, que, condenado a muerte, modeló una estatuilla o un cáliz, no sé qué, trabajado en oro, y se lo ofreció al Papa, que le había condenado. Al ver aquello, el Papa dijo: “¡Oh Benvenuto, figlio mío!” Eran otros tiempos. Hoy se debe hacer lo mismo, pero de distinta manera. Digo, conciliarse con la Santa Autoridad.

—En El pozo, ¿se propuso algo?

—¡Jamás! Hasta me pasa una cosa, que cuando escribo un cuento basado en la realidad o describo a un personaje que conozco, siempre me sale lo más flojo del cuento.

—Es discutible, porque en La vida breve Brausen se casa, se separa de Gertrudis, su mujer, a quien le extirpan la mama, y se vuelve a casar con la hermana de ésta, su cuñada. ¿Todo esto sucedió de verdad?

—¡Ah no, mi hijito! Esto es ya vida privada y no nos metamos. Mire: he pasado por una especie de maldición. Muchascosas que he escrito o inventado se han realizado en mi vida, que más de una vez me dije: “Me voy a dedicar a escribir novelas de multimillonarios, a ver si me cae algo”. Por ejemplo, esa operación que sufrió Gertrudis sucedió luego en mi vida.

—El valor de una obra es que sea profética, ¿no?

—Pero no profecía de desgracia, de mala suerte.

—En su obra también se advierte una filosofía del fracaso, que puede ser tan válida como la del triunfo en la vida.

—Yo no empujo a ningún personaje deliberadamente al fracaso. Pero hablo, digo, de sentirse fracasado antes de que nos toque la hora. Resulta que escribo y sucede así.

—¿Y no es propio de los grandes escritores encerrar a sus personajes en callejones sin salida? Pensemos en Madame Bovary, en El Quijote, en Kafka…

—No puede decir que sea propio de grandes escritores eso que ahora se llama situaciones límites, ¿no? ¡Y se abusa también de ello!

Faulkner

—”Giró la otra pierna y quedó sentado. Y no me escapé no más. Pero cuando lo jubilaron y vino el alemán. Sonrió… Cuando trajeron al alemán…” Un estilo abrupto, a lo Roberto Arlt, puntos suspensivos, como Céline… ¿No recuerda? Es “El obstáculo”.

—Es curioso. No me acordaba. Es una de las primeras cosas que escribí. Había ido a un hospital, en una colonia de menores, y allí observé la relación de parejas que se establecía entre los muchachos. Me impresionó sobre todo cuando uno de ellos le fue a llevar una flores a un compañero. Vi su expresión, una sonrisa como de vergüenza, de disculparse, y no sé si lo escribí.

—Sí, quedó escrito. Y en aquel entonces, como todos tenemos un padre, usted acepta la influencia de Arlt, de Barbusse, de Céline…

—Bueno, lo que reconozco es mi gran admiración, pero influencia no. Tal vez en un tiempo haya influido en mí Faulkner.

—¿Por la culpabilidad innata y sentido del pecado o por la creación de un pueblo mítico, como Santa María?

—Por el estilo. Faulkner me parece admirable. Estos días pasados quise releer Absalón y ya las primeras líneas —y eso que es una tradición— me parecieron tan extraordinarias que no seguí adelante, por un sentimiento mezclado de admiración y envidia.

—¿Y esa técnica de taracea, de ir colocando fragmentos y meter al lector por los laberintos?

—Eso implicaría un propósito anterior a la obra, y no, yo me pongo a escribir y sale como sale. Quiero contar un cuento, nada más.

—”Sin palabras, hablaba del anzuelo de plata en el mar; la niña, hija del clavel y de la rosa”.

—Ese pasaje que me acaba de leer me parece muy hermoso y no me acuerdo de haberlo escrito nunca.

—Sería que se esforzaba usted en hacer literatura.

—No, no hago literatura. ¡Jamás! La odio, odio hacer literatura, pero eso es hermoso.

