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Carlos Velo

24 enero, 2014

carlos veloLos caminos de la vida son inextricables; uno ignora donde se mete y desconoce en qué mundo irrumpirá. El caso del biólogo gallego Carlos Velo es ejemplar: Un buen día el director del Museo de Ciencias Naturales de Madrid donde trabajaba, le llama para rogarle que le resuelva un compromiso que tiene con su amigo Luis Buñuel: enviarle a París unas hormigas para la película que estaba filmando. No es que en Francia escaseen los insectos, pero a Buñuel las hormigas francesas se le antojaban muy lentas. Quería hormigas rojas del Guadarrama, más veloces y excitables. Carlos Velo consiguió una colonia de Formicas del grupo rufa en la Sierra, recolectó un montón de ellas en un talego con hojas de pinos para conservar la humedad, y su jefe se las remitió a su amigo de París. Esos bichos se volvieron famosos: pueden verse en el drama surrealista Un Perro andaluz, cortometraje realizado por Luis Buñuel y Salvador Dalí en 1928.

Tras la peripecia entomológica, Carlos Velo abandonó la ciencia y desembocó en el mundo artístico frecuentando el célebre café “La Granja”, en  la calle de Alcalá. Allí se reunían los jóvenes intelectuales  para escuchar a Unamuno y Valle-Inclán; supo de las sesiones de cine- club que por iniciativa de Buñuel se daban en la Residencia de Estudiantes y se descubrió como espectador activo de los films de Flaherty y Einsenstein. La primera película que tuvo en sus manos fue El acorazado Potemkin, que logró llevar a su casa durante tres días para desmenuzarla.
Ya cineasta vehemente, en 1933 fundó el cine-club de la Federación Universitaria de Estudiantes (FUE), espacio opuesto a “Las Caras Pálidas”, los salvajes de la Universidad incorporados en las filas de la Falange. A través del cine-club estableció contacto con García Lorca y otros compañeros que representaban la extrema izquierda del momento.
La guerra civil lo atrapa en Cartelle, su pueblo natal, que la presión de los falangistas le obliga a abandonar. Tras su paso por Sevilla, se traslada a Marruecos, desde donde huye a Francia y regresa a Barcelona para ponerse del lado republicano e incorporase en el Servicio Cartográfico del ejército.
Tanto activismo le lleva al campo de concentración de Saint Cyprien, en el sur de Francia, en el que se hacinaban miles y miles de refugiados. Llevaba consigo una lata de película que guindó en lo alto de una estaca para señalar que allí vivía un adepto del cine, y convocó a su alrededor a numerosos refugiados amantes del nuevo arte. Una mañana se alborozan todos al escuchar un mensaje del presidente mexicano Lázaro Cárdenas que llegaba por los altavoces: “Combatientes leales a la República española, México les aguarda con los brazos abiertos. Aquí encontrarán el refugio de una nueva patria donde trabajar”. Escondido en el Chevrolet de un suizo de las Brigadas Internacionales, Velo cruza aquella misma noche la campiña francesa hacia París donde se reunirá con su mujer Marilyn. Allí, el escritor Fernando Gamboa les entrega sendos pasaportes y una carta de presentación firmada por el embajador mexicano Narciso Bassols. Lo acredita como profesor de biología y documentalista. Embarcan rumbo a Veracuz en Sète, en el vapor Flandre.
En México enlaza con el cinema. Para ofrecer sus servicios como documentalista, se presenta en el Departamento Autónomo de Propaganda y Publicidad (DAPP) con la carta que le había dado Bassols en París. A partir de ahí, todo se empalma. En 1941 trabaja para el EMA (España, México, Argentina), empresa del general Azcárate. Realiza una serie de películas, entre ellasRaíces, con la que obtiene el Premio de la Crítica en el Festival Internacional de Cine de Cannes de 1953. El antiguo profesor de Historia Natural entra de este modo en lo más vocacional de su vida.
No por ello desdeña participar en diversas actividades alentadas por los exiliados. En 1949 fue uno de los socios fundadores del Ateneo Español de México. Identificado con la causa galleguista, participó también en la creación del Patronato de la Cultura Gallega y alentó la aparición de la revista Vieiros, que codirigió con Florencio Delgado Gurriarán y Luís Soto. Precisamente, a principio de los años 1960 me escribió a París pidiéndome una colaboración para Vieiros. Le mandé un estudio sobre las lenguas minoritarias y la Revolución Francesa, cuyo desdichado lema era: “Una sola revolución y una sola lengua”.
