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Mi primera experiencia radiofónica: El escritor cubano Severo Sarduy

16 diciembre, 2012

SarduyCierto día de primavera de 1955 me dijeron en París que en el peródico “France-Soir” salía un anuncio de Radio Francia solicitando un colaborador para sus programas hacia España y América Latina. Me interesó mucho pues intuí que se trataba de lo que popularmente llamaban “Radio París”, emisora antifranquista que mi padre escuchaba a escondidas en el desván de la casa. A más de uno llevaron a la cárcel por ello. Querían a alguien que supiera español, francés y música. Con el francés no tenían problemas; suponían que en dos años de estancia en París ya podría haberlo aprendido, sobre todo después de frecuentar varios meses la Alianza francesa hasta que conseguí una finlandesa que lloraba cuando con una mano le tocaba la suite Karelia de Sibelius. 

Me presenté pues a una prueba. El tribunal, que solo sabía francés, dio por buenos mi castellano y portugués disfrazado de gallego que hablaba de oídas.  En cuando a la música, les toqué la cursilera El Lago de Como con la misma maestría  que desplegara ante Fraga Iribarne.

Estaba feliz. Por los estudios de grabación pasaban Alejandro Casona, Max Aub, Dolores Ibarruri, el padre Olaso y otros escritores, pintores y políticos que conocía por mi padre, hasta que un día llegó el cubano Severo Sarduy, muchacho de veintidós años muy saleroso y conocido en Cuba por sus relaciones con los gusanos.

Yo dirigía los programas.  Le indicaba al técnico cuando y a quien tenía que abrir y cerrar el micrófono, controlar la marcha del reloj para no quedarnos cortos ni pasarnos y medir la entrada de las frases orquestales que había seleccionado para subrayar las acciones del texto.
Al terminar, le pasaba una hoja de presencia a los participantes para que la rellenaran con sus datos personales y cobrasen cierta cantidad a los tantos días.
De pronto ví que Severo estaba escribiendo por donde no debía:
-No, Severo; has de poner tus datos por la parte delantera.
– ¡Ay, chico! Es porque tengo la costumbre de hacer las cosas por detrás…
Ahí comprendimos los gustos y actividades de Severo; aunque tal vez se tratara más que nada de una declaración de amor.
Días después coincidiemos ambos en la entrada del ascensor que subía al piso veinticuatro. Entramos y Severo me arrinconó en el fondo; luego apretó en todos los botones para que el ascensor se fuera parando en todos los pisos y se puso a tocarme por el cuerpo. A pesar de mis rechazos, insistía en abrirme bragueta.
– ¡No grites, chico, que vas a armar un escándalo!
Demasiado tarde. Todos se enteraron, pero hicieron la vista gorda.

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