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Luis Buñuel

10 abril, 2013

BuñuelLas imágenes de Luis Buñuel  me marcaron cuando llegué a París en 1955; tenía veinte años, todos vividos en el ambiente social-represivo del catolicismo. Aquí se me abrieron los ojos. Me ayudó la película Las Hurdes, símbolo del atraso e injusticia de una tierra que soñábamos con redimir.

Durante meses me obsesionó el ojo rasgado por la cuchilla de afeitar en La edad de oro;  la mano saturada de hormigas y la mujer presa del arrebato de Pierre Basche en Un perro andaluz, excitado por el Preludio y muerte de Tristán e Isolda de Wagner.

El escultor catalán Joan Llorens Gardy me había invitado a ver la película antedicha. Su padre- me dijo orgulloso -desempeñaba un papel importante. Al final le pregunté: “Oye, ¿y tu padre?”

-Es que no se le ve. Está acurrucado detrás de la chica cuyos senos acaricia Gaston Modot. Buñuel le encargó que los sujetara fuerte con ambas manos, pues de por sí los tenía bastantes desplomados. Pero con el calor de los focos la chica sudaba y a mi padre se le resbalaban.

El actor de marras disimulado detrás de Lya Lys era Josep Artigas, uno de los grandes ceramistas del silo XX, de la banda surrealista, que más tarde me contó su mal trago.

Poco después –cosa de un año- Joanet me vuelve a invitar a la Cinemateca, esta vez para ver La Edad de oro, también con su padre de actor. Ahí si lo reconocí: es el gobernador menudito, acompañado de una mujer voluminosa. Caminan al son de la Sinfonía Inacabada de Schubert, formando una pareja desigual, como en la vida le ocurrió luego.

Corrió entonces el bulo de que, por auto irrisión, Buñuel se proclamaba “uno de los mejores directores de cine aragoneses”, para aclarar inmediatamente “es que no hay muchos”. En la región de Teruel había nacido, en Calanda, lugar famoso por haberse producido allí, en 1640, un milagro capaz de estremecer al más bragado: Un carromato había triturado la pierna de un lugareño. La Virgen María bajó rauda del cielo con un equipo de ángeles, y en un dos por tres le colocaron una prótesis carnal.

Con nuestra guerra civil y la ocupación de Francia por los nazis, la República española lo desplazó a EE.UU para prestigiar a la España agredida por los fascistas. Se puso a trabajar en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York como colaborador de un comité anti-nazi destinado a los países de habla hispana. De ahí lo expulsaron tras una denuncia de Salvador Dalí. Lo acusó a la oficina de actividades antiamericanas, los hombres de McCarthy, de ser ateo, comunista y blasfemo, que sin consultarle había añadido escenas sacrílegas en las películas que realizaran entre ambos. (Esto, y lo que sigue, me lo confirmaría Buñuel años después.)

Desorientado y sin trabajo, Buñuel se encontró con Dalí en la Quinta Avenida. Sin dirigirle la palabra le soltó un mandoble que lo dejó tumbado en la empedrado.

En México realizó veintiuna películas que integran las treinta y dos de su filmografía. Algunos dicen que no todas están a la altura de antes ni de después. Para mí, Los Olvidados (1950), El gran calavera (1949), El 1952, Susana la perversa (1950),  Subida al cielo (1951)  Una mujer sin amor (1951) El bruto (1952)  Robinson Crusoe ((1952) Él (1952) Abismos de pasión (1953)  La ilusión viaja en tranvía (1953), Nazarín (1958)Viridiana (1961) El ángel exterminador (1962)   Simón del desierto (1964) y otras del periodo mexicano se encuentran entre sus obras maestras, y Buñuel tuvo siempre gran cuidado en observar intactas en ellas sus exigencias artísticas y morales.

Calanda era para nosotros un lugar de peregrinación. Cada vez que podíamos asistíamos a las procesiones de Semana Santa, para oír a los machacones tamborileros cuyas manos sangraban tras siete u ocho horas de darle al cuero. Cierta  vez preguntamos por la casa de Buñuel, a uno pasos del cuartel de la Guardia civil. Estaban dos de sus hermanas, Conchita y Margarita, ambas devotas del Dios su hermano. Nos enseñaron el edificio, recién restaurado. Nos acompañó la muchacha -al servicio de la familia desde hacía medio siglo-. Cuando Conchita abrió la puerta del cuarto de baño y la buena señora descubrió un bidet, dijo, santiguándose espantada: “! Señora; le juro que no se lo diré a nadie!”.

En 1969 Buñuel rueda en el bosque de Fontainebleau La vía láctea, historia de dos vagabundos que recorren a pie el Camino francés hasta Compostela. La película gira en torno a Prisciliano, obispo de Ávila en el silo IV y decapitado en Tréveris por insistencia de la iglesia cristiana. Jean-Claude Carrière, inseparable guionista de don Luis encarna el predicador romano galaico. Acudí al rodaje para contarlo en la revista Triunfo.

