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Francis Bacon: ese tipo que pinta trozos de carne asquerosos

11 febrero, 2014

f. BACON

Cada cinco años, la revista “Connaissance des Arts” realiza un referéndum entre cien personalidades de la crítica con la pregunta siguiente: “Cuáles son los diez artistas más importantes del momento”?  A Picasso se le deja sistemáticamente fuera de concurso. En 1965 el resultado fue, por este orden: Miró, Dubuffet, Max Ernst, Francis Bacon… En 1971,  Bacon aparece en primera posición, seguido por Dubuffet, Calder y Jasper Jones.

Sin embargo, Bacon era un perfecto desconocido. La primera ministra británica Margaret Thatcher hablaba de “Ese tipo que pinta trozos de carne asquerosos”, y los que habían oído hablar de él lo consideraban “un dandy inglés descendiente de un filósofo elisabethiano.”

Una obra de “ese tipo que pinta trozos de carne asquerosos”  titulada “Tres estudios para retrato de Lucian Freud” se vendió 1969 por 142.405.000 dólares en la subasta de arte contemporáneo y de posguerra de la casa Christie’s de Nueva York, batiendo todos los récords universales en este tipo de ventas.

No era un artista de medianía, Bacon; se le amaba o se le rechazaba, porque su trabajo iba hacia el lado más oscuro y retorcido del alma humana con rostros, cuerpos y figuras desmembradas, mutiladas y expuestas desde distintos ángulos. Pierre Daix escribió entonces: “Ese inglés nacido en Dublin ha sabido elevar la pintura de su país hasta el primer plano de la modernidad, lo cual no se había producido desde Turner, a mediados del siglo XIX”.

Cumple decir que Bacon no hacía muchos esfuerzos en favor de la popularidad. Enemigo de declaraciones, pintaba únicamente por su placer, aislado en su estudio y aminorando la soledad con relaciones tenebrosas de bar.

Reacio a entrevistas y declaraciones, era prácticamente inabordable. Con motivo de la gran retrospectiva de su obra en el Grand Palais de París (1971-72), consintió en que para una película de José María Berzosa, la cámaras de televisión francesa le siguieran por Londres y Paris, penetrasen en su estudio y su intimidad, en los “pubs” que frecuentaba, de donde extraía modelos y amistades particulares. Gracias a esto, y a Berzosa, pude conocer a una de las figuras más sorprendentes del arte contemporáneo.

Tenía unos sesenta años y una leyenda de bebedor empedernido, protagonista de una bohemia siempre al borde del abismo, y se le imaginaba físicamente devastado; al contrario, su rostro era juvenil, terso, bien cuidado; vestía, además, con una estilo desatendido y discreto que combinaba el calzado con una casaca de cuero opaco y una camisa de rayas a juego con los zapatos.

Ante la cámara de televisión, ante los aparatos fotográficos o un simple bolígrafo, Bacon mostraba el mismo recato, un cierto temor cristalizado en la misma actitud agresiva.

-¿Qué quiere que le diga? No puedo explicar mis cuadros sin explicar mi vida. Y no quiero contar mi vida. Hay en ella tantas cosas que me llevarían a la cárcel…

Descendiente directo del filósofo Francis Bacon, su abuelo nunca dispuso del dinero suficiente para comprar el título de lord Oxford que le correspondía. Él se ríe de estas cosas durante el trayecto nocturno en coche desde el Grand Palais , de donde lo llevaba a su hotel todas las noches después de las grabaciones. Sin testigos ni micrófonos, parecía relajarse. La conversación sería siempre una contradicción constante, al abordar su obra y sus influencias. Si abordamos el expresionismo  o a Soutine, cuyas obras me venían siempre a la mente al ver sus cuadros, me decía que no sentía ninguna admiración por él. En cambio, le fascinaban Velázquez, Rembrandt y el Goya de los retratos; no el de las pinturas negras. Y que no le hablara de creadores cuya vida podía  sugerir la suya: Jean Genet, Luis Buñuel, Fellini con ciertas reservas.

