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Teresa Berganza

20 enero, 2014

TEREZA BERGANZA copie

En 1946, llegué a Madrid con una beca de la Diputación de Lugo, conseguida tras un recital de piano en el Círculo de
las Artes de esa ciudad gallega. Según desembarqué en la capital entré de cabeza en el internado Apóstol Santiago, para cursar el bachillerato, con salidas ad libitum al Conservatorio de música. Allí me pusieron a estudiar piano
con Francisco Fúster, armonía con García de la Parra y estética e historia de la música con José Fort, de modo que pasaba la mayor parte del tiempo en el caserón de la calle San Bernardo… A mis once años era el más joven del centro, y los que me llevaban dos o tres me parecían unos ancianos: entre otros Mercedes Lambry (cantante), Esteban Sánchez y Jorge Luis Rubio (pianistas), el futuro compositor Luis de Pablo, Odón Alonso, director de
orquesta, y Teresita Berganza.Cuando entré en el Conservatorio, Berganza ya había realizado cuatro cursos de solfeo, y estudiaba órgano con Jesús Guridi, el autor de El Caserío. Al fin descubrió su instrumento predilecto, compuesto por “Mi voz, mi cuerpo, mi alma, mi cabeza, mis pies, pues no se canta con solo las cuerdas vocales”. Pese a llevar asignaturas distintas, nos conocíamos todos bien, pues las clases estaban abiertas y además, para valorizar sus cátedras, los profesores organizaban master class dos o tres veces al año, en las que exhibían a sus más destacados pupilos.

Nacida en 1910, la profesora Lola Rodríguez de Aragón, ahijada del compositor Joaquín Turina, había estudiado en Alemania con Elisabeth Schumann. Su discípula más brillante y precoz era Teresa Berganza, niña pizpireta, de manos chiquitas y amplias caderas para sus catorce años. Recuerdo las exhibiciones que le montaba Lola Rodríguez de Aragón a su joyita. Sin embargo, fue su padre, trompetista y pianista amateur, quien le inculcó los rudimentos de
música y literatura. Todos los domingos llevaba a su hija al concierto que, en el parque del Retiro, ofrecía la Banda Municipal, dirigida por Manuel López Varela, que interpretaba a Mozart, Beethoven, Wagner… En casa, la acompañaba al piano, y ella cantaba. Por la tarde iban al Museo del Prado, y admirando a Goya, Velázquez y Jerónimo Bosch, él le contaba novelas de Alejandro Dumas, Cervantes y Víctor Hugo, mezclando lo real con lo fantástico.

De algún modo fue su primer profesor, más no por mucho tiempo. Debido a que era rojo como las amapolas, republicano y “ateo por la gracia de Dios” según decía, adelantándose a Buñuel, el hombre pasaba
tantos meses en la cárcel como en el hogar. De trato abierto, gracia y aptitud musical fuera de lo común, la niña tenía ese don divino que, al parecer, poseían Mozart y Saint-Saëns: el oído absoluto; es decir, que le llegaba un sonido (de piano, violín, gaita o lo que fuese), y decía la nota. Lloraba y reía sin discontinuidad, y encajaba críticas y
alabanzas con la misma sencillez. De una sensibilidad extremada, vehemente y sensual, nos tenía a todos encandilados. A mí, en particular, sobre todo que había dejado de verla, porque a los quince sufrió una crisis mística y logró fugarse al convento de las Clarisas de Alcalá, como la otra Teresa hiciera en Ávila. Las monjas estaban encantadas, pues les tocaba el órgano y les daba lecciones de canto gregoriano. Mis sentimientos eran castos, pero con todo, cuando esa niña cantaba, se me agitaba la respiración y, sin llegar a los éxtasis de Santa Teresa,
sentía un tremendo desasosiego en las tripas… En cambio, creo que la única frustración de mi tentadora
en aquellos tiempos fue la imposibilidad para ella de estudiar dirección de orquesta, como deseaba: no era profesión para señoritas.

