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Cuentos an(o)dinos, por Laura de Acuña

28 abril, 2013

AcuñaMiguel Barceló conoce a un pintor ignorado, un irlandés que lleva más de treinta años en los suburbios de Liverpool realizando cuadros y esculturas que se niega a enseñar: los guarda en un hangar enorme, donde permanecerán hasta que este artista, que ya frisa los setenta y cinco años, se convenza de que el tiempo nos está contado y decida mostrar sus obras antes de fallecer. Barceló, que las ha visto, asegura que resultan esenciales para la culminación de una época de la historia del arte, una apertura de nuevos caminos, y lo anima a exponerlas. Pero el testarudo irlandés sigue empeñado en hallar a la vez la inmortalidad y la muerte, como quería Disraeli.

No sé cómo llegó Barceló a descubrir la existencia de este personaje borgesiano. Creo que puedo deducirlo por mi experiencia con escritores noveles, más o menos jóvenes. Son incontables los que me llegan con manuscritos, que he de leer, o por lo menos desecharlos una vez recorridas las primeras líneas.

Con Laura Acuña fue distinto y semejante al caso de Barceló con su artista clandestino. Conozco a Laura la desde hace años, que pasamos hablando de sus quehaceres profesionales, de los míos en el Concurso Juan Rulfo y de literatura, cierto es; pero de una literatura de los demás, jamás de la suya. Y ahora me sale —ahora, hace meses—, con esta serie de cuentos que me hace pensar en el irlandés oculto, y me permite jactarme de descubrir a un escritor, —lo que sin duda desea hacer Barceló con el pintor—.

Me pareció que Laura posee una escritura muy personal, entre concisa y transparente; de una concisión que deja entender lo no dicho, y de una transparencia que permite imaginar tanto o más de lo que la autora quiso decir, lo que me lleva a recordar — sin querer hacer comparaciones, por supuesto— que Cervantes quería que se le alabase más por lo que no escribió por lo que escribió.

Entre la líneas de los cuentos de Laura Acuña se adivinan ecos de una herencia literaria —todos somos hijos de nuestros antepasados— a la que añade elementos personales, tanto de su propia psicología como de los que fatalmente impregnan al escritor que como Alicia en el país de la maravillas se adentra en nuevas experiencias. Dicho también con limpieza: si fatalmente su argentinidad nos lleva a pensar en Borges y Cortázar, a nuestra percepción primaria se impone su fina ternura, su dulce ironía que la distingue de los que sin duda fueron sus maestros. Y pienso que, como todo lo indecible, el grano de escritura que tiene Laura Acuña es un don ajeno a la experiencia y a la memoria; proviene de vivencias antiguas a través de fuerzas que han permanecido ocultas en las márgenes del tiempo y frenan la corriente horizontal, tirando inexorables, verticales, hacia el fondo.

Ramón Chao

One Comment leave one →
  1. 30 abril, 2013 19:49

    Muchas gracias por esta nota, Ramón. Me ha gustado muchísimo, y el último párrafo es para alquilar balcones. Habrá que leer a Laura Acuña, la argentina «con ecos de una herencia literaria». Gracias de nuevo.

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