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Joan Miró

10 junio, 2013

JOAN MIRO MIRO (2)

En enero de 1936 la galería Esteve de Barcelona presentó la primera retrospectiva de Picasso.  Su interés residía en que, ante la inminente tragedia fratricida, congregaba a los tres pintores que mejor encarnaban la posición de los artistas españoles más significativos: Joan Miró, hombre de grandes silencios, Salvador Dalí, quien ya flirteaba con los sublevados y Pablo Picasso, referente indiscutible.

Los tres soslayaron la guerra y abandonaron España, lo que les permitía expresar libremente sus ideas. Sin embargo, la actitud de cada uno de ellos dependió de su carácter, de su ideología, de su manera de  concebir el arte. El esplendoroso y comunicativo malagueño nada tenía que ver con el histriónico pintor de Figueras, ni con el tímido y bisoño catalanista.

Durante sus años de niñez y juventud, Miró pasaba el tiempo en Montroig, enraizado en el campo y alejado de querellas políticas. Sin embargo, en clara sintonía con los ambientes progresistas de la época, presentía lo que se avecinaba: expresaba su inquietud a través de un arte cada vez más deforme y agresivo. Ya su cuadro de 1935 “Hombre y mujer delante de un montón de excrementos”, constituye un espantoso presentimiento de nuestra conflagración

Cuando Miró fue por primera vez a París acudió a visitar a Picasso, con un pastelón de parte de su madre. Se hicieron amigos para siempre; Picasso asumió la protección del joven republicano y enemigo de los garrotazos, quien después del  levantamiento criminal decidió mudarse con esposa e hija a Francia.

Mientras tanto, solitario en su exilio consciente y dorado, Picasso se jactaba de apoliticismo; lo que sucedía allende los Pirineos parecía desinteresarle; es más, reinando todavía Alfonso XIII había dicho a su promotor Kahnweiler, que él era monárquico «porque en España había una Monarquía», y cuando se instauró la República no manifestó el menor gesto de acercamiento al nuevo Régimen. Es lógico que la derecha abrigara la esperanza de atraerlo a sus filas; pero como apunta Antonio Bonet, “no se cumplieron sus expectativas; no cayó en la tentación y confusión de las que fueron víctimas muchos vanguardistas de la época. Su puesto estaba en el polo contrario».

Su conciencia se hallaba adormecida, y su sentido de la independencia le había llevado a no adherirse a grupo alguno. Esto no quita para que, influido por sus amigos el arquitecto Sert, y los escritores Larrea y Bergamín, ya se inclinara hacia posturas progresistas. No olvidemos que durante su juventud había vivido en Barcelona en una bohemia teñida de anarquismo, nutrida por los círculos vanguardistas del París de comienzos de siglo, y en particular a partir de los años veinte bajo el influjo surrealista. Era de esperar que todo este bagaje, unido al ambiente cada vez más radicalizado que florecía en su entorno, terminaran por convencerlo políticamente

El detonador fue la embestida fascista contra Euzkadi. Rico y famoso en su cincuentena, presentía las tinieblas que se cernían sobre nuestro país. Lo decidió el bombardeo de Guernica, contado por el mariscal von Richthofen : «El lunes 26 abril de 1937, a finales de la tarde, los Henkel 51 y los Junker 52 de la Legión, protegidos por una escuadrilla de cazas Messerschmidt, arrojaron sobre Guernica cerca de 50 000 kilos de bombas con explosivos mortíferos (…) Sumando mujeres, hombres y niños, se cuentan 1654 muertos y 889 heridos» El impacto que este parte causó en Picasso fue enorme; entró de inmediato en ese trance furioso que, según Bergamín, le llevó a pintar el Guernica.

Fruto de los esfuerzos del escritor Max Aub, de los arquitectos José-Luis Sert y Luis Lacasa, con el apoyo de Josep Renau, director general de Bellas Artes de Madrid, la España republicana consigue un Pabellón en la Exposición Universal de París de 1937. Un edificio moderno con un patio luminoso. El Guernica se instalaría a la izquierda, flanqueado por dos esculturas de su época de Boisgeloup (Cabeza de mujer y Mujer con un recipiente) que ahora presiden su tumba en el castillo de Vauvenargues.

Estaban también la Fuente de Mercurio de Calder; la Montserrat de Julio González, pañuelo en la cabeza y hoz en la mano, junto a la inmensa escultura de Alberto “El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella”.

Miró aportó un gran mural, Payés catalán en rebelión. Aunque menos universal que Picasso, Miró se nos muestra aquí más explícitamente comprometido. Y es que el payés, personaje frecuente en su obra, se impregna de un contenido político, similar al de su cartel Aidez l’Espagne, que había realizado poco antes con el fin de recaudar fondos para el bando republicano. Este cartel demostraba que a tales alturas de la guerra, Miró ya no desdeñaba la acción directa, atrayendo la atención no sólo con una imagen impactante, sino también a través del texto que la acompañaba: “En la lucha actual, del lado fascista veo las fuerzas obsoletas y del otro lado el pueblo, cuyos inmensos recursos creadores darán a España un impulso que asombrará al mundo’.

