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María Casares

18 enero, 2014
MARIA CASARES DESSINSi alguien pregunta en Francia quién es la mejor actriz dramática, le responderán sin dudar: María Casares, una galleguiña nacida en Montrove en 1922, hija de don Santiago Casares Quiroga, primer ministro de la República en 1939”, escribe Vázquez de Sola en su libro”Mujeres de mis sueños”.
Yo era entonces corresponsal de”Triunfo” en París y aún no la conocía personalmente, pero es que la magnitud del personaje, su aureola universal me tenían apocado. Tanto más que en mi niñez, mi padre siempre me exponía un acertijo:
Los gallegos somos la gente más grande del mundo. Cuando damos una figura, en el terreno que sea, resultará siempre la mejor”. Y me descargaba la batería de preguttas
-¿Escritores?
-Valle-Inclán.
-¿Actrices de teatro?
-María Casares
-¿Meretrices?
Muy exquisito, mi padre. Yo ignoraba lo que pudieran ser María Casares o una meretriz. ¿Acaso futuras institutrices? Pero me tenía amaestrado: Nada menos que Carolina Otero.
En 1978, la dirección de “Triunfo” me pidió que con motivo del Festival de Otoño y su interpretación del Faust de Marlowe en el Espace Cardin, mantuviese una entrevista con ella. No podía defraudarlos.  De modo que me armé de un magnetófono y valor; tras la función me planté delante de su camerino. En la puerta, escrito con tiza roja, se adivinaba: “María Casares”.
Del interior salían risas destempladas que modulaban hacia la aspereza, el desabrimiento, y provocaban  cierto desasosiego. ¡Se necesitan agallas para enfrentarse con Lady Macbeth, Fedra, Madre Coraje! – me alenté.
Toco a la puerta y me abre Dominique Marcas, su asistenta durante medio siglo. Detrás de unas volutas de cigarrillo descubro a una pequeña  gran dama de ojos verdes.  Bastó una sucinta presentación (“soy gallego”) para que se le iluminara el rostro y me agasajara con una mirada plena de sueños y recuerdos.
Desde entonces nuestras relaciones se produjeton siempre entre bambalinas: en el Espacio Cardin, en el Teatro Mathurins, o en el TNP. Me hablaba en castellano con un acento gallego casi paródico. Aquella noche no paró de referirse a su padre, como si quisiera rehacer la Historia o inventarle una nueva línea de vida. Yo era joven, compañero de ruta del PC, y sobradamente impertinente para formular ciertos reproches a su padre -, con suma cautela desde luego.
Primero le conté una anécdota que recorría Galicia en mi niñez:
Casares Quiroga ejercía de abogado en A Coruña. Un día recibe a un lugareño que gemía porque sus lindantes tenían unos árboles enormes que no dejaban pasar el sol, y las verduras de su huerto salían escuchimizadas. ¿Qué podía hacer?
•      Pues su vecino tiene que cortar los árboles.
•      ¿Me lo puede escribir en un papel, señor; es para no olvidarlo y enseñárselo a él?
Así lo hace don Santiago, y el campesino añade:
•      ¿Cuánto le debo, señor?
•      Nada, hombre, por tan poca cosa. Ya me invitará usted a un café.
•      Pues ya los puede ir cortando, señor, porque los árboles son suyos.
•      Así somos los gallegos – aprueba orgullosa María. Se dice que en una escalera no se sabe si subimos o bajamos, pero nosotros, los gallegos, sí que lo sabemos.
Y a cambio de mi anécdota, ella me contó otra: A Coruña rendía un homenaje popular a su padre, recién elegido alcalde de la capital. Estaban en el balcón del ayuntamiento, y premonitorio, don Santiago le dice: “¿Ves cómo me aclama la gente? Pues no tardarán mucho en tirarme tomates”. Así ocurrió.
Casares Quiroga fue muy controvertido en su tierra. Por un lado se decía que si el presidente de la II República, Juan Negrín, le hubiese hecho caso cuando el levantamiento de los generales, los sublevados hubieran sido aplastados: “¿Se levantó Sevilla? ¡Qué arrasen Sevilla!”, habría preconizado Casares Quiroga. Otros aseguraban que si Casares Quiroga no se hubiese negado a armar al pueblo, la guerra hubiera tenido otro final, pero el dandi y francmasón terrateniente tenía pánico a los motines.
 -Eso es mentira, exclama María con fastidio. Mi padre quería armar al pueblo en las primeras horas del levantamiento y se vio forzado a dimitir. Las “razones de Estado” lo redujeron al silencio, y su intimidad con Azaña le llevó a cargar para siempre con la imagen de la capitulación. Hay pocas biografías de él, no se le conoce bien…”
-¿Es cierto que defendía a sus clientes en octosílabos ante los tribunales?
Era completamente atípico. Creo que eso lo hizo una sola vez, para defender a un vinatero que no reparaba en aguar el vino.