-Quede claro que los rastros de surrealismo que hay en mí proceden de las películas de Buñuel, y no del payaso Dalí.

Extremadamente exigente con los otros -un día en Tánger, al final de una borrachera, le dijo a un pintor amigo suyo: “!Qué gran tipo eres!, pero qué mal pintas…” – lo era  igualmente consigo mismo. Quemó su primer cuadro  los 18 años, considerando que la pintura quedaría obsoleta cuando el cine cumpliera sus funciones, pero la industria del dinero lo había estancado. ¿Algunos genios del siglo? No hay genios, repetía. Eso son tonterías. ¿Picasso? Quizá, pero pintó tanta basura…

No íbamos directamente del Grand Palais al hotel; siempre me pedía que lo llevara antes a un bar especializado en prostitución masculina sito en el número 7 de la calle Sainte Anne, por eso llamado “Le sept”. Era drástica la selección en la entrada y los precios disuasivos. A mí me permitían entrar por algo que le susurraba al matón de guardia. ¡Qué no le habría dicho! Tenía mesa reservada, y su presencia atraía a mignons y a hombres célebres bien conocidos por su inclinación sexual. Nos cruzábamos con Iggy Pop, Michel Guy, entonces ministro de Cultura, el dibujante argentino Copi, que yo conocía bien, Patrick Juvet,  Yves Saint Laurent, Andy Warhol. En el piso de abajo resonaba la música disco, un género que se impondría en aquellos años. El sótano  estaba alumbrado por tubos de neón multicolores,  y todas las paredes tapizadas por espejos para que los bailarines pudieran admirarse bien aparejaditos.

Todas las noches Bacon desaparecía  durante media hora y retornaba ebrio y radiante. Subíamos al coche  y se acabó lo que se daba. Le pregunté por qué no había permitido que lo filmaran en el primer piso del Grand Palais:

-Porque esos cuadros son horribles. No quiero ni verlos.

-¿Por qué los expuso?

-Ya no son míos. Pertenecen a un coleccionista noruego que me los prestó para esta exposición.

Una vez terminada una de sus obras, Bacon sentía la necesidad absoluta, irresistible, de destruirla. Y así hizo con la mayor parte de su producción hasta 1950. Desde entonces, su marchand montaba una guardia ante su estudio para arrancarle los cuadros recién terminados.

Sobre otros artistas, su juicio solía ser gratuito o cruel: “? Cómo se puede estar toda una vida pintando burros y cabras que vuelan?, decía refiriéndose a Chagall. Y sobre Miró: “Es tan inocente como su pintura”.

-Mi padre se dedicaba a la cría de caballos de carrera en Dublín, donde nací y me crié entre apuestas y purasangres. De ahí proviene mi pasión por el juego, junto el alcohol y la pintura. Así que sería exagerado me eduqué.

Su padre le echó de casa cuando contaba 16 años al descubrir su pederastia. Una leyenda cuenta que lo había sorprendido  vestido con las prendas interiores de su madre complaciendo  a  varios muchachos con felaciones. Sin embargo, su madre le giraba una cantidad suficiente para que pudiese vivir en Londres.

-¿Y no frecuentó ningún canal de enseñanza¸ ni profesores de dibujo ni academias de arte?

-Nada: La influencia más importante que me llevó a pintar fue la visita a una exposición de Picasso en París. Me impresionó y sería una influencia definitiva en mi trabajo: Aquellos pierrots desnudos, paisajes y escenarios me impresionaron enormemente, y después pensé que quizá yo también podría pintar.

Bacon decidió que el tema de sus pinturas sería la vida en la muerte: debía buscar su yo más vital, pero también el más autodestructivo. Michel Leiris le tranquilizó: «el masoquismo, el sadismo y casi todos los vicios, en realidad, son tan solo maneras de sentirse más humano».

— Leiris era buen amigo mío, y muy generoso.

Desde entonces su obra varía entre  violencia,  crueldad y tragedia, y el « olor a sangre » le acompañará en sus grandes trípticos que reflejan aspectos de su vida, de sus amigos y su admiración por Vélazquez, Vincent Van Gogh,  Picasso, etc.

