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Francisco Amorós, iniciador de la gimnasia

27 septiembre, 2012

Del libro inédito de Ramón Chao “Afrancesados”, les ofrecemos las páginas dedicadas al coronel Francisco Amorós, iniciador de la gimnasia;

1830, Francisco Amoros “Manuel d’education physique et morale”

Francisco Amorós es mundialmente conocido por ser el artífice de un peculiar método de educación que en su tiempo gozó de proyección internacional. A él se deben, por ejemplo, los primeros intentos decididos y sistemáticos por introducir la educación física en el currículo de las escuelas primarias, y, principalmente, la consolidación de la educación gimnástica y moral en los sistemas de instrucción de los ejércitos español y francés. Por este motivo Amorós es considerado el creador del método moderno francés de educación física. Sin embargo, se conoce bien poco —en muchos casos se minusvalora— la contribución y trascendencia del método amorosiano en el lento y gradual proceso de afianzamiento de la disciplina gimnástica en la cultura europea decimonónica.

En el ámbito profesional, Amorós es un hombre polifacético: militar, educador, administrador público, autor de obras científicas y propagandísticas sobre educación física y moral. Personifica un ejemplo paradigmático de eximio funcionario al servicio de la Monarquía. Durante el reinado de Carlos IV participa en ambiciosos proyectos de la Monarquía borbónica, como el intento secreto de colonización de Marruecos (1803-1805), plan preparado de un modo que roza lo novelesco. Las gestiones de Amorós también resultan determinantes en la creación de una institución educativa central que pretendía la mejora de la instrucción primaria y castrense española: el Instituto Militar Pestalozziano de Madrid (1805-1808).

En 1808 Amorós asiste a la Junta española de Bayona en calidad de consejero de Indias y desde entonces pasa a ser uno de los más destacados colaboradores del rey José Bonaparte. Entre 1808 y 1813 obtiene títulos y cargos de gran responsabilidad en la nueva administración bonapartista: consejero de Estado, gobernador militar y político de Santander.

Para los españoles, Amorós fue un afrancesado convencido, autor en el exilio de una atrevida representación a Fernando VII, granada de análisis político y por eso muy atendida por los especialistas. El escrito de Amorós vino a ser una especie de quema de naves. No volvió a España y ahí se pierde prácticamente su rastro en la historiografía española. Deja de interesar, porque se estima que a partir de su salida como parte del “equipaje humano” del rey José, su trayectoria personal pierde interés. Se le supone una existencia de dificultades económicas, de escasa representación social y, por supuesto, poco influyente. Los franceses, por el contrario, se han fijado en él precisamente por su actividad durante el exilio. Enn París fundó una escuela de educación física que alcanzó fama en Europa e incluso en la España posterior a Fernando VII

Poco saben los españoles del Amorós pionero en Europa de la Educación Física y menos aún de sus avalares personales en el París de la Restauración y de la Monarquía de Julio. Los franceses contemplaban con desconfianza al funcionario que durante el reinado de Carlos IV había desempeñado cometidos muy relevantes y comprometidos, ignoraban al ilustrado que, llegada la ocasión, prestó juramento a José I por coherencia con unos principios políticos y con una trayectoria personal de permanente servicio a la monarquía.

Aunque situado en un segundo plano, este militar de talante ilustrado gozó de la plena confianza del todopoderoso Manuel Godoy, quien le encargó el desarrollo de algunos de sus proyectos más ambiciosos y comprometidos, como la dirección del Instituto Pestalozziano o la coordinación de la misión secreta protagonizada por Ali Bey en Marruecos. Ambos proyectos ocuparon un lugar central en el plan político ideado por Godoy en el momento de su máximo poder y los tomó a título personal como auténticos desafíos. El cometido principal atribuido en ambos casos a Amorós revela hasta qué punto se había convertido en hombre imprescindible de Godoy.

A partir de 1808, Amorós continúa al servicio de la monarquía. No importa el cambio de dinastía. Para el funcionario convencido del lugar que ocupa en la sociedad, tal extremo no es determinante, pues le guía ante todo el objetivo de acatar y acomodarse, honradamente, a la legalidad vigente. No hay, pues, solución de continuidad en la actitud de Amorós y como en el reinado de Carlos IV, en el de José I desempeña cargos relevantes, más brillantes, desde el punto de vista administrativo, que los del tiempo anterior, pero menos personales y delicados, lo cual es signo del cambio de tiempo político. Amorós no goza con José I de la condición de confidente personal, estrecho colaborador de la cúpula del poder incluso en asuntos secretos, como lo fue con Godoy, pero sigue siendo hombre fundamental del sistema. Si la trayectoria de Amorós finalizara ahí, es decir, en el fracaso de la experiencia bonapartista en España y en la oscuridad, más o menos anónima, del exilio, estaríamos ante un tipo humano sin interés. No volvió a España y ahí se pierde prácticamente su rastro en la historiografía española. Deja de interesar, porque se estima que a partir de su salida como parte del “equipaje humano” del rey José, su trayectoria personal pierde interés. En 1816 Amorós adquirió la nacionalidad francesa)

Entre la imagen de Amorós dominante en la historiografía española y la existente en Francia ha existido una especie de cesura, un corte de mutuo desconocimiento. Los españoles sabían poco del Amorós pionero en Europa de la Educación Física y menos aún de sus avalares personales en el París de la Restauración y de la Monarquía de Julio..

