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Salvador Dalí, Ávida Dollars.

7 diciembre, 2012

avida dollars 1954En 1951 tenía yo 16 años. Interno en un colegio de curas (el Apóstol Santiago de Madrid), practicaba la comunión diaria  (obligatoria) y con todos los alumnos del colegio asistía ( también a la fuerza)  a los actos  franquistas, por ejemplo la manifestación pro-Gibraltar o a la célebre conferencia de salvador Dalí ‘Picasso y yo’. Ante la presencia de un nutrido auditorio, Dalí la declamó en el teatro María Guerrero el 11 de  noviembre de aquel 1951.

El organizador fue Manuel Fraga, y el acto se enmarcaba dentro de la I Bienal Hispanoamericana de Arte. Lo cuenta Emilio Romero en su libro “Testigo de la Historia”: “Después de haberse retrasado cuarenta y cinco minutos, Salvador Dalí salió al escenario. Las ovaciones y los silbidos se mezclaron de manera horrísona. . Dalí esperaba el final de la tormenta con impavidez desafiadora. Cuando el público dio por terminado su caluroso recibimiento, se puso en pie como un autómata, puesto que el temporal lo había soportado sentado estoicamente. Sus primeras palabras fueron éstas: “Picasso es español; yo también. Picasso es un genio; yo, también. Picasso tendrá unos 72; yo unos 48 años. Picasso es conocido en todos los países del mundo; yo también. Picasso es comunista; yo, tampoco”. Aquí empezaron las primeras ovaciones.”Avida

Añade Romero que Dalí  buscaba los motivos del “comunismo” de Picasso, y los halló “en la devoción de éste por la miseria. Posiblemente, la representación más viva de la miseria es ese dibujo del propio Picasso que se encuentra en el Museo de Arte de Cataluña, en Barcelona. Es un hombre increíblemente harapiento, con restos de ropas que semejan una túnica corta, como si fuera un homenaje a la dignidad de la miseria”. Dalí contó la anécdota de aquel requerimiento que se hizo a Picasso para ir a América, “a través de un puente de oro”. Picasso admitió en seguida la posibilidad de dormir debajo del puente.

El 2 de abril de 1964, Franco concede a Dalí la Gran Cruz de Isabel la Católica. Cuando le preguntaron si la aceptaría, Dalí contestó: ¡Quiero dos!
Los últimos meses de su vida transcurrían en ser llevado de su cama a un butacón y del butacón a la cama. Eso sí: con música. Sólo con una: el himno nacional.

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