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Memorias de un invasor: Surgen las guerrilas.

2 noviembre, 2012

En la noche del 7 de pluvioso nos ponemos en marcha bajo el mando del Emperador con destino a Burgos, donde se encuentra el centro de las fuerzas enemigas; de allí seguiremos a Navarra y Aragón, para impedir que los españoles se concentren en torno a Zaragoza.

Los soldados avanzan como paquidermos, destruyendo lo que encuentran a su paso. Muchos de ellos, amantes del arte, consideran contrarias a sus concepciones estéticas los monumentos medievales; por poco que un edificio obstaculice las marchas, lo derriban sin vacilar. De haber fusilado a algunos de nuestros amantes de las bellas artes, la guerra no se habría convertido en una cuestión nacional. Estos atropellos aumentan el odio que nos profesan los españoles y facilitan la lucha que organiza el clero. La situación, ya insegura para nosotros, empieza a ser comprometida.

El 11 llegamos a Tolosa, ciudad agraciada en valle fértil y entre altas montañas. Algunos habitantes quedan, para que podamos sustraerles víveres. Acompaño al encargado de nuestra instalación, y en unos instantes resolvemos que los oficiales se alberguen diez por diez en las mejores mansiones, menos limpias que las caballerizas en Francia. A la tropa la embutimos en un convento evacuado por los monjes que se fueron al maquis.

Los días siguientes pasamos por pueblitos deliciosos, como Soria, al que accedemos por un puente circular de altura espeluznante ; tres días después alcanzamos Aranda, recién saqueada por los hombres del Empecinado[1]. Fuimos a perseguirlos y logramos coger a ocho, que ahorcamos en los árboles de la carretera como represalia a lo que ellos hicieran con otros tantos de los nuestros.

El resto de la guerrilla huyó sin armas ni municiones, según su táctica habitual : campesinos, pastores o contrabandistas carecen de talento para manejar artefactos modernos; han de limitarse al uso de armas blancas, lo que se corresponde con el carácter que se atribuye a los españoles. Si los cabecillas autorizan a despojar a sus adversarios, no es para desfogar los instintos más bajos, sino para recuperar armas y uniformes, mejorando así el pelaje de la banda. Un guerrillero se apropia de un jamelgo con la intención de izarse al envidiable rango de caballero. En los grupos mejor equipados, el fusil sustituye al trabuco, al puñal y al cuchillo. A medida que las bandas mejoran su armamento, consiguen un estatuto superior.

Quiero destacar un sistema propio de Navarra. Los buenos andarines, llamados también verederos, resultan más rápidos que los caballos, de modo que los utilizan de mensajeros pagándoles según el número de leguas que recorren. Los confidentes – mejor remunerados que los anteriores – indican nuestros movimientos. El prior del poblacho de Ujué dirige un cuartel donde se centralizan las informaciones. Dispone de agentes en Aragón, Bayona e incluso en Paris. Resumiendo, no hemos de vencer fortalezas ni ejércitos, sino el alma de un pueblo, reducto inalcanzable con bayonetas o mosquetones.

Las guerrillas alcanzaron su máximo desarrollo con Mina, cuyas bandas fueron aceptadas oficialmente por las Juntas. Antes, miles de los nuestros habían muerto a manos de ladrones y delincuentes, asesinos instintivos, como lobas que muerden a unos perros rabiosos. Ahora ellos nos matan con toda legalidad.

Los Mina son dos, sobrino y tío. Javier, seminarista en Pamplona, tenía dieciocho años cuando se puso a la cabeza de veinte hombres. Varias fechorías prometedoras llaman la atención al gobernador de Lérida, que le facilita armas, municiones y refuerzos. Evita los choques arriesgados, y nunca ataca si no está seguro de vencer. Su dominio en la región es tal que el gobernador de Navarra negocia con él como con un general para conseguir un intercambio de prisioneros, e incluso acepta que algunos de sus hombres se instalen de parlamentarios en Pamplona.

Tal vez el sobrino fue el primero en comprender la importancia de esta terrible arma que nos aniquilaba, sin miramientos por las reglas del arte militar. A él corresponde la gloria de haber hecho los primeros intentos de regular ese método de guerra.

