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Shostakóvich, disidente.

9 agosto, 2012

Resulta que el «titán de la música soviética», el artista del pueblo de la URSS, el héroe del trabajo socialista (condecorado doce veces con el Premio Stalin), el diputado del Soviet Supremo (galardonado con la Orden de Lenin, con la de la Revolución de Octubre y tantas más) resulta que era un disidente.

Dmitri Shostakóvich murió hace hoy treinta y siete años, el 9 de agosto de 1975, abrumado por los honores, aplastado por las distinciones. Leónidas Breznev estampó la primera firma en su libro necrológico, y luego el jefe de la policía, el ministro de la Defensa…. hasta llegar al último de la lista, oscuro jefe del partido en Moscú, si no fuera que se hizo famoso por haber mandado los buldozers para arrasar una exposición de pintura anticonformista, en el mes de septiembre de 1974. Se llama Vladimiro Yagodkine.

Todos estos dignatarios y burócratas, cuando menos, oyen ahora con desagrado -puesto que niegan su autenticidad- el grito asqueado y horrífico, grito de repugnancia, que lanza Chostakovitch desde su tumba. Como Nicolás Gogol, el gran compositor ruso, se asoma al ataúd para decir su verdad y destruir la leyenda de esclavo servil del amo y maestro, como le llama: Stalin.

Un testamento puede revelar hechos mantenidos secretos durante toda una vida. Es una forma como otra de hablar después de la muerte.

En unas «memorias» dictadas a su confidente y amigo Salomón Volkof, Shostakóvich habla con el corazón abierto, seguro de que sus palabras serían difundidas tras su desaparición. El subtítulo de la versión americana del libro (que yo sepa se ha editado en Italia, en Francia y en EE UU) es significativo: Recuerdos de un culpable; no está Chostakovitch nada orgulloso de su comportamiento, pero merced a un sinfín de cobardías sucesivas y confesadas, de concesiones, un hombre de su valor pudo evitar la liquidación total viviendo como un personaje de Dostoievski en un ambiente de Kafka.

En los años veinte, Shostakóvich era un compositor muy celebrado en Occidente por su modernismo. En su país, también. Formaba parte de aquel grupo de artistas y escritores (Mayakovski, Meyerhold, Esenín) que creían en la revolución estética, para empujar a la social. Unos se suicidaron, otros desaparecieron sin dejar rastros, y Shostakóvich vivió hasta los setenta años. Pero dos momentos cruciales señalaron los límites de sus osadías: en 1936, después de asistir a una representación de su ópera Lady Macbeth, Stalin «inspira» un artículo al Pravda, donde trata su obra de «galimatías musical», y le advierte que «todo eso puede terminar muy mal». Convertido en “enemigo del pueblo”, Shostakóvich prepara la maleta, resignado a emprender el camino del goulag después de rechazar la idea del suicidio.

Adopta, al fin, la solución de la autocrítica, y escribe la Quinta Sinfonía, «respuesta de un artista soviético a críticas justas». Compone luego las «sinfonías de guerra», la Séptima (Leningrado, 1941) y la Octava (1943), que, además de rehabilitarlo, le aportan títulos y recompensas: artista emérito, etcétera.

Poco después, la Novena Sinfonía, estrenada en Leningrado, vuelve a desencadenar las iras de los burócratas-policías: «Debilidades ideológicas, sumisión a la estética burguesa, desviacionismo condenable». Por segunda vez, Shostakóvich acepta su culpabilidad y se dispone a «expiar sus pecados musicales». Un nuevo Premio Stalin recompensa inmediatamente este acto de contrición, poco después de que el siniestro Djanov estableciera la famosa lista negra de compositores acusados de «formalismo», que encabezaba él, Shostakóvich.

Hasta su muerte, Shostakóvich habrá cumplido las órdenes del mediocre Krenikov, presidente de la «asamblea de compositores de música soviéticos», famoso por una memorable defecación delante de Stalin y por haber condenado también a Prokofief por su «modernismo degenerado».

El aforismo estaliniano de «los cuadros deciden todo» dicta también los comportamientos «creadores»: Shostakóvich escribirá música para películas abyectas, renunciará a sus «perversiones formalistas» para ensalzar la gloria del amo y maestro, para componer obras tan mediocres como El canto de los bosques, o, en colaboración con Kachaturian, el Himno de la Unión Soviética, e incluso él solito…, iel de la policía! «Gracias a esto», dice, «he sobrevivido y he logrado escaparme de los campos de concentración».

