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Llega el Emperador

30 octubre, 2012
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Les ofrecemos un nuevo capitulo del libro de Ramón Chao, Memorias apócrifas de un oficial francés en España. Hoy, la llegada del Emperador.

Abrumado por el alzamiento de su nuevo reino, José me pone a las órdenes de Léopold Hugo. Este general ya había participado en la destrucción del castillo, del puente, y de los campaniles de la catedral de Burgos, aunque su principal hazaña consistió en enviar los Goya, Velázquez y Murillo al museo del Louvre. Padre de tres hijos, Abel, Eugène y Víctor[1]. Este era el hombre de confianza del rey, quien le encarga la misión de preparar la estancia del Emperador en España.

Inquieto por el cariz que tomaban los conflictos y por las fantasías imprevisibles de su hermano, Napoleón asume el mando de los ejércitos : Tengo que dar cuerda a la máquina, dice, y se presenta con doscientos mil hombres y dos objetivos: aplastar a las guerrillas y expulsar a los ingleses de Portugal. El general Hugo le tenía preparado el palacio de Vitoria. Como el Emperador era muy caprichoso, cuando ya iba camino de Burgos dijo que prefería alojarse cerca de esta ciudad.

El día en que debía llegar, no habiendo encontrado nada digno de tan alto personaje, el rey me envía a su encuentro con una misiva que me obliga a repasar varias veces para que, en caso de que apareciera por la noche y no se pudiese leer, se la recitase de memoria. El servicio de correos militares es muy deficiente. Durante las guerras de la Revolución en Francia, los generales disponían de repartidores pagados por el Estado; el Emperador consideró que los funcionarios eran incapaces de dar explicación alguna sobre lo que aportaban y decidió reformar el servicio : las ordenanzas habrían de ser distribuidas por los oficiales.

Salgo con el mensaje y algunas instrucciones, cuando me encuentro con un grupo a caballo y sin escolta.

– ¡ Todos a sus puestos! – grita de improviso una voz.

Se produce un movimiento de agitación y regocijo, como si algo solemne se esperara. Por todas partes se oyen voces de mando y a la izquierda surgen unos jinetes al trote, bien vestidos y montados en majestuosos caballos.

Pasa la escolta con un enorme ruido. En el medio reconozco al Emperador por su parecido con su hermano : aunque participé en todas las campañas desde 1788, nunca lo había visto ; tanto tiempo batallando y en tantos lugares, que pueden pasar veinte años sin apercibirlo. Fingiendo deseos de pasar revista a sus tropas y reconocer el campo de batalla, cabalga con un lucido séquito de mariscales. La sencillez del uniforme lo distingue de los oficiales que lo rodean. Me sorprende que monte un caballo tordo, cuando los otros son de una esbeltez prodigiosa. A cada oficial le ofrece un saludo, como diciéndole : Cuento contigo. Franceses y españoles se agrupan en su torno: los primeros ven en él la única salvación para sus ejércitos, mientras que los otros tratan de adivinar en su mirada el destino de su desventurada patria.

Cierra la comitiva su ayudante de cámara Constant, a quien yo había conocido en Montepellier.

– ¿Cómo es posible, Constant, que el Emperador vaya montado en ese penco?

– Poco sabes de equitación, amigo: basta con verlo para reparar en que no es buen jinete : pequeño, barrigudo y piernicorto. Por eso le buscamos caballos a su medida. Además, los adiestran para que soporten toda clase de molestias, con latigazos en la cabeza, estallando cohetes a su alrededor, y obligándoles a caminar entre cerdos y ovejas. Un caballo veloz y ligero nos los echaría por tierra al segundo trote. Aún así ya se cayó varias veces.

Muy desencantado me dirijo hacia el Emperador:

Majestad, le digo, acercándome con respeto. Le traigo una carta del rey.

Me temo que no haya luz suficiente para leerla.

– En ese caso, si Su Majestad me permite, le puedo comunicar el contenido.

– ¿Acaso la leyó? Entonces es que el rey confía en usted. Veremos si yo también. Dígame de qué se trata.

-Resumiendo, Su Majestad me encarga que le recuerde que Henri IV disponía de un partido; que Felipe V tuvo que combatir contra un sólo enemigo, mientras que él ha de vérselas con una nación de doce millones de habitantes … ; que gentes en apariencia fieles lo traicionan ; que su Majestad está equivocada y su gloria perecerá en España… ; que vuestro sepulcro señalará su impotencia, pues nadie pondrá en duda la buena voluntad de José. Sin embargo, le hace saber que con sesenta mil hombres aguerridos y cincuenta millones de francos antes de tres meses, puede restablecer la situación. Afirma que la destitución de cinco o seis generales incapaces, el envío de gente honorable como Jourdan y Maurice Mathieu, confianza en el rey José y severidad absoluta con los oficiales felones, puede salvar a este país y al ejército imperial.

-¿Y cómo ve usted la situación?

– No presagio un futuro halagüeño. La mínima cosa toma largo tiempo. Somos capaces de vencer al enemigo, mas no de someterlo tras la victoria. ¡Esta maldita península es tan grande y tan montañosa ! Varias regiones que habíamos ocupado se alzaron en cuanto nos fuimos. Incluso las que controlamos hoy están rodeadas de bandas armadas poco numerosas para atacarnos, mas suficientes para hostigar a nuestros correos y ordenanzas, así como a los convoyes mal escoltados.

-Comandante, ha sido usted cruelmente sincero. Se ha ganado mi estima.

– No hice sino repetir las palabras del rey; y le pregunto si he de esperar una respuesta.
-¡ Eso lo veré esta noche!

– ¿ Vuestra Majestad me autoriza a retirarme? ; digo, ya molesto por tanta impertinencia

Aguijoneo al caballo y me junto con el general Bertrand. Seguimos uno al lado del otro hasta Miranda ; después, a una legua de Vitoria llegamos hasta José. Le comunico el informe y sigo hacia el campamento.


[1] Se trata de Victor Hugo, el célebre escritor.

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