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Pablo Neruda

14 febrero, 2014

PABLO NERUDA

Nacido el 12 de julio de 1904 en Parral (Chile), criado en el lugar de Temuco (“entre la poesía y la lluvia »), Ricardo Neftalí  Reyes Basoalto pierde a su madre antes de cumplir dos meses; veinte años después intuye que con nombres tan infrecuentes nadie lo tomaría en serio; adopta el apellido del escritor Jan Neruda, uno de los principales representantes del realismo checo y miembro de la llamada Escuela de mayo.

Todo en él resulta autobiográfico; todo lo convierte en poesía: Mi infancia son zapatos mojados, troncos rotos caídos en la selva/ devorados por lianas y escarabajos/ dulces días sobre la avena / y la barba dorada de mi padre saliendo/ hacia la majestad de los ferrocarriles.

Hijo de pioneros araucanos, conductor de locomotoras, su padre lo llevaba a su lado por la selva de Boroa, al sur de Chile, escenario de enfrentamientos entre conquistadores y araucanos, “que con el tiempo fueron despojados de su territorio y posteriormente aniquilados por los colonos”. Neruda abandona tempranamente sus estudios “por la política, la poesía y el amor”: a los veinte años escribe Veinte poemas de amor y una canción desesperada “, poesía llena de romanticismo, de melancolía y dolor).

Mujer, me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Cuando en 1927 termina los estudios de diplomacia lo nombran cónsul en Rangún (Birmania). Durante un año de tristeza y soledad escribe Residencia en la Tierra, de estilo más cercano al surrealismo. Lo trasladan a Barcelona y luego a Madrid, de forma que reside en España entre 1934 y 1936. La Castellana y el barrio de Argüelles madrileños fueron los lugares más frecuentados por él: “Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles. Desde allí se veía el rostro seco de Castilla, como un océano de cuero. Mi casa era llamada la casa de las flores, porque por todas partes estallaban geranios. “Raúl, te acuerdas? Te acuerdas, Rafael?  Federico, te acuerdas?

Entabla amistad con Miguel Hernández, León Felipe, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y  Jorge Guillén.

El asesinato de Federico García Lorca lo afectó en tal medida que en sus memorias escribiría: « […] la guerra de España, que cambió mi poesía, comenzó para mí con la desaparición de un poeta ».

Por su apoyo a la República fue destituido de su cargo consular. En 1939, se instala en París, y en 1939 el presidente Aguirre Cerda lo designa cónsul especial para la inmigración española en Francia, donde destaca como gestor del proyecto Winnipeg, barco que llevaría a cerca de 2.000 refugiados españoles desde Francia a Chile. El navío ancló en Valparaíso a finales de año. En el puerto los recibió Salvador Allende, entonces ministro de Salubridad del gobierno chileno.

Cuando se acercaba la victoria fascista en nuestro país se editó España en el corazón, poema incluido en la Tercera residencia:

Preguntaréis por qué mi poesía / no nos habla del sueño, de las hojas / de los grandes volcanes de mi país natal ?/ Venid a ver la sangre por las calles / venid a ver / la sangre por las calles / venid a ver / la sangre por las calles!

En 1948, la justicia de su país comenzó a perseguirlo, pues la llegada de Gabriel González Videla al poder, quien traicionó a los de su  partido y al propio Neruda, desató una ola de represión anticomunista. Algunas páginas del Canto General recuerdan algunos de los hechos, las detenciones arbitrarias, los campos de concentración de Pisagua, el exilio forzado de miles de chilenos y entre ellos el del propio autor. Un año después, y luego de llevar una vida clandestina en Santiago, entra en Argentina cruzando a caballo la cordillera por el paso “Los Contrabandistas»: “Teníamos que superar un río; esas pequeñas vertientes, que nacidas en las cumbres de los Andes, se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes, pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los vaqueanos, los campesinos que me acompañaban, me preguntaron con cierta sonrisa:

-¿Tuvo mucho miedo?

-Mucho; creí que había llegado mi última hora –dije.

– Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano –me respondieron.

-Ahí mismo, agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No vaya a suceder lo mismo con usted.

Antes de pasar la frontera escribió en una cabaña abandonada: “Hasta luego patria mía, me voy, pero te llevo conmigo”. Tras varios meses de incógnito, en los que  la prensa chilena proclama: « Se busca a Neruda por todo el país »; el 27 de noviembre de 1947 el  entonces senador había publicado en el diario El Nacional, de Caracas un documento político (“Carta íntima para millones de hombres“) en el que fustigaba las nefastas acciones anti-democráticas del presidente González Videla. Y aparece en Francia, para asistir al Primer Congreso Mundial de la Paz. Con gran solemnidad, Pablo Picasso, en el único discurso que pronunció en su vida, anuncia la llegada “de un hombre que viene escapando de América del Sur”.