Entre los discípulos de Prisciliano se hallaba mi buen amigo José María Berzosa. En la película  lo reconocerán, porque habla en latín. Buñuel detestaba la entonación de los franceses cuando hablan la jerigonza eclesiástica: Dominús Boviscún Ecúm spiritú tuúm, acentuando siempre la sílaba final. En cambio, el acento manchego de Berzosa le pareció celestial.

Era un 22 de febrero. Buñuel cumplía 69 años, por lo que nos invitó a comer en un tugurio del bosque. En medio del festejo le entregan un telegrama: “Felicidades. Stop. Te beso en la boca. Stop. Dalí.” Ipso facto, como diría Prisciliano, Buñuel contesta por la misma vía: “Agua pasada no mueve molino”. Y punto.

También nos descifró un enigma que plantea una escena del Ángel exterminador: una de las parejas encerradas en aquel piso se retira a los lavabos. El hombre mira por el agujero de la taza y se extraña: “!Se ven águilas!”  “Es una reminiscencia, nos dijo, de cuando estuve en la Casas colgadas de Cuenca. Como los retretes dan directamente al precipicio, se veían toda clase de aves”.

No habló más de este asunto. Pero como oyera la palabra “hereje” de la boca de alguno de la mesa, reaccionó con vehemencia teológica:

Prisciliano no pudo ser hereje ni heresiarca, por la sencilla razón de que en el siglo IV, cuando lo persiguieron y degollaron, no existía un canon cristiano y menos aún católico: Roma aún no se había erigido en centro de ninguna religión. Eso sí; por todos los medios trataba de unir bajo su yugo las numerosas corrientes del cristianismo. A los ebonitas, quienes ya en el siglo I negaban la divinidad de Jesús; a los docetas, convencidos de que Jesús tenía sólo un cuerpo aparente; a los mandeos, seguros de que todo procedía de un Dios masculino y otro femenino. En los siglos II y III los gnósticos identifican el mal con la materia, la carne y las pasiones, y el bien con el espíritu. Por entones el montanismo pensaba que el cristianismo se estaba convirtiendo en algo trivial y mundano, y que era necesario volver al cristianismo primitivo, austero. Montano era un rigorista quien además exigía fuertes ayunos. También predijo el retorno inminente del Mesías.

En esta línea de austeridad y predicciones se inscribe el priscilianismo, y comprenderéis que yo prefiera a los curas de ama y sobrinas tan comunes en Galicia. Roma se convirtió en centro del catolicismo gracias a la acción radical de su obispo Dámaso, también de Gallaecia, quien no vaciló en exterminar a 137 adversarios para obtener la sede de Roma. En su campaña electoral, diríamos hoy, compró el apoyo del emperador Máximo a cambio de la cabeza de Prisciliano.

“Lo que exigimos unos cuantos es que se aplique a esos restos el Carbono 14: Si datan del siglo I pueden ser de Santiago, y se descarta a Prisciliano. Si del siglo IV, pueden ser de Prisciliano y de ningún modo de Santiago.  Si se demuestra que jamás estuvo el Hijo del Trueno en Compostela, o que los restos de la cripta son de un perro, como sostenía Lutero, seguirán acudiendo a venerarlos huestes de cristianos de base, amantes de la naturaleza y de viajes iniciáticos a Finisterre.”

– Hay algo que desde hace tiempo deseo preguntarle, don Luis. Solo usted me lo podrá explicar.  Se trata de un pasaje de La Vía láctea, la escena en la que Laurent Terzieff hace auto stop. Maldice al conductor que no se detiene, y el coche se estrella contra un árbol. Siempre comparo esta  escena con un pasaje del Evangelio de santo Tomás, inspirador de los priscilianistas. Cuenta que jugando, un amiguito empujó a Jesús, lo tiró al suelo: el Niño-Dios le condenó a morir repentinamente. Borges dice que Jesús tendría que haberse arrepentido y resucitar a su amigo.

Tal como usted lo cuenta he de admitir su interpretación. Y muchas otras escenas semejantes habrá en la película, pero no lo hice adrede. Yo siempre dejo funcionar mi inconsciente.

El citado Jean-Claude Carrière escribió “Mi último suspiro” compendio de sus conversaciones con don Luis. Concluyen con una referencia a la muerte, a su muerte: «Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que sucede después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba».