—Pues es de Los niños en el bosque.

—No lo escribí para publicarlo. Me lo habían pedido unos chicos que vinieron a contarme sus vidas en el barrio, encerrados, sin salida.

—La frase que le leí suena a Lorca.

—La comparación me halaga muchísimo.

La muerte

—¿En qué dolores, en qué heroísmos, en qué angustias pensaba?

—En la guerra de España. En cierto modo pensé venir a luchar, pero no pude. Toda mi vida ha sido igual. Siempre de parte del débil: estuve con los judíos contra Hitler, y ahora estoy de parte de los palestinos. Por favor, ¿por qué no se van los israelíes? ¡Todos los días matando, todos los días!

—Para esta noche nos presenta también a un hombre entrampado.

—Tan entrampado que no tiene salida. Como todos nosotros. Todos condenados al fracaso, porque ya sabemos cuál es el final de todo triunfo pasajero. Felices aquellos que tienen una religión.

—¿Le teme usted a ese final?

—Más bien temo entregarme a él. Pienso que será como la sensación que tengo cuando logro dormirme. Es una sensación de felicidad muy grande…, me siento bien, como en un barco que se separa de la tierra, se adentra en el mar…

—Pues contado así no parece muy difícil; además, tanta gente lo realiza…

—No sabemos. Además, desgraciadamente, hay tantas maneras de llegar al final. Por ejemplo, yo soy partidario de la eutanasia. O si no, me voy a Viena a ver a las enfermeras esas y no hay problemas: una almohada en la cabeza de este viejito ¡y ciao!

—Es curiosos que sus personajes no se suiciden todos. Se suicidan bastante, pero no todos. ¿No será masoquismo, que no lo hacen?

—No puedo decirle. A éste le suicido, a éste no. No soy responsable de mis escritos.

—Pero es responsable de este gerundio: “Una mañana en el mar, era azul, grave, alzando repentinas olas…”.

—Bueno, claro, don Ramón hablaba pestes de los gerundios, pero no los vamos a suprimir del idioma castellano.

—Como Céline, que quería romperle el espinazo a la sintaxis.

—Yo no tenía ese propósito. Célince acabó loco, el pobre. Hay una diferencia tan grande entre el Céline del Voyage… y el de las cartas que escribía a sus padres desde África: cartas llenas de ternura, de un tipo lleno de bondad. ¿Por qué le vino el ataque antijudío y pronazi? No sé.

—En Tiempo de abrazar aparece prefigurada, y sin nombre aún, Santa María.

—Me vino la idea de crear Santa María en pleno frío invernal, cuando estaba en Buenos Aires. Un amigo, notario, me invitó a ir con él a la provincia de Entre Ríos y allí sentí una sensación de felicidad, no sólo por el calor, sino por los entrerrianos, que se parecen mucho a los uruguayos, y no a los porteños.

—Pese a todo, en los años cuarenta está usted fascinado con Buenos Aires. ¿Por qué tiene que crear a Santa María, si tiene ya una ciudad que lo satisface?

—Por que no lo domino, Buenos Aires. Y a esta Santa María si la domino. La siento. La puedo modificar, puedo construir, desconstuir, no sé. Además, Buenos Aires ya lo había agotado Roberto Arlt.

—Santa María puede estar situada en cualquier parte del mundo: no hay ahí, ni en el resto de su obra, una búsqueda de la identidad latinoamericana, como en muchos otros escritores.

—No sólo la hay en ellos, sino que les parece que es el deber del escritor, ¿no? Yo sólo tengo un deber, poderoso: escribir bien. Es incosciente. Una vez le dije a un amigo que yo tenía acá, Juan Ignacio Tena, “sabes una cosa, Juan Ignacio, yo no puedo escribir mal”. Y se me quedó mirando como si lo hubiese dicho con vanidad. Y no, fue espontáneo, sin vanidad alguna.