Conocí a Velo en 1967, cuando él andaba por los sesenta y cinco años y yo quince menos. Desde el principio  hicimos buenas migas. Yo trabajaba en Radio Francia Internacional y tenía programado cubrir el festival para mi servicio en lengua española. Conocía a Velo de cuando viniera a presentar su película “Pedro Páramo” en el festival de Cannes. También había visto su documental “!Torero!”, que ofrece una fascinante visión del miedo en el diestro Luis Procuna y es un magnífico documental que recoge el espíritu del Méjico miserable de las calles sin asfaltar donde intentaban sobrevivir esos olvidados de Buñuel, de los que Procuna sin duda debió formar parte. Fue suficiente para erigir a Velo en uno de los grandes cineastas, igual que a Juan Rulfo le bastó con Pedro Páramo para alcanzar la gloria literaria.
Así pues, fuimos juntos en mi coche. Unas ocho horas ir, tres días in situ y otras tantas volver: una suerte insospechada.
Hombre fino, de modales y habla precisos como buen entomólogo, Velo exhibía en permanencia una sonrisa irónica, que en mi pueblo diríamos pillabana. Era un sibarita. Me invitó a varios restaurantes y nunca me dejó pagar. “Tú eres joven, me decía, y una comida así representa la mitad de tu salario. A mí me paga la productora.”
En Canes nos aguardaban los interpretes de Pedro Páramo, entre ellos (ellas) Graciela Döring, que hacía de Damiana Cisneros en la película y Pilar Pellicer, quien en 1959 trabajara en Nazarínde Luis Buñuel y ahora en  “Pedro Páramo” encarnaba  a Susana San Juan. Me extrañé (todavía guardaba relentes religiosos) de que todas las noches las principales figuras femeninas compartiesen habitación de una sola cama. “Ese es uno de sus principales encantos”, suspiró Carlos Velo con su mirada picaresca y abriendo mis ofuscados ojos. “No puedo decir que Pedro Páramo sea un gran película, añadió: “es sumamente difícil transponer el pensamiento a la escritura; creo que nunca se hizo ni se hará.”
Tampoco le habrá sido fácil a Rulfo reducir un manuscrito de novecientas páginas para dejarlo en ciento sesenta. Nada es imposible.
Sí; la paciencia todo lo alcanza, decía Teresa de Ávila.
-Para más inri, los yanquis, principales paganinis de la producción, te impusieron al actor John Galvin, más parecido a un sheriff de cartón que a un cacique jalisqueño.
-Así es; cualquier actor mexicano hubiera encarnado mejor a un cacique que ha de creer en la relación entre el mundo de los vivos y de los muertos. Los mexicanos mantienen una fascinación particular por la muerte.
-También los gallegos, Carlos. No te lo voy a decir a ti. Basta con leer a Fole, a Dieste, a Cunqueiro y sus Memorias del Sochantre.
– Sí; Galicia tiene este culto a la muerte, únicamente comparable con el de Egipto. Se vive con naturalidad. Hay procesiones, como en Poba do Caramiñal, donde la gente se mete en ataúdes para celebrar la vida. La Santa Compaña o quizás, deberíamos decir, las almas en pena, en todas sus variantes, son el más genuino de los aportes tanto de la tradición gallega como de la mexicana a la cultura de la muerte. La tradición de las almas en pena está extendida por todos los rincones de Galicia, probablemente como herencia de las culturas de neolítico, hoy con versiones cristianizadas, en cada parroquia se cree o se vive de un modo diferente esta tradición cultural. De pequeño, le preguntaba a mi abuela por esas leyendas y respondía que eran cosas de viejas. Pero debemos cuidar una cultura más rica que en otras partes del mundo. Los egipcios y los judíos tenían sus rituales de protección, con papeles sagrados. Y en Galicia están los talexos, cubiertos de corteza de abedul y clavados en las puertas contra el mal de ojo.
 Hablamos mucho, en gallego, claro, de nuestra tierra y sus problemas. Tenía un cariño respetuoso y un tanto paternalista por Méndez Ferrín, cuyos ademanes románticos admiraba. (Por lo visto, Xosé Luis había pensado en tirarse desde un campanario envuelto en la bandera). También me expresó su incontestable amistad con Celso Emilio Ferreiro.
En 1973, el gallego Alejandro Finisterre, inventor del futbolín y albacea de León Felipe (que nada es irreconciliable), organizó en México un gran homenaje al poeta citado. El acto se convirtió en el mayor encuentro entre intelectuales del exilio y del interior. De México asistieron Carlos Velo, Ramón Xirau, Francisco Giner de los Ríos, Juan Marichal, y de España José Hierro, Andrés Sorel, Dionisio Ridruejo, Caballero Bonald con su pavoroso miedo al avión, José María Amado, José Miguel Ullán, Celso Emilio Ferreiro, Méndez Ferrín y un servidor: gallegos los tres últimos y miembros de la UPG (Unión do Povo Galego). Con nosotros iba, de París, Rodolfo Llopis, secretario  general del Psoe en el exilio, – recién desbancado de su cargo por Alfonso Guerra, Felipe González y otros Mújicas. Lloraba de emoción porque hubimos de hacer escala en Madrid. Por primera vez pisaba tierra española, aunque fuera la de Barajas.
