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Confesiones infantiles

1 enero, 2013

Ramón10añoscortada copyDon Martín era un sacerdote joven, de los de nuevo cuño, que andaba en Vespa por Madrid a lo Gregory Peck en Vacaciones romanas. Acababa de ser nombrado director espiritual del colegio Apóstol Santiago de la calle Velázquez, esquina a Don Ramón de la Cruz.

Yo llevaba dos años de interno. Había llegado a los once y cursaba bachillerato en el colegio, y música (piano, armonía, historia de la música) en el Conservatorio de San Bernardo.

Llegó dispuesto a imponer pureza y religiosidad y misa diaria con la consecuente comunión a nuestro colegio, que hasta entonces se distinguía por su laicisismo.

Algunas de sus innovaciones fueron las pláticas nocturnas y los exámenes de conciencia. Desde el primer dia desplegó un sistema inquisitorial. Bastaba con que alguien se hubiera confesado con otro sacerdote (era muy celoso) o dejara de comulgar para que lo mirase fijamente y le lanzase pérfidas alusiones en su homilía. Y si al inculpado no se le diese nada, si adoptaba una actitud displicente, los ojos de don Martín se encendían, la voz le tremolaba, perdía completamente los estribos; del matiz rosado habitual sus mejillas pasaban al rojo flamígero, color que hacía resaltar la baba que se le iba juntando en las comisuras y cuyos espumarajos alcanzaban hasta la última fila; se daba puñetazos en el pecho y tras ellos con ambas manos se agarraba la sotana vociferando :¡¡¡Porque si Jesucristo no es Dios yo soy un mamarracho!!! Lo cual, primero, que no venía a cuento. Y luego, a nosotros ni nos iba ni nos venía ninguna de las dos eventualidades. Aunque, eso sí, quedábamos muy impresionados por la arenga que nos acababa de endilgar.

Debo decirte que por una sarta de motivos contradictorios, como eran parecerle piadoso a don Martín, conseguir su protección o redimir a todos los alumnos por la santa cólera que habíamos desatado en él, y más que nada porque era un lameculos, por la noche me ponía a fingir examen de conciencia arrodillado en el borde de la cama. A la mañana siguiente ya podía ir en fila india a la misa en las Jerónimas.

Allí empezaba mi calvario, por las voluptuosidades que sentía ante la Inmaculada Concepción del altar mayor. Era una talla del siglo XVIII. Los pliegues del manto azul se le plegaban a la Virgen en los muslos, dulces y moldeados, así como los pechos por la parte superior.

Mis sentimientos eran castos, mas con todo, sin llegar a los éxtasis de Santa Teresa, por supuesto, se me agitaba la respiración y me entraba un desasosiego en las tripas. Llegado el momento de comulgar no sabía cómo arreglármelas, pues de aquélla los acaloros se me notaban abultadamente debajo del pantalón. Ni pensar en acercarme así al comulgatorio; todo el mundo se daría cuenta y además ya me encontraba una vez más en pecado mortal por culpa de la Virgen. Y sin comulgar no podía quedar, so pena de que don Martín la tomara conmigo en la prédica.

La solución sería meterme en la fila con los demás, aunque no: mejor esperar un poco a ver si se me deshinchaba. Cuando habían comulgado todos, y ya estaba en el reclinatorio Ruiz Giménez, siempre el último, yo seguía igualito. Entonces, entre el riesgo de que se me notara la prominencia y que don Martín se enfadase conmigo, elijo lo primero y me dirijo, el último, al altar, previa colocación del miembro levantisco bien pegado al vientre y domado por el cinturón, estirando para abajo el jersey

lo más que podía.

Cierta vez estaba de monaguillo ayudando a misa. Ya estaba don Martín encaramado en el altar con el Introito ad altare Dei cotidiano; le había replicado yo un incomprensible Ad Deum qui laetitian juventuten mean cuando de repente me golpeó la imagen de la Juanilla extremeña (que se daba muy bien, decían) con los pechos desbordantes. Un retortijón me hizo comprender que la alegría de mi juventud sería llevarle las manos a las pudendas aquella misma mañana.