—En El astillero, además de su ubicación incierta no hay ninguna secuencia cronológica. Parece que usted situara su obra en lugares inconcretos, en un espacio sin tiempo.

—Hay mucho de esto. Hay una parte de El astillero que me gusta mucho en el recuerdo, cuando todos los administradores se pasean en Santa María como fantasmas. A lo mejor si lo leo ahora no me gusta, pero sé que me agradó escribirla.

—Esas páginas hacen pensar en Kafka; él más angustiado; usted, más resignado.

—No, Larsen es el que estaba resignado, no yo. Él ambicionaba el dominio de Petrus y se quedó al final sin nada.

Mundos sórdidos

—También trata la iniciación de una joven a la prostitución. Un mundo que usted conoció bien. ¿No sería Jeanne d’Artois la que le decía “que cada cual haga de su culo un pito”?

—¡Che: eso ya es mucho saber! Conozco ese dicho y me parece bien. Pero, ¡a quién le hablé yo de Jeanne d’Artois? ¿No será usted de la secreta? ¡Me está aterrando!

—He indagado; otros también lo han hecho y piensan que esta obra, “Mascarada”, tiene una estructura semejante a la Divina Comedia.

—No veo la menor relación, salvo que sea una tomadura de pelo.

—En uno de esos prostíbulos conoció usted a Larsen, alias Juntacadavéres o Junta a secas.

—Conocí a varios lársenes; al último lo llamaban justamente Juntacadáveres. Esto era ya en un café de Montevideo. Y aunque me adelante un poco, la idea del prostíbulo me la dio un muchacho que estaba en la centralita telefónica. Era un fenómeno manejando las clavijas: usted al 17, libre el 13, un taxi para el 19.

—Larsen soñaba con el prostíbulo perfecto, que no logró.

—Lo mismo le pasa a uno, que piensa en la obra perfecta, la novela que acabe con todas las novelas. No tengo la menor idea de cuándo yo podría escribirla. Pero ambición, así, vagamente, la tengo.

—En “Regreso al sur” una historia de desencuentro entre tío Horacio y la Perla, el amor, siempre frustrado, parece que es inevitable.

—Sí, claro, lo que pasa es que uno no escarmienta y vuelve a enamorarse.

Exilio y nostalgia

—”Mundo loco, dijo una vez más la mujer, como remedando, como si lo tradujese. Yo la oía a través de la pared. Imaginé su boca en movimiento frente al hálito de hielo…”.

—La vida breve empezó en Buenos Aires. Yo vivía en un departamento pegado a la habitación de esa mujer, llamada la Queca. En un piso había una de esas camas empotradas que se bajan de noche, y ella igual. Pero lo grave es que las dos camas coincidían y cuando estaban las dos bajadas se oía todo. Y, bueno, la Queca era un monstruo, muy liberada, digamos. Ya tenía un hijo de cinco o seis años; algunas veces iba a visitarme, me lo tenía que llevar fuera por las cosas que gritaba esa mujer. Después nos hicimos más o menos conocidos.

—¿Más o menos? El personaje, Brausen, penetra, entra en el departamento de la Queca…

—En la historia sí. No sé nada de eso y no es cosa mía.

—¿Siente usted nostalgia de Buenos Aires, de Uruguay o de Montevideo, la ciudad más linda del mundo, usted que ha visto ciudades hasta confundirse?

—Un amigo de Montevideo me decía: “Antes de la dictadura en Uruguay, ¡qué lindo país para la nostalgia!” Yo más bien siento nostalgia de circunstancias que viví, cuando estaba en tal café, con tales personas y discutíamos de este o aquel tema. De mi niñez. A los doce años me gustaba mucho el fútbol. Iba siempre a la puerta del estadio para pedir a los jugadores que me dejaran llevar la valijita y yo pasaba sin pagar, como secretario del héroe de las canchas…

—¿La nostalgia no lo lleva a pensar en volver?