Su principal protectora entonces fue la escritora Francoise Giroud -futura Secretaria de Estado de la Condición Femenina y Ministra de Cultura en el gobierno del presidente conservador Valéry Giscard D’Estaing. En los momentos más difíciles de esa etapa, lo acogió en su departamento del Palais Royal. Al mismo tiempo, Picasso, Aragón y Paul Eluard le arreglaban los papeles para conseguirle una presencia legal en París. Mientras tanto, la Cancillería francesa establecía un informe sobre los pasos que en esos tiempos daban los Neruda en Francia:

Neruda y su mujer, Delia del Carril, hacen frecuentes viajes a España, llevando y trayendo instrucciones soviéticas. Las instrucciones las reciben del escritor ruso Ilya Ehrenburg, con el que también Neruda hace viajes clandestinos a España. Neruda, para establecer un contacto más privado con Ehrenbug, ha alquilado y se ha ido a vivir a un departamento situado en el mismo edificio que habita el escritor soviético”.

Para Neruda, este informe contenía “una sarta de disparates” y con él se pretendía justificar su eventual expulsión de Francia. Vivía en el corazón mismo de la capital, a un costado del Museo del Louvre y no lejos de la Ópera.

Durante unos meses, comparte un apartamento con Rafael Alberti y María Teresa León en el Quai de L´Horloge, muy cerca de la plaza Dauphin. Allí, en palabras de Neruda, “residía el escritor francés (sic) Alejo Carpentier, uno de los hombres más neutrales que he conocido. No se atrevía a opinar sobre nada, ni siquiera sobre los nazis que ya se le echaban encima a París como lobos hambrientos”. Eso escribió Neruda en su libro de Memorias “Confieso que he vivido“, que tanto revuelo armó  en los círculos literarios latinoamericanos. Por otra parte, las páginas escritas por Alejo Carpentier sobre la guerra civil española, publicadas años más tarde por Julio Rodríguez Puértolas con el nombre Bajo el signo de La Cibeles (1979), dejan un testimonio que contradice singularmente la mirada del poeta chileno, no exenta de cierta malignidad. Los detractores de Neruda titulaban el libro “Confieso que he bebido”; sólo así, decían, se podía acusar a Carpentier de escritor francés y de cobardía. Ya el cubano había elegido entre comunismo y capitalismo, poniéndose al lado de Fidel Castro por su compromiso de denuncia y se había movilizado contra el avance del fascismo, así como su rechazo a las crueles tiranías americanas (Somoza, Trujillo, Batista) a las que, genialmente, superpuso las herramientas cartesianas para alumbrar el “Recurso del método”. Carpentier, por su parte, profesaba una sincera admiración por la poética apasionada del chileno y se refería a inolvidables veladas en el Madrid bullicioso de la II República en las que Federico García Lorca le hablaba de “oscuras fuerzas telúricas”, y “Pablo Neruda me leía poemas cuyos versos me hacían asistir a la mineralización de un personaje”.

Sin duda, el triunfo de la Revolución en Cuba y sus responsabilidades políticas, especialmente en labores diplomáticas, influyeron en que adoptase una posición distante hacia sus antiguos colegas de Madrid o París. Estaba acostumbrado a esos tipos de cotilleo, y la acusación de Neruda no le inmutó. Lo que más le dolió fue que lo tratase de “escritor francés”. Se explicaba con vehemencia: En 1933 escribí una novelita en francés titulada “Historia de lunas”. Cuando Robert Desnos la leyó, me instó a que escribiera otras, para publicarlas en Gallimard; lo intenté, pero pronto me di cuenta  de que el francés no era el idioma en que me podía expresar. Lo había aprendido de forma mecánica hablándolo con mi padre, pero nunca estudié la gramática ni la estructura de esa lengua; y como creo que lo esencial para un escritor es dominar su instrumento de trabajo, comprendí que en francés no tenía la misma facilidad que en español. Además, el español es un idioma espléndido, de una flexibilidad, de una riqueza, de unos recursos literarios incomparables, y sobretodo ofrece facilidades extraordinarias al prosista y al poeta en cuanto a la posibilidad de  jugar con la frase, de verbalizar sustantivos… Con el castellano se puede hacer de todo, que no en francés, tan dependiente de las reglas, sometido a una lógica cartesiana que te paraliza”.