Ante la actividad de Mina, Napoleón ordena al general Harispe -navarro también, al servicio de Francia-, que termine con el voluntariado de Navarra. Mina se entera, le sorprende y nos afronta en la carretera de Tudela, ocasionando numerosos muertos y unos 140 prisioneros. Nos ataca en Monreal, se vuelve hacia Tafalla donde sorprende a la guarnición, aprisiona a nuestro comandante, y obtiene gran cantidad de víveres y pertrechos.

Nuestro gobierno teme que Mina dificulte el avance del tercer cuerpo. De modo que otorga a Soult plenos poderes para actuar rápidamente en Navarra, suprima al guerrillero y sanee la provincia.

Soult me nombra al frente del 114 regimiento. En los primeros días de Frimario nos dirigimos a Cincovillas, a sabiendas de que Mina ocupa Sangüesa; pido entonces el refuerzo de cuatrocientos soldados polacos y una columna de ochocientos hombres instalados en Pamplona. Antes de juntarnos con los polacos, Mina se escabulle de Sangüesa, y en campo abierto emprende una marcha al frente de mil hombres de infantería y doscientos caballos con los que se presenta en Tafalla. La guarnición resiste toda la noche, y en la madrugada logra controlar un nudo de comunicaciones que nos es vital. Semejante intrepidez nos obliga a desplegar más efectivos. Aprovechando la llegada del general Loison y sus hombres, Harispe inicia una batida con artillería ligera a lomo de burros, aculando en las montañas a Mina y su banda. Ni forma de echarle mano : los alcaldes lo avisan de nuestra llegada cuando les pedimos que preparen víveres para la tropa; él otorga pasaportes a los comerciantes y les obliga a pagar impuestos con los que remunera a soldados y chivatos. Cuando descubre que un español actúa de espía para nosotros, ordena que le corten una oreja y le graben en el rostro con hierros candentes : ¡Viva Mina!.

Exige austeridad monacal, y que a nadie se le ocurra cortejar a las mujeres. Él es el primero en observar continencia : si no llegó a cura poco le faltó. Le resultaría fácil reunir veinte mil hombres bajo su mando, mas prefiere cuatro mil a lo sumo, número suficiente para acciones rápidas y eficaces. Lleva siempre a un niño de adelantado para no levantar sospechas, y de modo semejante utiliza a mujeres y ancianos.

Nos han impuesto la misión de perseguir a los hombres de Mina, y temo que sea en balde. Calculando que a la luz del sol no podremos dar con la banda, el general Foy ordena que caminemos sólo al caer las noches; tarea difícil, sobre todo las primeras semanas : carecemos de guías, nos perdemos a menudo por estas tierras montañosas; la oscuridad nos obliga a encender teas como en las procesiones de Corpus Cristi, con lo cual nos descubrimos al enemigo, y en cuanto llegamos desaparecen. Mina va de aldea en aldea disfrazado de campesino. Incluso asiste en Olite, vestido de cura, a un desfile presidido por el general Suchet. Al fin después cae herido en nuestras manos.

Tras la captura de su comandante y sobrino, Francisco Espoz y Mina se erige en cabecilla, demostrando mayores dotes que él para el caudillaje y la estrategia. Un decreto de la Junta[2] reconoce su autoridad, y entre bromas y veras le llamamos el rey de Navarra porque allí manda pese a nuestra presencia y a que ocupemos todas las fortalezas.

Con rudeza y considerable perspectiva maniobrera, nos vence en varias batallas campales, a la vez que se afirma su carácter: no se detiene ante nada con tal de eliminarnos y alcanzar la unión del movimiento; al tiempos que se esfuerza en no vivir a expensas de los campesinos. Merced a errores de nuestras fuerzas, crece el número de alistados en sus filas. Logra su triunfo más notable el 25 de germinal en el Puerto de Arlabán: un gran convoy francés que acababa de abandonar Vitoria con destino a Francia, se pone en camino a través de un paso atacado por sus hombres. La batalla comienza entre las cinco y las seis de la mañana ; la gente de Espoz y Mina arremete con tanta destreza, que dos o tres descargas llevan a nuestro ejército al desastre: la muerte de trescientos soldados, la captura de ochocientos más y la puesta en libertad de unos setecientos prisioneros españoles que se habían pertrechado allí mismo. En el botín también se incluían sus mosquetones y más de cuatro millones de reales.

Don Juan Martín, el Empecinado, hace honor a su alias. Después del asesinato de varios familiares juró que no cesaría de vengarse mientras que en España quedase un francés vivo. Al frente de su banda ya nos ha inflingido pérdidas más importantes que nosotros a ellos en las batallas más encarnizadas.