Frente a Stravinski que se marcha, y a Prokofief que regresa, Shostakóvich adopta la actitud de los yurodivy, personajes míticos de la santa Rusia, medio bufones, medio profetas, temidos y respetados por los zares. Al igual que hiciera Mussorgsky, otro yurodivo musical, Shostakóvich se pone esta máscara de autodefensa. Así puede evitar los enfrentamientos demasiado violentos con el poder y decir la verdad a los jefes. «Nunca he halagado con mi música a los que estaban en el poder. Nunca he sido un cortesano».

Ante las protestas que se elevaban en Occidente, por la situación de Shostakóvich, Stalin decide enviarle al Congreso del Movimiento por la Paz americano. «Así actuaba Stalin, atacaba por detrás, como un bandido. Para eso no hace falta ser el más inteligente, ni el más astuto; basta con ser el más cobarde ». Pero esta vez, Shostakóvich considera que es demasiado humillante exhibirse de esa forma, y simula una enfermedad. El «telefonazo» de Stalin, en el que cada palabra puede costarle la vida -«telefonazo» comparable al que un día recibiera Boris Pasternak-, le obliga a aceptar.

¿Cómo no volverse loco? Componiendo una música engañola, adoptando una actitud hipócrita. Apenas hecha la autocrítica, Shostakóvich imita a Mussorgsky, que, cuando le amonestaban agachaba la cabeza, aceptaba la reprimenda…, para volver a hacer lo que mejor le parecía al quedarse solo.

Igual, Shostakóvich. Después de pronunciar discursos oficiales que le daban ya escritos, componía la XIII Sinfonía, sobre un texto de Evtuchenco, Baby Yar, la denuncia más conocida del antisemitismo estaliniano.

«La casi totalidad de mis sinfonías», dice ahora Shostakóvich, «son monumentos funerarios. Ha desaparecido demasiada gente: y no se sabe dónde está. ¿Dónde se podría elevar un monumento a Meyerhold, o a Tulcachevski? Sólo se pueden erigir con música». (Meyerhold, hombre de  teatro, colaboró con Shostakóvich y desapareció de la vida; Tukachevski, el «Napoleón rojo», fue su gran admirador y protector, hasta que Stalin lo mandara eliminar. Ambos, de forma curiosa, deseaban ser violinistas para pasar inadvertidos y escapar a su destino final: «En estos momentos», decía Meyerhold en vísperas de su detención, «me gustaría estar rascando el violín en una orquesta, sin problemas», y Tukachevski, poco antes de su ejecución: «Más me hubiese valido ser violinista … »).

Otros ejemplos: su Quinta Sinfonía. Los críticos dijeron que Chostakovitch había querido crear un clima de alegría, sin lograrlo. Ahora bien, explica el compositor: «A mí me parece muy claro. Es una alegría forzada; es decir, aburrimiento, como reinaba en la Unión Soviética. Nos estaban machacando y nos decían: tenéis que estar alegres, vuestro deber es estar contentos. ¿Cómo iba yo a hacer una música apoteósica? Hay que ser sordo para no oírla así». Hay también doble lenguaje en la Séptima Sinfonía, de Leningrado, que le valió una de sus rehabilitaciones. Eso que las autoridades aceptaron como paradigma de «música patriótica» es, en realidad, un réquiem dentro de la tradición de Akhmatova y de los salmos. La XI, que data de 1957, conmemora las víctimas de las matanzas de Leningrado, en 1905, que tanto le impresionaron en su niñez, pero también las de la rebelión de Budapest, en 1956.

La obsesión de la muerte es constante en la creación de Shostakóvich. La XIV Sinfonía, tal vez su obra maestra, escrita sobre poemas de Lorca, de Apollinaire y de Rilke, es una «apoteosis y triunfo de la muerte», lo que escandalizó a Solyenitzin. Ya antes, en Lady Macbeth, o en la Quinta, evoca «ruinas y montañas de cadáveres».

Las tragedias, retrospectivamente, se convierten en comedias., pensaba Shostakóvich, que, como Chejov, estaba dispuesto a escribir lo que fuera, salvo denuncias. Únicamente su muerte no ha sido una farsa, porque nadie podrá ya apropiárselo. Como Gogol, que, según dicen, se escapó de su tumba, las “memorias” de Chostakovitch le han permitido salirse de su panteón. Y desde ahora escucharemos su música con más emoción.

RAMON CHAO. EL PAÍS / Madrid, 29/08/1980

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