-¿Recuerda esos versos, María?
-Se comentaban en mi casa, pero yo era muy pequeña.
– Le prometo que la próxima vez que nos veamos se los traigo escritos. Hace años mes los enseñó un francmasón gallego de la logia parisina y lo pudo volver a localizar.
-¡Me encantaría!
Yo estaba seguro en encontrarlos en los círculos españoles francmasones de París. Entre ellos conocía, por jugar juntos al futbol, a Javier Alvajar, uno de los iniciados.
Hablamos luego del rechazo de María a las propuestas que le hicieran a ella para regresar a Galicia. Fechar El poeta Anxo Fernán Bello la había guiado por los caminos de nuestra tierra, persuadido de que la convencería para que se instalara allí.
-¿A quién se le podía ocurrir?  Mientras viviese Franco ni pensarlo. Además, tenía varias casas en A Coruña, y me confiscaron todas. ¿No iba a dormir en un hotel, verdad?
A estallar la guerra civil, María aprende que su España es un país trágico, picaresco ydeplorable, donde se convive con el sentimiento de la muerte.
Su padre le gestiona un trabajo de ayuda humanitaria en el Hospital Oftálmico de Madrid, adaptado a los heridos del frente. La niña les mudaba la ropa, les ayudaba a comer, los custodiaba y los veía morir entre espasmos y gritos de dolor. Como su salud parecía resentirse ante el espectáculo del sufrimiento humano y sus desvanecimientos empezaban a repetirse con frecuencia, don Santiago dispuso que ella y su madre se trasladaran, primero a Barcelona, y de allí a Francia.
Cuando llegan a París, María apenas tiene catorce años y sólo entiende un puñado de palabras en francés.
-Seguro que llegamos el 20 de noviembre de 1936, porque al día siguiente, por mi cumpleaños, me llevaron a ver la Torre Eiffel y el Sena.
Ya estaba aprendiendo dos lecciones esenciales: que se puede ser un personaje importante en su país sin contar para nada al cruzar la frontera, y que toda vida va siempre acompañada de muertes.
“Este viaje no me traumatizó mucho; cuando me llevaron de Galicia a Madrid lo pasé peor, porque era más pequeña. En cambio, de Madrid a Francia fue una aventura. Aún no tenía catorce años, estábamos en plena guerra y todo esto suponía un reto para mí, que me pasé la vida apostando. A falta de tierra propia, hallaría una tan grande como el vasto mundo: el escenario, donde se puede inventar toda clase de vidas, y los muertos regresan para saludar.”
En Paris se instalan en un pisito en el l48 de la calle Vaugirard, donde empiezan a “vivir en sociedad”. En una de estas reuniones con amigos y conocidos, le da por recitar un romance castellano ante el asombro de los presentes, entre los cuales se encontraba la societaria de la Comedia Francesa  y discípula de Sarah Bernhardt, Colonna Romano, quien la animó a entrar en la Comédie Francesa. Poco más tarde ocurre algo semejante; en esta ocasión es nada menos que André Antoine, creador del Teatro Libre de París, quien la escucha en unos versos de Verlaine. Para él la niña estaba destinada al teatro.
Sin duda, pero al cabo de tres meses la suspenden en el concurso de entrada en el Conservatorio por su acento francés deplorable.
En 1942, al salir del Conservatorio donde estudiara con Béatrix Dussane, Maria se impone como una de las grandes actrices de su generación. Gozaba de gran fama, cada vez se solicitaban más sus servicios artísticos, y se le veía en los locales más emblemáticos de la orilla izquierda, colgada del brazo de Marcel Camus, el hombre que poseía “esa inteligencia ante la cual uno se volvía inteligente”. Vivieron un amor complicado, complejo y destructor. Olivier Todd, autor de una biografía del escritor, lo califica de “peligroso”, porque “nos obliga a cuestionar muchas de nuestras convicciones”.
Cuando se vivía tan intensamente como él, la vida podía convertirse en algo insoportable. “Guerra y paz” solía llamar Camus a ese amor entre nosotros“, evocará María después.
Comprometido políticamente con la resistencia, Albert Camus la guiará, y en alguna ocasión le solicitará una colaboración que ella nunca rehusó.
La vida de María Casares estuvo siempre asediada por la tuberculosis. Su padre era tuberculoso, tuberculoso un primer y breve amor y tuberculoso también Albert Camus. Pero si Casares Quiroga había hecho de su enfermedad una cómplice, para Camus era una enemiga.
Por su interpretación de las obras de Camus, (El Malentendido en 1944,Estado de sitio en 1948 y Los Justos en 1951), María ganó la consagración y los elogios pasmosos del gran escritor y crítico Claude Roy: «Esa voz que siempre parece que se va a quebrar, a romperse de emoción -ese cuerpo que actúa, tiembla, vibra, y siempre tan armonioso, tan puro… Una gran actriz de tragedia.”
