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Memorias de un invasor: II. Preparativos e incógnitas.

11 octubre, 2012

Nuevo capítulo del libro de Ramón Chao Memorias de un invasor sobre la invasión napoleónica en España. Hoy: II. Preparativos e incógnitas.

Llegada de Fernando VII al Puerto de Santa María.

Cuando empecé a escribir este documento, ejercía de capitán en el Tercer batallón que ocupaba Galitzia. La Grande Armée se encontraba en Silesia, cumpliendo los compromisos firmados en Tilsitt[1] entre Francia y Prusia. Nadie ignora que los militares estamos sometidos a desplazamientos, aunque tanto tiempo de reposo nos hubiera hecho olvidar que de un momento a otro podían darnos la orden de partir. Los oficiales y los soldados nos dejamos ablandar por la dulzura del terruño, resultándonos más penoso el traslado.

Después de la campaña de Austria, y la paz firmada en Viena, Francia se desembaraza de las guerras del Norte; toda Europa pensaba que le había llegado el turno a España y Portugal de sucumbir ante las fuerzas inmensas del Emperador. Ya éste había anunciado que iba a expulsar a los ingleses de la Península ibérica, y que antes de un año los estandartes del Águila real ondearían en ambos países. Como preámbulo, había enviado a España más de ochenta mil hombres bajo las órdenes del mariscal Masséna, apoyado por los mariscales Ney, Junot y Reynier.

El Emperador seguía manteniendo sus planes en secreto. Nadie, ni siquiera el mariscal Murat, su cuñado y teniente general en España sabía a ciencia cierta lo que planeaba. Aunque tarde, tan sólo un español comprendió el verdadero alcance del peligro que se cernía: Godoy; y ese conocimiento acarreó su caída.

A finales de germinal de 1808, Joseph I, hermano de Napoleón, moroso, dubitativo y perplejo, inicia en Nápoles el viaje hacia el trono de España. En la etapa de Bolonia se cruza con su hermano Lucien. Le comunica sus sentimientos e inquiere su opinión, con respuestas poco reconfortantes para él.

Si acaso le quedaban ilusiones, pronto las perdería : la acogida de sus nuevos súbditos es descorazonadora. Ya en la parada de San Sebastián, una mujer exclama, ante la muchedumbre impasible : ¡ Qué joven tan apuesto. Seguro que estará precioso en la horca!

El 15 de termidor de 1807, Massena pasa revista a los regimientos de su división. El aspecto de las tropas es admirable, y al concluir la ceremonia nos suelta un discurso banal, aunque enigmático en su conclusión: Esta jornada empezó con un desfile guerrero, y del mismo modo seguirá. Al regresar a los barracones discutimos sobre el significado de esas palabras, cuando se propaga el rumor de que la Grande Armée se dispone a salir el 17.

Los soldados estamos tan acostumbrados a los dimes y diretes, que regresamos a los brazos de las alemanas, tan amantes del militar francés; no obstante, se confirman las suposiciones: el coronel Pancrazzi, jefe de nuestro batallón, recibe órdenes de efectuar un gran desplazamiento antes de tres días.

Nadie conoce nuestro destino. La mayoría apuesta que vamos a vérnoslas con el imperio austriaco, otros sostienen que nos dispersarán por Francia ; en fin, cada cual desea ser un par de días más viejo para saber qué camino habrá de tomar.

El porvenir se aclara en la noche del 17 de termidor, cuando se forman cuatro regimientos que se añaden a los carros llegados por la tarde. Aunque no creyésemos que fuera cierto, nos mandan subir en esos coches, que nos llevan a seis leguas de Cracovia.

Al día siguiente otros vehículos nos trasladan a un lugar más lejano, e igual toda la semana. Esta forma de viajar, al principio novedosa, termina fatigándonos; así añoramos las marchas en fila india y mochila al hombro.

Al fin se nos hace evidente que regresamos a Francia, lo cual lamentan los que acaban de dejar a las dulces y tiernas silesias, que fácilmente rinden honores a los soldados de la Victoria.

El 1 de Vendimiario el 6 ligero y el 69 alcanzan Montbéliard ; difícil me sería describir el placer de los soldados al encontrarse con nuestras sugestivas francesas; a su lado las alemanas nos parecerían mujeres ordinarias sino estuviéramos tan cansados – algunos caminaban apoyándose en los fusiles -, y no pudimos agasajarlas como deseaban, lo cual provocó más de un malentendido. Descansamos unos días, aprovechando que aún no se habían recibido consignas del ministerio de la guerra.

Al fin, el nueve de Vendimiario llega la hoja de ruta; los más clarividentes ya habían adivinado que nuestro destino era España, y cuando se apagan los tambores, sin pedir más detalles, se ponen a vociferar : ¡ Madrid será nuestro!

Ahora ya sabéis cuál es nuestro destino, nos dice el comandante del batallón; las órdenes son las órdenes, muchachos. No habrá descanso hasta no estar en España. Salimos esta noche a las dos, y mientras tanto traten de dormir. Nos vamos a divertir mucho.

La verdad es que a los soldados no les importaba adónde fuéramos; sólo si había vino. Así conciben la geografía de la tierra. Para ellos el mundo está dividido en dos partes, la zona feliz en la que crece la viña, y la detestable que carece de esa planta. Por eso nuestra misión les cautiva: Napoleón está dispuesto a golpear a España, y su riqueza vinícola será nuestro botín. Con su precisión y rapidez habituales, el Emperador dicta ordenanzas para el arreglo de la marcha: consigue los refuerzos del primer cuerpo con Víctor, del quinto con Portier, y del sexto con Marchal. Dispone la ordenación de los transportes, y que la infantería viaje en los coches de correo para ahorrar calzado y energías.

Atravesamos Francia como si se tratara de un país enemigo. Si en Alemania los soldados de la Grande Armée maltratan a los campesinos que los alojan, y puesto que es la norma en los otros países ¿ por qué no lo van a seguir haciendo en Francia ? Y mucho me temo que no vayan a cambiar en España.

Vadeamos el Sena en París, el Loira en Saumur, y el Garona en Burdeos, donde por primera vez descansamos unos días. Al reanudar la marcha vemos de tanto en cuando pastores vestidos con pieles de cordero, apoyados en garrochas, y que subidos en zancos de seis o siete pies de alto caminan sobre tierras pantanosas. La escolta del Emperador no puede seguirlos por aquellas landas, y se forma un cuerpo de guardia con esos campesinos de largas piernas, más veloces que los caballos.

Así llega el regimiento a Bayona el 30 de ventoso, instalándose cerca de la puerta de España. El 6° ligero planta sus reales en la ciudad, y el otro en los suburbios. El Emperador pasa revista el 1° de Pluvioso a los del 69, felicitando a los soldados por su valor: ¡Os tocó un número muy sugestivo; habréis de enseñarlo a los españoles! Y venga a reírle la gracia.

Coge una galleta de la mochila de un tirador, la masca con avidez y al rato llega un mameluco con un pastel y dos botellas de Burdeos para el soldado, recompensa de su gran jefe.

El once de pluvioso asistimos a un desfile, rematado por una perorata: ¡ Soldados, habéis triunfado en los bordes del Danubio y del Vístula, llevad ahora nuestras águilas victoriosas hasta las columnas de Hércules ! ¡ Habéis sobrepasado la fama de los ejércitos modernos, pero os falta igualar a los de Roma, que en una misma campaña vencieron en el Tajo, en el Eufrates, en Iliria y en el Rin!

Nadie duda de que con tan gloriosas referencias nuestros soldados aplasten a los españoles : bastaría con pasear hasta Madrid para someter y organizar el país a nuestra guisa.

Como el Pirineo es infranqueable salvo en el este y en el oeste, Napoleón ordena al ministro de la guerra que acumule los abastecimientos en Perpiñán y Bayona. También se ocupa de que los soldados disfruten de reposo en las etapas. Exige que seamos bien acogidos en los pueblos y reparte consignas para que se organicen fiestas, con dos francos por soldado. No pierde un detalle : Diga que se compongan tres canciones diferentes para que no escuchen siempre la misma…

Un ejército pletórico se dirige hacia el Pirineo con unidades procedentes de Holanda, Italia, Alemania y Francia. Entramos en España con tres batallones; en Bayona permanecen los mandos del cuarto para instruir a los reclutas.

Las guerras anteriores nos habían acostumbrado a considerar únicamente las fuerzas militares, sin tener en cuenta el espíritu de los ciudadanos. Por primera vez me era posible comparar dos guerras diferentes; una, con tropas regulares que poco se interesan por el objetivo que persiguen, y la de resistencia, que opone una nación a los ejércitos invasores.

En Alemania sólo tuvimos que pelear contra el gobierno y sus ejércitos, instituciones inexistentes en la península española; dicho de otro modo, no vamos a luchar contra regimientos, sino contra un pueblo. Los españoles se nos enfrentarán con tanta más saña cuanto que ya se imaginan en un estado dependiente de París y sometido a nuestro Imperio.

En Silesia, el clero tenía poca influencia en la gente; la reforma aniquiló la potencia que los curas conservan en los países católicos; en España la Iglesia dispone de la única milicia ejecutiva, y el rey reprime los tumultos populares con la ayuda de los ministros del culto y la exhibición de los hábitos eclesiásticos. Los frailes nos odian, pues bien saben que aboliremos sus privilegios y los desplumaremos del poder temporal. Utilizan su ascendencia en la mayor parte del pueblo, y encontraremos tantos enemigos como habitantes pueblan el país.

Los ilustrados podrían influir en la opinión y poner sus luces al servicio del progreso, mas no se les solicita para que desempeñen cargos públicos.

Nadie recapacita en los obstáculos con los que vamos topar en un país tan diferente al nuestro. Creíamos que se trataría de una expedición fácil, corta : si habíamos vencido a Alemania, nada ni nadie nos podría resistir.

La península ibérica cuenta en los cuatro puntos con sistemas montañosos, que forman un promontorio entre los mares que la bañan. Varias provincias ( León, la Mancha y las dos Castillas) se sitúan en la meseta. Otras cadenas coronan este núcleo y elevan al cielo picachos cuyos mantos no logra fundir un verano de seis meses.

Los ríos del norte de Europa llegan a sus desembocaduras tras largos calderones en lagos y cenagales; los de España se precipitan por cauces vertiginosos, formando barreras infranqueables. Resulta imposible recorrer veinte leguas sin pegar con uno o varios desfiladeros, como las Termópilas o las Horcas caudinas, donde basta con un centenar de hombres para inmovilizar a ejércitos muy superiores.

Cualquiera comprendería, mas no nuestros avispados estrategas, que tal país se presta a la guerra defensiva y con dificultad puede ser conquistado. Varios pueblos lo intentaron, siendo al fin fueron vencidos y expulsados gracias a la tenacidad de los nativos.

Este espíritu de resistencia perdura, ahora que Napoleón, tras haberlos humillado, trata de someterlos por las armas. Gran parte de los habitantes, sin diferencia de sexo ni de edad, persevera en la creación de guerrillas para proteger el territorio y cooperar en la causa común: mujeres, campesinos, padres de familia, monjes y curas abandonan sus hogares y conventos para engrosar las huestes que habremos de afrontar.

En un pueblo situado a unas tres leguas de Pamplona me encuentro con un guerrillero al que pregunto dónde vive y a qué oficial sirve: Señor, no tengo hogar, ni parientes, nada excepto mi país y mi espada. Se llevaron a mi padre y lo fusilaron en la plaza del pueblo donde nací. Quemaron nuestra casa en el campo. Mi madre murió de pena, y mi esposa, que había sido violada por ustedes, pudo huir para reunirse conmigo, por entonces voluntario a las órdenes de Palafox[2]. Murió en mis brazos en un hospital de Zaragoza. No sirvió bajo ningún oficial en concreto: me siento demasiado vengativo para soportar el freno de la disciplina y la espera de maniobras. Y juré no volver a trabajar una viña ni arar un campo hasta que no hayáis muerto todos en España.


[1] 7 juillet 1807 Le premier traité de Tilsit (petite ville de Prusse orientale devenue aujourd’hui Sovietsk en Russie) a été signé en secret par le tsar Alexandre Ier et l’empereur Napoléon Ier.
Le 25 juin 1807, les deux souverains se sont rencontrés pour la première fois à proximité, sur un bateau au milieu du Niémen. Alexandre Ier, venant d’être battu à Friedland le 14 juin 1807, souhaite gagner du temps dans la guerre contre les Français. De son côté, Napoléon, au sommet de sa gloire, espère en finir avec la résistance du Royaume-Uni en associant la Russie au blocus continental destiné à ruiner l’économie britannique. Avec le traité du 7 juillet, c’est la fin de la quatrième coalition européenne contre la France.

[2]Général espagnol (Saragosse, 1780- Madrid, 1847. Il souleva l’Aragon contre les Français (1808) et s’illustra par son héroïque défense de Saragosse en 1809.

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