El temor al pecado lograba apartar los cenagosos pensamientos y quedaba en paz, pero vacío. Seguía pensando en la extremeña abierta, y yo ahogado entre sus jamonamientos y sudores, con todos los dramas que inevitablemente se producirían, qué vergüenza, un niño que parecía tan bueno, y después de comulgar, para colmo, dirían al acudir por los gritos de la chica, que a lo mejor no era tan fácil.

Deo gratias, me precipité en contestar al tiempo que don Martín proclamaba Ite misa est. Arrastrado por la carnada llego a los aseos y allí está la extremeña fregando el retrete, la cabeza metida en la taza; en su posición agachada le sobresalen las nalgas. ¡Ay Virgen santa si me pescan y se entera don Martín!

Me acerco despacio por no espantarla, se me suben las calores, le llevo las manos a los pechos, lo veo todo turbio y creo que se los toco por debajo de su bata azul endrino.

—Es que me gustas mucho, chica, se me ocurre tartamudear, lo menos que puedo hacer para justificar el asalto y además siempre me pareció necesario aplicar a estas perpetraciones un mínimo de afecto; la muchacha vuelve la cabeza y me mira desde el fondo del water con ojos inexpresivos que lucen entre el cabello semejante a la noche, enterrados en una masa de carne congestionada; resultan unos segundos de terror voluptuoso cuando meto la mano por debajo de la bata, de profundo amor, de completo desbordamiento.

Eso fue hacia las nueve de la manana. A las diez tenía clase en el conservatorio. Agarro las partituras y tiro Velázquez abajo, parándome diez minutos para confesarme en una iglesia de la calle Ayala. Me arrodillo en la capillita:

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida. ¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas, hijo?

—Me confesé y comulgué esta mañana, padre.

—¡Cómo! ¡Esta mañana y ya estás aquí otra vez! ¿Qué pecado has

cometido?

—Pequé con una mujer, padre.

—¡Con una mujer!  ¿De pensamiento, palabras u obra?

—De obra, padre.

—¿De obra? ¿y cuántos años tienes?

—Catorce años, padre.

—¿Y ya pecas de obra? ¿No te da vergüenza? ¿Cómo fue?

—Le toqué…

—¿Qué le tocaste, dime?

—Le toqué los pechos, los muslos…

—¿Y qué más?

—Nada padre, nada más. — (¿Y qué más le podría haber tocado?)

El cura junta su mejilla sudorosa con la mía.

—¡De modo que recibes al señor a las ocho, y media hora después ya estás pecando contra la carne! ¿No te da vergüenza?

Vergüenza no me daba, ni tampoco me atarazaban los remordimientos; necesitaba la absolución para quedarme tranquilo, pensando que con ese perdón me evitaría el escándalo en el colegio. Y en cuanto a pecar contra la carne, yo hubiera dicho que había pecado con ella, pero no había venido a contradecirle.

—Nomereces la misericordia. Debes prometerme que no volverás a las andadas.

Se lo prometo con toda sinceridad;  ¡pero que más quisiera yo, si nunca hubo forma de curarme!

—Tú eres del Colegio Apóstol Santiago ¿verdad? Dime con quién

pecaste…

Resistí un poco, pues nunca fui amigo de delatar a la gente; además si lo hacía podíamos quedarnos sin la extremeña.

—Dímelo, o no te doy la absolución.

¡Que se meta en el culo la absolución! Hace ya unos seis años que estoy en pecado mortal y condenado y no me va a asustar con eso.

—No sé cómo se llama, padre.

—¿Cómo no lo vas a saber, mentiroso? Se lo diré al director.

Tampoco es eso lo que me decide, sino la repugnancia que me causan sus mejillas en las mías.

—Es una criada, padre.

—¿Cómo se llama?

—No lo sé, de verdad. Le llamamos la extremeña.

—De penitencia te vas a poner el cilicio. ¿Tienes un cilicio?

—Sí, padre; lo llevo puesto.

—De modo que llevas un cilicio…

El cura abre la puertecilla del confesonario, me atrae hacia él, me pasa la mano por debajo de la pernera.

—Lo tienes bastante flojo, majete; y en el otro muslo, ¿llevas también un cilicio?

—No padre, en la otra pierna no llevo.

Sigue avanzando la mano callosa muslo arriba.

—Está muy flojo, pillín, tienes que apretarlo un poco más. Y más alto.

Sube la mano. Gira la cara para besarme. Rompo a correr por la iglesia desierta arrancándole sus delicias de una mano, suspensa la absolución en la otra y en el reclinatorio quedan los ejercicios de armonía que nunca me atreveré a volver a buscar.

Esta escena se habrá repetido unas trescientas veces en cuatro años con sus altibajos, porque cuando el dura se levantaba catarroso de la siesta aún era peor; no paraba de toser, llenando de flemas y mucosidades las hojas pautadas que de asco que me daba me apresuraba a arrojar por la alcantarilla de la calle Sagasta en cuanto salía de la iglesia.

De modo que me encontraba con dos frentes, a cada cual más peliagudo, que habría de encarar con calma y paciencia. El otro se agravaba cuando don Martín me llevaba al cine los domingos al cine. Mis amigos iban con el inspector al Alcántara o al Velázquez a ver El último mohicano o Murieron con las botas puestas, y a mí me invitaba él, delante de todos, pues debía creer que me hacía un gran favor exhibiendo su favoritismo cuando en realidad me cubría de oprobio, a cines de la Gran Vía, donde estrenaban películas como Balarrasa y La Canción de Bernardette.

Durante la proyección se portaba correcto. Yo, con discreción empiezo por acurrucarme en la parte derecha de la butaca dejando vacía la de su lado, no le vaya a entrar la tentación de cogerme la mano o de acariciarme los muslos como el cura de Ayala. Pero temo que le ofenda mi desconfianza y me enderezo en el asiento, pase lo que Dios quiera y ya veremos cómo me salgo de este mal trago. Después de la sesión me lleva a merendar tortitas con nata en la Granja Callao para charlar, dice. Hablar con alguien a quien deseas es en sí un acto erótico, por lo cual resulta insufrible que una persona te fuerce y la veas gozando delante de ti, silencioso. El cura comenta la película — ¡qué simpático estaba Fernando Fernán Gómez cuando no acertaba a meter el churro en la taza de chocolate! (esto era en Balarrasa) o después del estreno de La Señora de Fátima en el Avenida, don Martín venga a machacar — ¡qué maravilloso Eugenio Domingo en su fervoroso cometido! (quería decir en el papel de aldeano al que se le aparece la Virgen); yo no me atrevo confesarle que había quedado platónicamente enamorado de María Dulce, la vidente, y le contesto con sonrisitas hipócritas. —¿Por qué no dices nada? ¿No te gustó? —Sí, don Martín, me gustó mucho.

De todo, lo más desazonador era la vuelta al colegio, de noche y los dos sentados en los asientos traseros de un taxi, igual que dos novios formales de aquella época; como los que salían todos los domingos durante años sin tocarse ni un pelo. Si tuviera lo que hay que tener lo mandaría a la mierda para siempre, pero no, me gustaba que me protegiera.

Pese a todo sentía una incomodidad indefinible; me parecía un abuso de autoridad que me impusiera sus sentimientos de esta forma. Como cuando estaba estudiando piano, en un aula reservada para mí. Tocaba las piezas de mi repertorio y sentía que se abría la puerta sigilosa, y alguien ¿quién iba a ser? se sentaba y premanecía horas embelesado. Cuando llegaba a la imposibilidad de seguir ignorándolo sin que acertara a pensar que me burlaba de él (porque todo hay que decirlo, temía contrariarlo; al fin de cuentas yo no era tan inocente, que la carencia de su amor me perturbaba porque con él perdía su protección), entonces, muy bien estudiado, amago un gesto de cansancio y me levanto del piano para coger las Escenas infantiles de Schumann.

Me hago el sorprendido como si acabara de descubrirlo; con una sonrisa que es a la vez forzada y sincera porque quiero recuperar el terreno perdido le digo ¿lleva mucho tiempo aquí, padre?

—No te preocupes por mí; sigue estudiando como si yo no estuviera. Es lo peor que me puede decir pues me coloca en la disyuntiva siguiente: pasar la tarde haciendo ejercicios por no procurarle ningún goce y su permanencia me resultaría exasperante, o tocarle una pieza haciéndole ver que no me dejaba estudiar y se largase. Pero en este caso sería, en lo atinente al deleite, como si lo masturbase.

Me decido: abro el álbum de las Escenas de niños  y toco Rêverie, que es lo que más le gusta a las enamoradas. Lo hago con repugnancia, porque advierto el placer de mis acordes en su alma inquieta, pero se lo toco.

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