Durante su exilio, el comportamiento de Francisco Amorós y su rela­ción social experimentan un cambio extraordinario. Abandona con pesar una España imposible para una persona de su talante, incapaz de soportar el oscurantismo del vengativo Fernando VII, enconado perseguidor hasta las últimas consecuencias de cuantos tuvieron relación con el odiado Godoy. Sin embargo, no renuncia por completo a la condición de servidor oficial del poder que le había caracterizado du­rante toda su vida. Sólo que la desarrolla de forma diferente. Amorós pone todo su empeño en servir a su rey, ahora el de Francia, sin que sea obstácu­lo insalvable que el monarca pertenezca a la Casa de Borbón (Luis XVIII y Carlos X) o a la de Orleáns (Luis Felipe), como tampoco fue asunto primordial que el rey de España fuera Carlos IV o José I. Pero si en España el coronel Amorós sirvió a la monarquía mediante el desempeño de cargos oficiales, esto es, como integrante de un aparato que se sobre­pone a su individualidad, ahora en Francia pretende hacerlo —y lo con­sigue— desde el ejercicio de una actividad privada. Lo que pone a dis­posición del rey no es su capacidad o disposición para desempeñar una tarea regulada, sino el producto de una iniciativa individual, privada: el gimnasio de París.

Santander, comisario regio en Burgos, Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, in­tendente de la Policía de Madrid, caballero de la Orden Real de España, ministro interino de la Policía durante la conquista de Andalucía y comi­sario regio cerca del Ejército de Portugal.

En julio de 1813 Amorós se ve obligado a buscar refugio político en Francia y se convierte en uno de los pocos afrancesados que obtiene licencia de Napoleón para fijar su residencia en París, capital del Impe­rio, ciudad donde inicia una nueva vida personal y profesional. En 1814 escribe uno de sus textos más conocidos y citados por los historiadores: Representación a Fernando VIL En esta obra de carácter político Amorós, muy al contrario del tono de arrepentimiento adoptado por el resto de españoles condenados al ostracismo, mantiene una actitud recta y tre­mendamente crítica contra la nefasta actuación del monarca absoluto español.

En 1816 Amorós adquiere la nacionalidad francesa. De este modo se desvincula, muy a su pesar, de una España dirigida por un rey (Fernando VII) al que califica de infame. Ya con los plenos derechos que le concedía su nueva nacionalidad, Amorós comienza a ser un per* sonaje conocido en diversos círculos políticos e intelectuales parisienses. Entre 1816 y 1818 se ve involucrado en un pintoresco escándalo público derivado de una fogosa relación amorosa extramatrimonial que trascen­dió, incluso, a la prensa parisina y, además, se convierte en objeto de investigaciones policiales por relacionársele con una presunta conspira­ción liberal antiborbónica, cuya finalidad era el destronamiento de los monarcas de Francia y España. A partir de 1817 Amorós prueba suerte de nuevo en el terreno de la educación, su gran vocación. Tras ser admi­tido en una de las más prestigiosas sociedades pedagógicas de Francia (la Société pour I’améliotation de I’instruction elemental re), y gracias a la protección de personajes influyentes de la sociedad parisina (políticos, filósofos, médicos, abogados, banqueros, pedagogos), Amorós obtiene del Gobierno de Luis XVIII cuantiosas subvenciones para poner en mar­cha el proyecto de sus sueños: la creación de una escuela central de educación física en París, el Gymnase normal militaire et civil. A partir de este momento Amorós se vuelca por completo en el proyecto de crea­ción de un sistema de educación que resultase atractivo y útil para el Gobierno que lo patrocinaba. Y aquí es donde se halla uno de los aspec­tos más originales de su trayectoria: lejos de atender meramente al aspec­to físico de la gimnasia, la utiliza como un medio pedagógico para obte­ner la educación integral del ser humano. Amorós imprime a todo su sistema educativo un marcado carácter adoctrinador y moralizante, y para ello combina la gimnasia con elementos como la música y los cán­ticos religiosos, morales y patrióticos.

Amorós y las instituciones gimnásticas que dirigió en París (las únicas oficiales del Gobierno durante los reinados de Luis XVIII y Carlos X) gozaron de fama y prestigio en toda Europa. En 1830 escribe su obra pedagógica más destacada, que fue objeto de importantes elogios y pre-mios: Manuel d’éducation physique, gymnastique et morale, destinado tanto a militares como a civiles de todas las edades. Su incesante labor en el campo de la educación física no pasó inadvertida al Gobierno español, que decidió enviar una comisión del Ejército a París para aprender el método amorosiano —así lo llamaban sus contemporáneos— e introdu­cirlo después en España, fomentando la apertura de gimnasios en las principales escuelas militares. Muchos extranjeros visitaron París con el objeto de conocer y aprender del educador que gozaba de tanto prestigio en los círculos intelectuales europeos.

La muerte de Amorós no supuso un declive total de su obra. Un grupo de antiguos alumnos y algunos entusiastas del método amorosiano trabajaron de forma decidida con el objeto de divulgar la obra de su maestro. También hubo quien intentó distorsionar y denigrar su método. Si quiere ahundar en la obra de Amorós, consulten: Franciso Amorós y los inicios de la educación física moderna. Rafael Fernández Sirvent. Piblicaciones de la Universidad de Alicante, 2005.

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