—No volveré nunca, porque pasaron trece años y todo aquello y yo estamos más viejos. Y después van pasando los años y viendo cosas y se van cosas, que así es la vida y no hay vuelta que darle. Sé que tendría terribles desilusiones si fuera. Se está pasando un período de pobreza muy grande, no tanto como en Argentina, pero los coches son de 1900, las calles están todas levantadas… Lo que sí debe haber, en cada esquina de Montevideo, uno de esos que llamábamos boliches, almacén y despachos de bebidas, con los que se hacen ricos los gallegos.

—¿Qué piensa del reciente plebiscito que perdonó a los militares?

—Como usted comprenderá, yo estaba con los verdes, es decir, quería que los militares que habían cometido delitos fueran juzgados. No se puede resucitar a los muertos, a los asesinados. Entonces ahí cometieron otro error. Al indultar o amnistiar a las tres ramas del Ejército, es como si se atribuyera a todos delitos, asesinatos, torturas, secuestros, robos, que los hubo. El mismo Ejército debería haberlos juzgado y decir: “nosotros no somos así, nosotros no somos eso”. Pero los milicos son muy brutos.

—¿No se le ocurrió pedir algo al terminar la dictadura? Alguna prebenda, que bien se lo merece. Alfonso Reyes, Asturias, Neruda, Octavio Paz, Carlos Fuentes y tantos otros fueron embajadores.

—Parece que no nos entendemos.

—Puede ser. Tal vez yo sea lento.

—No me interesa. No soy apto. Si usted me está entrevistando como escritor, le digo que lo único que me importa es escribir bien, agregando el vicio solitario, que no se interprete mal, de leer, porque mi vida es ésa. Lo único que me importa es sentarme a escribir, o escribir en la misma cama. Si Proust lo hacía, ¿por qué no lo voy a hacer yo también?

Leyenda negra

—¿No cree que hay una gran diferencia entre usted, tímido, tierno, y el Onetti que se describe arisco, ogro, huraño y misántropo?

—Ya me han hablado de esa leyenda negra de Onetti. Como dice el tango, “no sé qué culpa he podido cometer, no sé…”. A veces me indigna, porque yo, conscientemente, nunca he hecho ninguna cosa mala en mi vida. Jamás trabajé con los codos por embromar a alguien, para trepar nunca hice como esos cretinos que se reían para adular, aunque no entendieran de verdad o del todo la gracia, y siempre viví absolutamente ignorante de la práctica de todas las convenciones sociales. Por ejemplo, yo me tuteo con Sanguinetti, hace años que lo conozco y nunca le pedí nada. Me dieron un premio en Uruguay de dos mil dólares, donde, posiblemente, haya influido él, puede ser. Pero no sé cómo se puede hablar mal de Onetti. Sólo una novia despechada.

—Muchas, una cada dos años, por lo menos.

—No exageremos. Y no creo que se organicen como para formar una leyenda, ¿no?

—También hay una dicotomía entre la amoralidad de Onetti y el sentido de culpa de sus personajes.

—El sentido de culpa, sí… ¿Por qué existe? Me lo han preguntado más de una vez. Yo no tengo ningún remordimiento. En La cara de la desgracia, un personaje se siente responsable de un crimen que no cometió y que le impresionó terriblemente, y acepta pagar por el criminal. El individuo Onetti no tiene nada que ver con eso.

La Jornada, México, 13 de agosto de 1989

One Comment leave one →
  1. Alter Ego permalink
    31 julio, 2012 12:56

    Qué razón tiene Onetti: no se puede volver al pasado. Nunca. ¿Y qué es retornar al país de origen, después de años o décadas de ausencia, sino la vana ilusión de encontrar todo como estaba? El tiempo existe y no conviene meterse con el pasado. A no ser prestándole alas a la imaginación para reconstruirlo (construirlo de nuevo, partir de cero) en un texto. Pero eso ya sería, de alguna manera, mirar hacia el futuro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: