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Muerte de Cristóbal Serra.

13 octubre, 2012

Este verano fui a Mallorca dispuesto a compartir almuerzos y charlas con el insigne Cristóbal Serra, escritor por el que tengo tanta devoción que hasta lo pongo a la par de Álvaro Cunqueiro. A los tres días de mi llegada me dicen que ha sufrido una caída, peligrosa a su edad. Semanas después debo conformarme con su voz, clara a través del hilo, animosa como siempre, pero que rehuye todo encuentro. Uno de mis mayores placeres en mis vacaciones mallorquinas – sol y pereza -, era siempre la lectura de su último libro, y luego el contraste de pareceres.

Hace unos diez años nos unieron inmediatamente sus saberes y lecturas esotéricas y mi libro sobre Prisciliano, del que me descubrió prolongaciones insospechadas. Como Unamuno, rechazaba la presencia de Santiago en la cripta, y con una sonrisa irónica decía, volterianamente, que los restos allí encerrados son de burros, animales por los que sentía gran devoción:

-Gracias a ellos me he sentido menos solo en una sociedad como la mallorquina, reacia a toda acción colectiva que no tenga fin utilitario. A nadie se le escapa que el asno ha sido más vitupuerado que alabado. Pues, bien, mis alabanzas no son pocas, y el vituperio, nulo. Mis buceos en la ciencia asnológica me llevaron a confirmar que el asno ha sido involucrado con el problema del mal, con la esencia trágica de la creación y con el enigma de la materia. Yo creo, como buen asnomaníaco, que los gnósticos se mostraron lógicos reivindicando –indirectamente- al asno. Para los ellos, Yahvé era el imperfecto demiurgo al que llamaban Jaldabaot. Tachado de ignorante, lo representaban con cabeza de asno. Mis investigaciones personales dieron por resultado que los paganos cristianos llamaban “asinaios” por mofa, al verlos adorar una cabeza de asno. Descubrí que era difícil desligar al cristiano del asno, dada la procedencia judía de los primeros cristianos, pues estaba claro que los judíos adoraban al asno, con el que restaban en deuda desde el día que les descubrió el agua en el desierto (Tácito dixit).”

Para hacer méritos anadí: “No por casualidad Jesucristo entró en Jerusalén en burro, cuando podía haberlo hecho en andas o en papamóvil, que la cronología no existe en el reino del Señor. Y sepa usted que en el maletero del coche llevo la pegatina de un burro balear.”

Mis palabras lo llenaron de júbilo, e ipso facto me nombró miembro de la Cátedra de Asnología que acababa de crear. En los encuentros de este verano yo pensaba ofrecerle la presidencia de una asociación de priscilianistas que pienso anunciar pronto.

Descubierto por Octavio Paz, Serra nunca quiso abandonar su isla ni la lengua castellana, a la que consideraba superior a su obra. Siempre sencillo, discreto y transparente, falleció el 6 de agosto a los 89 años. Así es  la muerte.

 

Ramón Chao. Monde diplomatique, octubre 2012.

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