A partir de 1982 conocí mejor a la familia Buñuel. Ese año, el servicio de Lenguas ibéricas de Radio Francia Internacional que yo dirigía, en colaboración del Centro Cultural de México, decidimos montarle un gran homenaje en París. Proyección de toda su obra, conferencias, exposiciones. Mercedes Iturbe, directora del Centro, se desplazó a México para invitarlo. “Yo no quiero homenajes”, le dijo con acento golpeado. ”Pero ¿aceptaría que lo represente su estatua del Museo de Cera de Barcelona?”  “¡Están ustedes locos!”, lo que tomamos por aceptación y elogio. Entramos en contacto con su hermana Margarita y con el director del Museo de Cera. A las dos semanas ya lanzamos un comunicado de prensa: “Margarita, la hermana del cineasta aragonés Luis Buñuel, y éste, viajarán juntos desde Barcelona hasta París para presidir los actos que, a partir del próximo día 2 de noviembre y hasta el día 14 de diciembre, se van a celebrar con motivo del más espectacular homenaje rendido al cineasta español mundialmente reconocido.”

El Centro Cultural de México en París y Radio Francia Internacional organizaron un festival buñuelesco en el que participarían figuras latinoamericanas de todos los horizontes. Se celebraría una retrospectiva de la obra del cineasta, incluso la que produjo en España antes de la guerra civil.

Margarita y Luis fueron recibidos en la estación parisiense de Austerlitz por periodistas de los principales diarios. ¿”Que tal pasó don Luis la noche”? –le preguntaban a Margarita. “Muy bien, respondía ella. No se levantó para nada, ni siquiera se despertó”.

Hubo división de opiniones entre los periodistas: acogieron la broma con sentido del humor, como France-Soir, y otros escribieron que había sido una tomadura de pelo por parte de unos irresponsables de organizaciones tan serias como el Instituto de México y R.F.I

También trajimos a sesenta tamborileros de Calanda, que recorrieron alborotando la ciudad por los Campos Elíseos hasta el Centro Pompidou, pese a la prohibición de la Jefatura de Policía. La comitiva estuvo presidida por su efigie, Conchita y Juan Luis, su hijo. En andas, Buñuel presidía todos los actos y el cartel anunciador – vestido de sumo pontífice- era obra de Alberto Gironella, pintor mexicano y amigo del homenajeado,.

Con toda solemnidad, en el centro Pompidou  un representante del alcalde le chantó la Medalla de la Ciudad. Después se proyectó una película sobre los tamborileros de Calanda, dirigida por Juan Luis.

En conferencias y mesas redondas participaron, entre otros, los actores Fernando Rey, Silvia Pinal, Mónica Vitti, Jean Pierre Cassel y Carlos Saura. Carrière ofreció un documental en el que mantiene una larga conversación con el cineasta.

Las relaciones amistosas con las hermanas Buñuel prosiguieron; cada vez que venían a París y que él dejaba México un par de meses por año para escribir el guion o rodaje de alguna película, se hospedaban en el mismo hotel – l’Aiglon, con vistas al cementerio de Montparnasse. Allí descubrí la otra faceta del genio: su amabilidad, gentileza, deferencia hacia su interlocutor.

No volví a ver ni a Luis ni a sus hermanas. Por el tiempo que pasó me temo lo peor; al  único que encuentro de vez en cuando es el afectuoso Juan Luis, que conserva muchos de los rasgos de su padre.

Las 10 mejores películas de Luis Buñuel (Lista creada por DianaNB.)

1. El ángel exterminador

2. Viridiana

3. Un perro andaluz

4. Belle de Jour

5. Ensayo de un crimen

6. Tristana

7. Las Hurdes (tierra sin pan)

8. La vía láctea

9. Gran casino

10. La hija del engaño

Algunas lecturas:

Aub, Max: Conversaciones con Buñuel. Seguidas de 45 entrevistas con familiares, amigos y colaboradores del cineasta aragonés, Aguilar, 1985.
Buñuel, Luis y Carrière, Jean-Claude: Mon dernier soupir, París, Éditions Robert Laffont, 1982. Edición española titulada Mi último suspiro, Barcelona, Random House Mondadori, colección Debolsillo, 1982. Traducido por Ana María Fuente.

Buñuel, Luis, Escritos de Luis Buñuel, ed. Manuel López Villegas, Madrid, Páginas de espuma, 2000.

Buñuel, Luis: Obra literaria, ed. lit. Agustín Sánchez Vidal, Zaragoza, Ediciones de Heraldo de Aragón, 1982.
Sánchez Vidal, A.: Luis Buñuel, Madrid, Cátedra, 2004 (4ª ed.)
Sánchez Vidal, A.: Buñuel, Lorca, Dalí. El enigma sin fin, Planeta, Barcelona, 1988.

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  1. Pablo permalink
    9 enero, 2014 15:23

    Muchas gracias Sr Chao por este artículo. Yo incluiría “Él” en la lista de las mejores películas. Por cierto para los amantes de Buñuel, ya está a disposición la edición de la obra postuma de Max Aub, “Buñuel, Novela”. Un libro muy interesante y revelador.

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