Un español llamado Rigo, que al principio había luchado al lado de la guerrilla mudó de bando y se fue a Madrid, consiguiendo un cargo importante de chivato en la corte de José. El Empecinado decidió ajusticiarlo. Supo que Rigo iba a celebrar su boda en una casa cerca de Madrid. Con la fiesta comenzada, se presenta con sus hombres y exige que le entreguen al novio. Se lo llevan escoltado hasta Cádiz, donde lo decapitan, y los invitados se quedan vivos y sin fiesta.

Lo mismo que al novio de marras pudo haberle sucedido al rey: ofrecía una cena, al gobernador de Madrid en la Alameda, cuando irrumpe el Empecinado. Esta vez el rey pudo huir a la capital. Y poco después, el 27 de Vendimiario, José se encontraba en Guadalajara, camino de Sigüenza. El Empecinado y sus huestes se habían escondido en Cogolludo, obligando al séquito a correr a Madrid bajo la guardia de una compañía. Lo persiguieron hasta las puertas de la capital, y la gente del Empecinado mató a más de cuarenta guardias reales en Molar y en Torrejón.

¿Quién hubiera pensado entonces que un guerrillero tan temible perecería un día a manos de sus propios compatriotas ? Durante el tiempo de su detención, los monjes lo expusieron en Roa en una pequeña jaula de hierro, para que lo humillara el populacho. Así lo llevaban por los mercados de pueblo en pueblo. Los chiquillos le escupían en la cara; las mujeres le echaban agua hervida y los curas le cantaban un Te Deum. De todo me enteré en Aranda, por boca de gente que se gloriaba de haber participado en esta ignominia.

Bien conocido es el trágico final del Empecinado: entregado a los absolutistas tras la restauración, luchó en el cadalso contra sus verdugos que hubieron de rematarlo a bayonetazos ante la imposibilidad de ahorcarlo. Toda Europa se conmovió por los detalles siniestros de su muerte. Otro jefe de banda es el Fraile, ejemplo extremo de la ambigüedad de las guerrillas: había sido monje en un convento de Salamanca, tan gordo que no podía desplazarse en coche, y hubieron de buscarle un caballo bien robusto. Asaltaba a los ricos para comprar los servicios de bandidos y criminales, formando así una partida de mercenarios. Sus mismas huestes se sublevaron, sometiéndolo a un juicio, previa tortura, en el que confesó que merecía la muerte por haber iniciado lúbricamente a varias novicias del convento. Lo colgaron en un árbol; tanto era peso que rompió la cuerda y lo tuvieron que rematar de un arcabuzazo.

Por la acción de los guerrilleros tuvimos más bajas que en los campos de batalla.

Sus actividades, sobre todo en Salamanca, estaban coordinadas con gran eficacia por los monjes: no se producían atentados cada día, sino cada hora

El gobierno español se apercibió pronto de que esa era la mejor forma de lucha. Por ello decide su reconocimiento oficial. El 17 de pluvioso de 1809, una ordenanza de la Juan Suprema legaliza anima, encuadra y legaliza a los franco tiradores : Desde este momento se autoriza a todos los españoles a poseer armas. Incluso las que estaban prohibidas. De esta forma podrán « atacar y desvalijar a los soldados franceses, individualmente o en grupos. Cada vez que puedan harán todo lo posible para dañarlos. Dichas acciones serán consideradas como servicios a la nación, y recompensadas en consecuencia. El botín que consigan les pertenecerá legítimamente. Se practicarán las reglas de los corsarios : Habrán de esforzarse en detener los convoyes de víveres y abastecimientos destinado a las tropas francesas, aunque fuere aniquilando a las escoltas. En especial se aconseja capturar a los correos, apoderarse de los mensajes; en fin se tomaba una medida solemne : Las viudas y los huérfanos de los combatientes muertos por la patria recibirán ayuda vitalicia del Estado.


[1]

11 Juan Martín Díez, (El Empecinado)  Castrillo de Duero, Valladolid, 1775Roa de Duero, Burgos, 1825). Personaje historique, célèbre par ses activités, en tant que guérillero, dans la Guerre de l’Indépendance espagnole.

[2] Nom donné en Espagne, au Portugal et en Amérique latine à divers conseils administratifs. Pendant la guerre de l’Indépendance d’Espagne, chaque province était dirigée par une Junta, en marge et en face de l’occupant français …. 

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