Aunque la prensa apenas se interesó por el mural, Juan Larrea le dedicó un artículo en Cahiers d’art: «A fuerza de poner a su pueblo lacerado en el lienzo, Miró ha visto despuntar a un campesino armado de su hoz; por un curioso fenómeno de orden artístico, es un segador salido del himno de la libertad catalana” ».

El caso más peliagudo era el de Dalí. Pese a haber coqueteado con los comunistas, realizando dos bocetos para un cartel del X aniversario del PCE en febrero de 1934, no dudaría en enviar al Salon des Independents de Paris El enigma de Guillermo Tell, obra en la que ridiculizaba a Lenin con la virtud de provocar la furia de los surrealistas.

El 5 de febrero de 1934, Bretón convoca una reunión para juzgarlo. El acusado arguye que su arrebato hitleriano era de carácter apolítico, pero consideraba a Hitler como un masoquista integral, poseído por la idea fija de desencadenar una guerra por el mero placer de perderla luego heroicamente. Aceptable o no su alegato, el grupo redactó el acta de condena: «Puesto que Dalí ha sido culpable de realizar actos contrarrevolucionarios dirigidos a la glorificación del Tercer Reich, los abajo firmantes proponen y combatirle por todos los medios y expulsarle del surrealismo por elemento fascista.”

Quedaba evidente que Dalí había elegido un mundo de ostentación y suntuosidad, muy alejado del desgarrador día a día que iba creando la guerra en España, y con el que Picasso y Miró vivían en Paris. En aquellos años, este último carecía de recursos, y se dice que llegó a pasar hambre;  éste quizá fue el origen de las Alucinaciones que luego plasmaría en sus cuadros.

La prensa franquista no vacilaba en divulgar cualquier payasada daliniana, como la actitud patriótica que adoptó frente a la antipatriótica de Picasso y de Miró: «Antes de Franco, muchos hombres políticos y nuevos gobiernos no tenían otra razón que la de venir a aumentar la confusión, la mentira y los trastornos en España. Franco ha roto categóricamente con esta falsa tradición, instaurando la claridad, la verdad y el orden en el país »

Por desdicha de Miró, a mediados de mayo de 1940, los nazis bombardean Normandía, donde se había recluido con Pilar Juncosa, su mujer. Se le planteaba la gran opción: quedarse en Francia, volver a España o exiliarse en cualquier otro país. Sus amigos Josep Lluis Sert, Breton y Tanguy le ofrecieron llevarlo a EE.UU, lo que rehusó: le preocupaba la salud de su madre; su hija era demasiado pequeña y la llamada de su tierra muy fuerte: «No quisiera que me enterraran entre rascacielos; me atormenta la idea de que un día las excavadoras destruyan los dibujos de Son Boter ». Terminó por decidirlo el empeño de Pilar Juncosa de regresar cuanto antes.

Lo cual no estaba exento de riesgos;  los fugitivos habrían de emprender largo y penoso viaje desde el norte de Francia hasta Perpiñán, donde consiguieron el visado. Por aquel entonces el pintor catalán no era una gloria internacional. Por lo demás, no se olvide que aunque republicano y catalanista acérrimo, así como antifranquista notorio, nunca se había significado de forma escandalosa o provocadora, ni estaba afiliado en partido alguno.

Tras pasar la frontera, ya en Gerona, su gran amigo Joan Prat les aconsejó que no se dejaran ver por Barcelona. Marcharon primero al campo, y luego a Palma de Mallorca, donde vivieron en una suerte de exilio interior que duró unos dos años, tras los cuales regresaron a Cataluña.

En 1954 Miró regresó a Mallorca para quedarse. Para entonces contaba con 61 años, y según sus propias palabras, una vida en la isla, salpicada con algunos viajes a París y Nueva York, “sería ideal para el trabajo y la salud”.

Bajo el régimen franquista, en el que se ejercían fuertes represiones del catalanismo, seguía colaborando en numerosas iniciativas organizadas por el PSUC, realizando un sinfín de carteles en favor de causas democráticas y de los partidos que luchaban en la sombra. Pero él buscaba el retraimiento: “Lo anónimo permite alcanzar lo universal” decía. Se sustentaba con lo poco que le enviaba su marchante Pierre Matisse. Se sentía tan solo, tan aislado intelectualmente, y en una situación tan precaria, que inventó un arte povera virtual, con el que pretendía comunicarse con el resto de la humanidad.