Con Velo y Finisterre, los gallegos citados de la UPG, nos reuníamos en el domicilio de Luís Soto, un galleguista histórico compañero de Castelao. Echamos las bases de una nueva etapa de nuestro movimiento. Xosé Luís Méndez Ferrín acusaba al partido de derechización, de  progresivo acatamiento de las instituciones españolas, mientras que Luis Soto requería una reflexión sobre los rasgos distintivos del galleguismo y propugnó la unión de las fuerzas políticas en la diáspora.
Algún incidente se produjo: En la inauguración del monumento a León Felipe, cuando Dionisio Ridruejo fue invitado a ocupar una de las mesas centrales (él mismo se había apartado en el exterior, se alzó una voz en protesta. Era José María Amado, molesto de que un “fascista” como Ridruejo estuviera presente en actos de homenaje a un poeta de izquierda. La actitud de Amado extrañó e irritó a Finisterre, quien se vengó después a su manera e interpuso una demanda contra Amado por utilizar algunos poemas de León Felipe, cuyo albacea era él.
Con la llegada del Presidente López Potillo en diciembre de 1976, el panorama cambió radicalmente; no sólo para Velo, sino también para el cine mexicano. El nombramiento de su hermana Margarita López Portillo a cargo de la nueva dirección de Radio,Televisión y Cinematografía, desmanteló el Banco Nacional Cinematográfico. La principal víctima fue Carlos Velo. El jueves 26 de julio de 1979, que casualmente coincidió con la fecha conmemorativa de la Revolución Cubana, fue injustamente acusado, como luego se demostró, de fraude en la gestión de fondos públicos.
Los cuatro meses pasados en la cárcel menguaron su salud, aunque cuando hablamos lo tomara medio a guasa: Al llegar al reclusorio, el Director del penal lo esperaba en la puerta y le dijo que era para él un gran honor recibirle. Lo trataron a cuerpo de rey e incluso, al cabo de una semana, le invitó a cenar en su casa. Una comida opípara, con vinos franceses y todo. Carlos pensó que celebraban su liberación, pero al final el celador le invitó a salir por la puerta trasera y Velo volvió a dormir en el calabozo.
Fue reivindicado públicamente en el sexenio de gobierno del presidente Miguel de la Madrid, y en 1984 fue nombrado subdirector de medios audiovisuales en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
Cundo estaba en la cárcel  lo fue a visitar nuestro amigo común José María Berzosa.
-“Pero qué lástima lo de Chao, le dijo Carlos por lo visto muy afectado. Mira, con lo buena persona que era…” (A burro muerto la cebada al rabo. Siempre gusta saber lo que se piensa de uno después). A su vuelta a París Berzosa me llamó. ¿Sabes que Velo está muy triste por tu desaparición? Le mandé una carta por el cineasta Manuel Michel: “Querido Carlos, afortunadamente para los dos, tan cierto es que tú fuiste culpable como que yo he muerto. Un fuerte abrazo”.
En 1983 la Xunta de Galicia le otorgó el premio “Mestre Mateo”. Me hallaba yo por casualidad en el Hotel  Compostela, de la capital gallega. Lo descubro sentado entre un montón de personas. Me acerco, le cojo las manos…y él me mira con desconcierto.  Es el Parkinson, no lo tome a mal, alguien me dijo. Le doy un apretón aún mayor y me alejo con lágrimas en los ojos.
Falleció el 1 de marzo de 1988 en la ciudad de México. Sus cenizas fueron esparcidas en las inmensidades del mar de Veracruz. Así se cumplía su  voluntad: “Volveré a la Madre Galicia cando mis hijos depositen en la corriente del Golfo las cenizas de mis huesos, que irán a parar al Fisterre de los celtas”.
Ramón Chao
Referencias:
Margarita Ledo “Terra del chicle”, 1952
Teresa Velo, Los senderos de Carlos Velo. http://www.ejournal.unam.mx/uni/004/UNI00409.pdf
Alvarez Pousa, Luis.- <<Carlos Velo, nacionalista galego>>, in Teima, núm.24, 1977
Gubern, Romà.- <<Entrevista con Carlos Velo>> in Secuencias, núm.4, 1996
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  1. gallego permalink
    6 abril, 2014 12:18

    Rúa Carlos Velo, Ourense…..

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