Por eso Bacon ignoraba totalmente la moral de hombre medio en todas las manifestaciones de la vida –desde el amor a la amistad, del alcohol al juego, de lo permitido a la prohibición.

-¿Autodidacta también en arte?

-Tanto en mi vida como en mi persona he sido alumno de mí mismo. Traté de buscar una técnica capaz de reproducir la realidad profunda y no la apariencia de las personas.

-¿Cómo se las arregla para empezar un cuadro?

-Permanezco varias horas en el estudio sentado en un taburete ante el lienzo, inmóvil sin pensar en nada. Sé lo que quiero, pero no cómo realizarlo. Comienzo con algunos trazos en la tela hasta que una línea, una mancha me sugiere el método que debo seguir; es el accidente, lo que otros denominan inspiración, que se sitúa a un nivel irracional. Cada  vez que logro plasmar una idea dejo de ser consciente de lo que estoy emprendiendo.

-¿El alcohol puede ser un “accidente” capaz de desviar su mente hacia la creación? ¿ Y las drogas?
-No; lo que gano en libertad y espontaneidad lo pierdo en espíritu crítico.

Al contrario de Picasso, quien manifiesta un amor lírico por los humanos y por la naturaleza, el universo de Bacon es ante todo la ciudad, las calles sórdidas y contaminadas, los “pubs” londinenses  donde encontraba modelos y amigos, incluso a precios desorbitados. ”Me gusta rodearme de hombres, aunque tenga que comprarlos”, solía decir.

Eran las dos de la madrugada cuando se terminó el último día de rodaje en el Grand Palais. Por última vez lo acompaño a su hotel de Saint Germain de Près. Lo siento cansado, nervioso. Una vez más le hablo del pesimismo, del desasosiego  que producen sus cuadros. Sale el Bacon tierno, cariñoso, que se justifica. ¿Cómo se puede ser optimista con la idea de que la muerte nos está ganando continuamente segundos y minutos?  No veo ninguna razón para  ser optimista.  Yo estoy continuamente angustiado por la muerte; no por la muerte en sí, sino por el instante preciso en que se va a producir. Creo que será un momento intenso de la existencia. Por eso me gustaría poder dominarla;  decidir el instante y el lugar de esa experiencia. Creo, pues, que me suicidaré.

-Eso mismo lo escribió Ciorán demasiadas veces y nunca llegó a realizarlo.

– Quizá no tuviera valor para ello, como me falta a mí. No se trata de un valor físico y menos de un temor religioso, sino del miedo al ridículo en caso de un intento frustrado. Creo que ahora venden en las farmacias productos muy eficaces como es que utilizaron los nazis.

-¿El cianuro?

-El cianuro; eso es.

El suicidio era corriente entre sus amantes. Después de ocho años de relación tormentosa y violenta, Peter Lacy, el primero, se mudó a Tánger donde se inmoló con drogas y alcohol. En 1964, Bacon conoció a su nuevo amante por muchos años, George Dyer, de la manera más inaudita: le sorprendió robando en su taller y (según contaba  el propio artista) terminaron la noche en la cama.

Eran las tres de la madrugada y Bacon no paraba de parlotear; frases descosidas, incoherentes, como  queriendo prolongar la situación. Le insinué mi deseo de regresar a casa. Al momento lo comprendió. Se despidió furtivamente y esperé hasta verlo entrar en el ascensor. El día siguiente supimos por la prensa que dos días antes, en aquel hotel de Saint Pères, y en su propia habitación su amante Georges Dyer , a quien había traído especialmente de Londres  para asistir al vernissage de esta exposición, se había suicidado tres días antes con barbitúricos                                                                                                                                                                                                                                                                                                          Su retrato, deforme y maltrecho, colgaba en varias versiones por los muros del Grand Palais, lo que puede significar ahora una premonición.  Veo subir a Bacon a su piso en ascensor para ocuparse de su muerto.

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