La obra que mejor recoge el compromiso político es el tríptico La esperanza del condenado a muerte. En esa época lo conocí. Yo era muy amigo, soy y seré siempre, de Joan Llorens Gardy, escultor y ceramista que preparaba tierra y esmaltes para los jarros y murales que firmaba Miró. Por ello nos encontramos varias veces los tres en el taller de cerámica de la  rue de la Petite Faucille en Vitry; en varios almuerzos a los que nos convidó La Rotonde y al fin en Gallifa, pueblito catalán donde vivía y tenía su taller Llorens Artigas.

Un día, en la Rotonde, lo vimos más cariacontecido que nunca. Le preguntamos la razón:
-Ya sabéis que esos criminales asesinaron al anarquista Salvador Puig Antich con el garrote vil, un sistema medieval que desde hace años ninguna nación utiliza en el mundo. Anteayer nos hemos reunido en el Moulin de la Galette, recogimos bastante dinero; pero ninguna campaña ablandó a Franco, ni tan siquiera la intervención del Papa.
Conmovido, se lanzó en la realización del Tríptico en memoria de Salvador Puig Antich, un acrílico sobre tela, de 267 x 351 cm. Lo acabó el mismo día de su ejecución.

Es curioso, me impresiona mucho que yo acabara aquella obra el mismo día en que ejecutaron al pobre muchacho, sin que yo lo supiera”.

Siempre mantuvo la idea de que el ‘Guernica’ de Picasso había señalado el inicio del franquismo, y él deseaba que ‘Mori el Merma’ (farsa teatral para la que pintó los decorados) marcara su fin.

En una de mis visitas a Gallifa, años después, le pedí que me dedicara tres litografías que había comprado en la Galeria Joan Gaspar de Barcelona: una para la revista “Triunfo”, otra para mis hijos Manu y Antoine (ahora no sé qué reparto salomónico puedo aplicar), y la tercera para Felisa.  Le emocionó que una de ellas fuese Ubu Rey, el estrafalario personaje del decorado que compuso para la compañía La Claca. Miró trabajó en el diseño de la escenografía así como en la creación de los ninots, grandes títeres grotescos en los que se introducen los actores. Ubu rey será la culminación del proceso creativo de Miró en torno a un individuo que siempre le fascinó y que tomó como ejemplo para sus reflexiones sobre el absolutismo y el abuso de poder, al tiempo que personaje bufo para representar a Franco.

Con “Mori el Merma”, una vez más había hablado desde el silencio y en las mismas narices del régimen.

Cuando se la di a firmar, se mostró muy conmovido: ¿De dónde sacaste esto? Acariciaba a los personajes, los llamaba por sus nombres y me puso una frasecilla: “Para Felisa y Ramón, afectuosament”. Su amigo Artigas leyó la dedicatoria, y con voz zumbona  (siempre se estaban lanzando pullas) le soltó:

-Lo has escrito en catalán para ahorrarte una letra.

La etapa de Miró en Mallorca se reveló como una de las más productivas de su carrera artística; obras de una gran fuerza y numerosos proyectos de arte público con los que intentó acercar todavía más su arte al ciudadano corriente. Sus murales y esculturas comenzaron a adornar las calles de Madrid, Barcelona, París, Chicago y tantas otras ciudades del mundo, entre las que se encontraba, por supuesto, Mallorca. Durante vuestra estancia en la capital podrán admirar la Femme, monument, de 1972, y Personnage, de 1975, situados en el carrer Conquistador y la avenida Jaume III, respectivamente, y del mural del Parc de la Mar, realizado en el año 1983 en colaboración con el ceramista Manuel Castaldo.

Y, como no, visitar la Fundació Pilar i Joan Miró, donde se expone una gran colección de pinturas, esculturas, dibujos y obras gráficas tanto de Miró como de otros artistas. La parte más conmovedora muestra los talleres en los que nuestro artista trabajó hasta el día de su muerte, los cuadros inacabados que parecen estar esperando el regreso del demiurgo.

Antoni Tapies dejó dicho que «Las posiciones de estos artistas [Picasso y Miró], su actitud moral y sus ideas políticas nos han servido como ejemplo y son para nosotros un símbolo. Prueban que no hay grandes artistas sin rigor en los principios, sin compromiso, sin dignidad».

Fundación : Calle Joan de Saridakis 29

info@fpjmiro.org Tél. :+34 971701420

Documentación:

Antonio Bonet Correa, “Picasso y España 1981-1991” p. 149.

Laura Arias Serrano. La guerra civil española como catalizadora del pensamiento. Anales de Historia del Arte.

Juan Antonio Ramírez, Guernica, Electa, Madrid. 1999,

Victoria Combalia Picasso-Miró, miradas cruzadas. Barcelona, Editorial Electa. 1998.

Antoni Tápies, La práctica del Arte. Ariel, Barcelona, 1971 998.

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