Con Rodríguez de Aragón, en cambio, todo le era fácil. Podría haber interpretado partituras de soprano
lírica, porque alcanzaba sin esfuerzo el mi bemol sobreagudo, pero su profesora la convenció de que el color natural de su voz era el mezzo. Para impostarle esa coloratura, Lola se sirvió del método del gran maestro Manuel García, padre de Pauline Viardot y de la Malibrán, basado en la sencillez, en el oído y en una musicalidad excepcionalmente fina.

El gran García deseaba que cada alumno cantara de la forma más natural y con el menor esfuerzo. Los iniciaba en el estudio de escalas y arpegios, entonados lentamente, y después les adelantaba en arias italianas sencillas. Consideraba importante que el alumno adquiriera agilidad; según él, se tardaba aproximadamente dos años. Teresita los aprovechó para perfeccionar el piano al mismo tiempo. Pronto obtuvo un primer premio con la Sonata en la mayor alla turca de Mozart, y asimiló con perfección la técnica vocal.

A los veinte años, por vez primera, Teresa actuó en público como cantante, en el Ateneo de Madrid. El director del teatro había oído hablar de ella en una grabación de zarzuelas, y la contrató deslumbrado por la belleza de su voz y su asombrosa preparación técnica. Con naturalidad e inconsciencia, Teresita abordó el Frauen und leben de Schumann,
los Salmos del Rey David, las Enfantines de Moussorsky y Strauss, Bach, sin olvidar a Xavier Montsalvatge y otros compositores españoles. Un crítico escribió que “por su gracia y sensualidad, mejor le sería dedicarse a la música popular”. Tal insultante juicio fue determinante para que la arrebatadora Berganza se largara al extranjero y dejase su país, donde nunca se le apreciaría en su justo valor. Otros, como Antonio Fernández-Cid, tratando de paliar la
ofensa del anterior plumífero, se refieren a ella en superlativo: “Berganza es la interiorización, la sensualidad,
la pasión. Siempre está pendiente del mejor, por encima del más, de la pureza antes que del alarde, del paladeo de una conquista de timbre, sin buscar finales en punta que, para sus enormes dotes histriónicas, no supondrían el menor problema”.

Ese concierto significaría el inicio de la irresistible ascensión de Teresa. Como el régimen franquista no le ayudaba (sin duda por las ideas de su padre), firmó una serie de contratos con la RAI italiana; desde París, la solicitó Gabriel Dusserget, animador del Festival de Ópera de Aix-en-Provence.
En el extranjero y con veintidós años, empieza su fulgurante carrera. Canta Dorabella de Cosi fan tutte de Mozart, hito histórico del Festival de Aix-en-Provence al que volverá todos los años; sigue en la Scala de Milán, el Festival de Edimburgo, donde deslumbra su interpretación de Carmen, lejos de habaneras y pandereteras de pacotilla, en el Convent Garden. Y ya grande entre las más grandes, diva absoluta, es elegida por Joseph Losey para encarnar el
personaje de Zerlina en su famosa película Don Giovanni de Mozart, filmada en los palacios de Palladio.
Ahí ganó el artículo “la”, que antepuesto a su apellido, los apasionados de ópera solo conceden a las divinas: la Malibrán, la Callas, la Caballé…y la Berganza. Y ¡ay!, se casa con Félix Lavilla.

Nos extrañó mucho esta decisión, acostumbrados como estábamos al misticismo de Teresa, y seguros de que se había preparado para un matrimonio que durara toda la vida, como su Dios manda. En aquel entonces, el vasco Félix la acompañaba al piano, lo cual muchos de nosotros sentimos en cierto modo como un abandono. Pero se dejó llevar por un flechazo, pese a los consejos de su madre: Félix estaba agarrotado por el catolicismo. Al poco, decidieron
casarse y eso ya fue abusivo. Veinte años duró el matrimonio, de 1957 a 1977, y tuvieron hijos.
Pero al cabo, la piedad religiosa del marido le resultó insoportable. Presa de remordimientos por haber roto un santo sacramento, Teresa zanjó por lo sano y en 1978 se divorció por primera vez. Para redimirse, se desplazó a Múnich, donde vivía José Rifa, un sacerdote fiel seguidor suyo. Quería pedirle consejos y tal vez absolución. Salieron del confesionario camino del altar. “Esta unión fue un fracaso total”, reconocerá ella. Otro divorcio a cuestas, y ambos
pagados por ella.

