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Francesada

4 octubre, 2012

Iniciamos hoy la publicación por capítulos de la novela Memorias de un invasor, o las memorias de un oficial napoleónico en España, en la que Ramon Chao, su autor, narra los principales episodios de esta invasión.

Prefacio

Decía Louis Pasteur que en el dominio de la ciencia, el azar sólo favorece a los espíritus preparados : hace más de treinta años una amiga de mi esposa, llamada tal vez Margarita, me recompensó con un manuscrito arratonado y dos edictos de la Revolución francesa, por quién sabe el favor que le hiciera. Los había dejado en el desván hasta que me retejaron la casa; al cabo de tres decenios de maduración personal comprendí su valor y deduje que Margarita ignoraba la importancia del regalo. Según los tasadores, sólo por los decretos me darían diez mil euros; el manuscrito no tiene semejante cotización, mas sí un valor literario e histórico, e intuí el partido que podría sacar del regalo. Algunos remordimientos me asaltaron, pero ¿quién podía saber el paradero de la tal Margarita, cuyo apellido tampoco recordábamos para mirar en el listín?

El texto cuenta en primera persona las campañas vividas en la península ibérica por un oficial de Napoleón. Me lancé a restaurar las páginas devoradas por los roedores que mi tiempo me llevó, con tanto modernizar algunos giros caídos en desuso y resumir partes de las batallas, que todas son iguales.

Ahora bien, ¿cómo remozar un texto escrito con soltura, paro carente de puntuación ? Esta dificultad me llevó a establecer un compromiso entre respeto del estilo y rigor gramatical. Más tarde detallaré las reglas que me impuse; baste por ahora con señalar hasta qué punto el enfrentamiento con relatos de esta índole puede modificar la visión del pasado.

El autor utiliza expresiones arcaicas, giros locales olvidados hoy, al tiempo que rescata el lenguaje de los veteranos del Imperio. A pesar de existir numerosos relatos “reescritos” por ciertos editores, las usanzas y el pensamiento de los oficiales del ejército napoleónico no se conocen  bien. En éste, raro es que se hable de gloria o de honor, mas sí de un oficio peligroso ejercido con firmeza y espinosos problemas morales.

Sorprende que la descripción de la vida en el frente, más bien monótona, esté contada en pasado, como si el autor quisiera borrarla de su memoria; en cambio adopta el presente narrativo para revivir las escenas en las que participa. Con mayor o menor conciencia destaca los momentos sobresalientes de sus servicios, sin precisar el tiempo que le separa de ellos.

Cuando el memorialista se dirige a civiles, suprime términos que considera demasiado técnicos o militares, y dispone la narración de forma didáctica, con el deseo de allanar las dificultades que podrían encontrar los lectores. Por otra parte, siente la necesidad de glorificar las batallas en las que participó, hinchando cifras y episodios con circunstancias que no se dieron. Se han de considerar tales añadidos o reajustes, que he tratado conservar, como un intento de rescatar los recuerdos. Las frases de sus superiores jerárquicos o las del propio Emperador figuran en itálicas, sin comillas ni oración introductora.

Pese a todo, la lectura puede resultar ardua, debido a los giros arcaicos que contiene, y a sus formas gramaticales obsoletas, que reproducen el lenguaje de los veteranos del Imperio francés. En contra de lo que sostienen numerosos historiadores, las formas, las costumbres y los móviles de los soldados de la Grande Armée nos sorprenden. Por ejemplo, nunca se trata aquí de honor, ni de gloria, sino de un oficio peligroso que el autor ejerce con bizarría.

Pese a todo, resulta difícil transcribir un testimonio de esta índole, escrito con naturalidad, mas carente de puntuación. Así, traté de encontrar un compromiso entre el respeto de la forma y el placer de la lectura.

Así logré comprender la evolución del personaje. En unas páginas que tal vez intercaló al final de su vida, pasa de críticas moderas por su Emperador, a descalificaciones sin duda oportunistas. Sus  heridas, enfermedad y la caída de su ídolo pueden explicar su vuelco. Incluso podríamos decir que el bueno del comandante se puso en diapasón con el tiempo, que de aquel entonces data la carta de Beethoven a su entusiasta Lynda, en la que comenta el quinto Concierto para piano, llamado “Emperador”: « Lo compuse cuando Viena era bombardeada por ese maldito Napoleón ; ese hombre que pretende ser emperador ha sembrado aquí destrucción, miseria y opresión.” 

En resumen, que, con sus sentimientos, intuiciones, y fantasía ( nos describe la batalla de Somosierra como si la hubiera vivido, lo cual no es cierto), el intrépido comodante resulta ser un « decepcionado del bonapartismo ». De modo que, más que un testimonio, su relato se asemeja a una novela que podríamos titular: « ¡Abajo los vencidos! »

En esta novela utiliza, si así puede decirse, un doble lenguaje. Por una parte, cuando se dirige a civiles, lo hace en forma didáctica, rechazando los términos demasiado técnicos que podrían desorientar al lector. Por otra, siente necesidad de sobrestimar los actos en los que dice haber participado, hinchando las cifras y completando los hechos con hazañas en las que no pudo haber participado. Conservé todo eso, por considerar que se trata de un mecanismo selectivo e interesante de la transmisión de la memoria.

El cronista reproduce algunas secuencias en estilo directo, sin guiones ni comillas. Preferí presentar estos pasajes con dos puntos y reproducirlos en negritas para facilitar su lectura También se observan procedimientos novelísticos tanto en la escritura como en el desarrollo de la vida militar, contada en pasado; en cambio, cuando el autor anónimo relata escenas en las que participó, emplea el presente, olvidando el teimpo que le separa de los acontecimientos. Las palabras y los actos sobresalientes de su vida, más que recuerdos, son instantes eternos de su existencia, por haber sido vividos intensamente. Julia Kristeva afirma que cada texto se construye como un mosaico de citas: “Todo texto es la absorción o la trasformación de otro”, lo que implica el reconocimiento de la intertextualidad como fenómeno que origina la creación literaria.  Este relato puede servirnos de ejemplo: cualquier lector avispado  descubrirá fragmentos o reminiscencias de obras españolas o referentes a nuestro país. Creo haber descubiertos anécdotas de Casanova (contemporáneo del autor), de Lesage, de la duchesse d’Aulnay, e incluso de Cervantes y Quevedo. No cabe duda de que el comandante gozaba de un apreciable bagaje literario, que puso al servicio de su obra.

En fin, analizando su texto, me atrevo a formular un apotegma borgesiano y a imaginar que nuestro oficial había leído la frase del escritor argentino: « la cronología, qué vulgaridad! » Sin embargo, traté de borrar ciertos anacronismos, respetar el desarrollo histórico, a la par de intentar reproducir la espontaneidad del trabajo.

Desde las primeras líneas, el autor declara que no se trata de un Diario escritor al día, sino de un informe redactado más de veinte años después de los acontecimientos, ya en plena vejez. Podemos imaginar que lo hizo hacia 1840. Con la edad y la distancia el autor no busca la precisión histórica, sino una visión global de la guerra y de su estrategia, tanto miliar como política.

One Comment leave one →
  1. 12 octubre, 2012 10:32

    Comme il l’a bien dit, Napoléon, lui-même: « Le temps est le grand art de l’homme. » PACO AUDIJE

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