Lo conocí en 1970 cuando era Consejero Cultural de la embajada de su país en Francia. A su alrededor, en un palacete de la avenida de la Motte-Piquet, estábamos entre otros Miguel Ángel Asturias, el crítico Saúl Yourkévitch, el cineasta Isidro Romero y yo, en tanto que periodista de Radio Francia Internacional. Aquel día se mostró atento y deferente con todos, aunque se le notaban barruntos de aspereza. De todos modos aceptó de buen grado la oferta formulada por Romero de que iríamos a Estocolmo a cubrir la ceremonia de entrega, él para la TV francesa y yo para la revista “Triunfo”.

Hacia 1980 nos encontramos en La Habana, donde yo preparaba un libro sobre él, hurgando en la Biblioteca Nacional José Martí. De pronto descubrí una correspondencia entre Neruda y Carpentier, de cuando mi amigo era director de las Publicaciones Nacionales. Le solicitaba a Neruda autorización para editar en Cuba Residencia en la Tierra. En su contestación, el futuro premio Nobel le pedía una suma de dólares astronómica para la economía cubana. Carpentier insistió en otra carta: “Julio Cortázar nos cedió todos los derechos”. A lo que Neruda replicó: “Es que me lo exige el agente literario.”

Quise publicar el cruce de cartas en la revista “Triunfo”, con el permiso de Alejo. Le mostré las fotocopias. -¿De dónde las sacaste? – me preguntó sorprendido. – Pues de la Biblioteca José Martí – respondí yo.

-! Dámelas! ¡Neruda era un hijo de puta, pero no se puede decir!– me soltó con discreción.

Se han dado muchas explicaciones a esta enemistad recíproca, bien alejada de la política y de las letras: pero hurguemos en otros motivos o mejor, ¡Cherchez la femme! Se sabe cierto que Alejo Carpentier fue muy amigo de Diego Rivera y llegó a casarse con su hija ilegítima, Eva Frejaville, francesa, muy culta, modelo y carente de prejuicios en lo referente a sus relaciones sentimentales. Casada con Carpentier en Madrid, tuvo amoríos con Pablo Neruda, quien lloró su pena en el poema: “Abandonado”.

Era la alegre hora del asalto y el beso.
La hora del estupor que ardía como un faro.
Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!

Eva y Alejo regresan a Cuba Allí la joven se lanza en brazos de escritores, artistas como Carlos Enríquez, sin desdeñar a varias cupletistas de cabaret. Antonio Saura, buen amigo de Carpentier, me contó que al descubrir el cotarro, enfurecido y medio chispa, Alejo agarró un pistolón y se presentó en el taller de Enríquez.  Al encontrarse cara a cara, se echaron en brazos el uno del otro y ahí se acabó todo. Eva despareció de la vida de Carpentier, quien por lo visto no quedó muy afectado por la pérdida de su esposa, en quien se inspiró más tarde para concebir el personaje desagradable de “Mouche” de Los pasos perdidos; en cambio su recuerdo siguió vivo en el alma de Neruda durante años.

Es la hora de partir, la dura y fría hora
que la noche sujeta a todo horario.

El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.
Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

Abandonado como los muelles en el alba.
Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

Es la hora de partir. ¡Oh abandonado!

One Comment leave one →
  1. 14 febrero, 2014 21:46

    Que haya pedido mucho dinero, aun tratándose de la economía cubana, no es de extrañar viniendo de Neruda. Tratar a Carpentier de escritor francés es venenoso, y tampoco debe extrañar cuando la daga viene del gran poeta chileno. Recuerdo que mi amigo Alfredo Gravina, escritor uruguayo nacido en 1913 y fallecido en la década de los 90, también vio un dia cómo –sin que mediara una disputa- Neruda le cerraba las puertas de la amistad. Se veían en Uruguay cuando el chileno venía a pasar todos los años unos días al balneario de Atlántida. Llegaron a tener una buena amistad hasta que Gravina rechazó el pedido de Neruda para escribir un libro contando la historia del poeta trasandino. Tomándonos un whisky, Alfredo me decía : «Yo sentía que era montarme en ancas del gran Neruda ; una no me gustaba pasar por un aprovechador, y dos, temía no estar a la altura». Esa delicadeza de Alfredo fue mal interpretada por Neruda, quien terminó por no verlo más. Lo más triste de esta anécdota que cuento es cómo Neruda era capaz de insistir a un amigo suyo para que escribiera un libro sobre él (pavada de megalómano).

    Lo de ‘Confieso que he bebido’ está genial.

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