Este matrimonio durará catorce años; al cabo, el buen eclesiástico volvió al redil y se metió en un
convento con un peculio semejante al anterior. Así, magnánima, compensaba ella los placeres de una vida
familiar. Estas experiencias matrimoniales la llevaron a pensar, medio en serio, medio en broma, que para una cantante, un marido es una equivocación: deberían echarse un amante que no viviera con ella, que asistiese a sus conciertos, que pasaran la noche juntos y que el día siguiente desapareciera. Una evolución hacia esa sana actitud se efectúa en noviembre de 1955, cuando en Chicago interpreta de forma alucinante L’heure espagnole, de Mauricio Ravel.

Dice ella: “Me fascinó esa mujer desbordante de vida y de humor, que un día que en ausencia de su marido juega al escondite con sus amantes antes de echarse en brazos de un robusto descargador”. A Carmen le debe su autonomía. “Cuando me atreví con Carmen también me sentí con valor de recomenzar mi vida”. En 1993 Teresa alcanzó su gran amor, el verdadero, el único, cuando tenía sesenta años, pero se le echarían cuarenta. El afortunado fue un diplomático al que conoció en la embajada de España en Tokio. Lo mismo que Carmen decide conquistar a Escamillo (Il me plaît, je le veux), Teresa pensó este hombre será mío. Durante dos años y medio, la pareja vivió un amor total, profundo, absoluto, sin ataduras religiosas o sociales.

Yo me instalé en París y dejé de verla durante unos cuarenta años, pero continuamente me llegaban ecos de su reino en el mundo de la ópera con sencillez y grandeza. En pleno apogeo, viene a Paris a interpretar las Siete canciones españolas de Manuel de Falla, acompañada a la guitarra por Narciso Yepes. Ahí nos reencontramos. Hablamos mucho de nuestras juventudes en Madrid, de lo que fue de nuestros amigos comunes. Ella sublime, como siempre, me invitó al concierto de la noche en la Unesco. Me irritó mucho verla mermada por el guitarrista, torpón y sin gracia. Entre canción y canción, cada dos o tres minutos, Yepes pasaba por lo menos cinco afinando la guitarra, levantando el taburete, secándose el sudor, de modo que el espectáculo perdió todo su encanto. Así lo escribí
en la revista Triunfo. A Yepes le sentó muy mal, arremetiendo públicamente contra mí. Intervino entonces
Teresa en mi defensa.

Hace unos cinco años, en un recital en Santander, Teresa se quedó sin voz en el escenario. Puros nervios, sin duda. Estaban operando a su nietecita de apendicitis y le habían dicho que la intervención se alargaba un poco. La Teresa de siempre se puso a fantasear y se le obstruyó la garganta. Pensó que se trataba de una señal para retirarse.
Ha rechazado ofertas de Claudio Abbado para volver a la Scala de Milán; se niega a dar clases en el Conservatorio de Madrid. En cambio, ha recibido más de cien condecoraciones, destacando la medalla de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que la reconoce como su primera mujer Académica de Número, así como tampoco desdeñó
la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes de 1982, ni la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. Entre los méritos que se le reconocen ¡al fin! para la obtención de tan altas distinciones figura “su trayectoria internacional,
mantenida y aclamada en una carrera superior a medio siglo de actividad profesional que la emplaza, por sus atributos extraordinarios, entre los primeros cantantes del siglo XX”. También aceptó el homenaje que le rindió el Teatro Real el 21 de junio de 2013.

Ahora vive en un caserón del siglo XVII, situado justo enfrente de la Basílica de San Lorenzo de El Escorial, por cuyas ventanas se cuela una luz “digna de Vermeer”, presume ella. Allí aloja su historia y sus recuerdos: Todo lo que ha ido atesorando a lo largo de ocho décadas –“he tenido una vida llenísima, no solo de éxito, también de la felicidad de poder cantar”–.

Pero ya no volverá a los escenarios. Desde el percance de voz antes aludido, teme estafar a un público “que no paga un billete entero para escuchar a una cantante a medias”.

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