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Idas y vueltas

11 noviembre, 2012
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De “La Francesada”, novela inédita de Ramón Chao, les presentamos el capítulo dedicado a las  Idas y vueltas de Napoleón

El Emperador se planta en Benavente el 30 de nivoso. Mi regimiento le hace de escolta. No pasamos de Astorga y volvemos a Valladolid el 7 de enero: informado de que las hostilidades guerra están a punto de estallar en Alemania, nos abandona para regresar a Francia. Tal vez haya preferido dejar en manos de sus generales esta guerra en la que se encadenan las victorias sin lograr el triunfo final.

Antes de marchar reparte órdenes antojadizas y contradictorias, sin tener en cuenta las rivalidades en el entorno de José, cuyas peticiones en esa situación apurada resultan desmesuradas : se necesitarían cien mil cadalsos para mantenerse en el trono, decía. En fin, y nunca insistiré bastante, desconocía la naturaleza del país, el patriotismo fanático de sus habitantes y la tenacidad de las guerrillas.

Gozo de unos días de asueto en esta antigua capital, llena de arte y de grandes nombres, donde el plateresco fluye con exuberancia. Incluso la única belleza abandonada en el palacio de Carlos V es una ventana plateresca – donde el saturnino Felipe II respiró por primera vez -, y aunque el genio de Herrera iba a imponer otros cánones sobre la ciudad, algunas de las más suntuosas fachadas son del mismo estilo.

Pronto hemos de abandonar esta ciudad museo, porque las partidas sigan creciendo de forma anárquica y con apariencias legales, lo cual provoca desconfianza y animosidad en los poderes civiles.

Napoleón nos manda tomar disposiciones para contener la guerrilla y limitar sus excesos : se talan los árboles de la carretera de Vitoria a Irún; un decreto de Kellermann ordena que se aposten centinelas en las torres de los pueblos para que redoblen las campanas a la vista de guerrillas, y los correos van siempre acompañados por una escolta; sin embargo, este servicio es tan arriesgado, que según dicen en Bayona, sólo uno de cada seis llega a su destino. Algo conseguimos : cuando nuestros 2° et 3° batallones toman Lequeitio, trescientos cincuenta bandidos se echan a nuestros pies y se rinden sin condiciones, lo que anima a las autoridades centrales a prever la integración de los bandidos en el ejército regular. En el caso particular de Cataluña, las bandas de migueletes se inscriben en antiguos moldes que imponen homogeneidad y disciplina.

En Lequeitio me instalo en la casa de un burgués versado en literatura, autor de varios libros y de cuatro hijas no demasiado atractivas, cultas y delicadas, que hablan francés. La casa dispone de un jardín umbroso, donde me paso los días y las noches en compañía de Rosario. ¡Cuantas delicias descubrí en ella, tanto en lo referente a la sensualidad como en la plática, hasta el punto de que los quince días casi me parecieron dos semanas ! Aunque nunca antes había prometido nada, ahí no pude resistir. Debido al presagio de los desastres que nos acechaban, y a otras razones secretas invocadas por el señor Álvarez, desistimos de casarnos, aunque estábamos seguros de nuestra felicidad. La noche de la separación fue a la vez dulce y triste; nunca más volveríamos a vernos.

Cuando llegamos a Vergara se nos echa encima un destacamento nuestro en desbandada. Enfurecido, el general Foy les ordena regresar a Mondragón y permanecer en los reales, so pena de fusilarlos a todos. Para más seguridad me envía al frente de los tiradores del 69.

Inmediatamente nos lanzamos contra las guerrillas que ocupan el pueblito, y apenas damos los primeros disparos se esfuman en la naturaleza. Ignorábamos lo que estaba ocurriendo en Vitoria; no habíamos visto a nadie en la carretera, ni desertores ni correos; por eso la alegría que notamos en los habitantes nos hace sospechar que nos habían descalabrado.

Aquella noche, del 21 al 22 de floreal, supimos detalles de la catástrofe por unos desertores:

los ingleses habían salido de donde nadie se esperaba. Atacados por la retaguardia y sin órdenes precisas, los nuestros se metieron en un callejón sin salida. Dos divisiones del ejército portugués se batieron con heroísmo; las demás, tanto la infantería como la artillería pasaron un miedo atroz, huyendo en direcciones opuestas, de modo que los ingleses capturaron a cerca de mil hombres. Se puede atribuir este desastre a la testarudez del general Jourdan, quien desdeñando nuestras opiniones, persistió en una estrategia más que defectuosa en la utilización de la infantería.

Los soldados de este cuerpo han de ocuparse de los cañones y de las piezas pesadas . Son egoístas y fanfarrones. Abocados a empujar los ingenios hasta su muerte, se empeñan en terminar la guerra cuanto antes, discutiendo y a veces enfrentándose con los oficiales.

El general Jourdan no supo tratarlos con delicadeza y se le soliviantaron, con las consecuencias descritas.

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