Al mismo tiempo inicia una carrera prestigiosa en el cine, bajo la dirección de Marcel Carné (Les Enfants du paradis, 1945), Robert Bresson (Les Dames du bois de Boulogne, 1945) y Jean Cocteau (Orphée, 1950 y Le Testament d’Orphée, 1960).
El 15 de abril de 1966, el teatro de la Comédie française estrena la obra de Jean Genet « Les Paravents », evocación de la recién terminada guerra con Argelia. En la obra se encadenan violencias, torturas, vejaciones, siempre  a cargo del Ejército francés contra el pueblo argelino.
Al cabo de dos semanas de representaciones sin incidentes, grupos de cabezas rapadas, paracaidistas y partidarios de la “Algérie française” armados de metralletas, porras y tuercas, invaden el teatro Odeón, suben al escenario en plena representación e invitan a María Casares, el principal personaje (la madre) a irse “a tomar por saco” (fouttre le camp). Cae el telón, dejando a los actores entre bambalinas, y a María, sola, frente a los asaltantes.
Lejos de huir, ella les planta cara. Mira fijamente a los más cercanos, elije a uno de ellos para asustar a los demás, camina hacia él, y todos desalojan el escenario. Les sigue intimidando por el patio de butacas, con sola una mirada, hasta la calle. Media hora después se reanuda el espectáculo. Al final fuimos a verla todos los asistentes, la felicitamos, la abrazamos…
 –Son unos cobardes. Se atreven cuando están en grupo; si los aíslas huyen horrorizados. Cuanto más fanfarrones más corren…
En 1976 se representó en España El Adefesio, de Rafael Alberti. La hija de Casares Quiroga no restablecía la República, pero aportaba un signo de libertad. Lo cierto es que todas las expectativas de este Adefesio no cuajaron. Después de este fracaso, María solicita  en 1978 la nacionalidad francesa, que obtiene sin abandonar  la española, aunque los vínculos que la unían a su país se distienden, rechazando las ofertas de volver a actuar en él.
– “Pero acepté que le pusiesen mi nombre a varios locales gallegos, y que un premio teatral en Galicia se llame María Casares”.
– En el año 1988, siendo Fernando González Laxe presidente da Xunta de Galicia, María fue  galardonada con  Medalla Castelao. Llamó a su amigo el poeta Fernán Vello para que le informara sobre la orientación política del gobierno gallego y su presidente. Al saber que eran socialistas, envió un telegrama a Laxe, disculpándose por no ir  recogerlo, y designando a Fernán Vello para representarla.
– Un día me preguntó si conocía a Antonio Saura, por el que sentía una profunda admiración. En estos momentos está en Cuba, le dije, pero en cuanto regrese te lo presento. Y de paso te traigo el alegato de tu padre.
Aprovechando que en1991 nos encontrábamos en Niza, fuimos Saura y yo al Festival de Aviñón, donde María actuaba en las “Comedias bárbaras” de Valle-Inclán, dirigida por Jorge Lavelli. El encuentro fue sumamente cordial. Concertaron que Antonio le dibujaría la portada de un disco que ella estaba preparando con la Poesía Mística de Juan de la Cruz. Yo le entregué el alegato que su padre había pronunciado en A Coruña.
–                              “Acusan al bodeguero
–                              Mi cliente virtuoso
–                              De componer con esmero
–                              Vino aguado milagroso.
–                               
–                              Es práctica muy cristiana
–                              Y se ha de glorificar
–                              Ofrendar bebida sana
–                              A quien se acerque al altar.
–                               
–                              Por tan excelsa razón
–                              Ruego que sea clemente
–                              Con mi piadoso cliente
–                              Y le dé la absolución”
Divertidísimo. Seguro que el buen hombre ganó, concluyó María satisfecha, orgullosa de su padre.
No nos volvimos a ver. Cada vez aparecía menos en los actos culturales y en los escenarios. Antonio Saura la llamó repetidas veces, en vano. Fuimos sabiendo que sufría mucho, víctima de un cáncer de colon. Pero no aceptaba morfina que le durmiera los sentidos. Quería sentir su cuerpo, como Nietzsche, quien cultivaba una úlcera de estómago para confirmar que estaba vivo. Me gustaría morir lentamente, en estado de alerta para no verme frustrada de mi muerte”, dejó escrito en sus memorias. El destino no accedió a sus ambiciones. Se quedó en un sueño cuando había celebrado 74 años. Exactamente sesenta después de su llegada a Paris. No cometió nada de qué perdonar a María Casares; pero en cualquier caso diremos como Petrarca: “Un bel morir tutta la vita onora”.
Tuvieron  que pasar años para que sus compatriotas, paisanos, amigos, empezaran a rendirle justicia. Distinguida con la Legión de Honor, comandante de las Artes y Letras, guardó la nacionalidad española hasta el final.
Ramón Chao
Maria Casares, Residente privilegiada. Argos Vergara
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