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Cartas a Antón, de Bernardo García Cendán

23 febrero, 2014

Cartas a Antón, de Bernardo García Cendán
Prólogo de Agustín Fernández Paz.
Editado en febrero 2014 por el Instituto de Estudios Chairegos.
572 páginas (en gallego), 20 euros

Sepan cuántos esto lean, que Vilalba (Lugo) no es de Fraga ni mucho menos de Rouco Varela. Más lo sería de Antón, personaje ficticio surgido del magín de Bernardo Cendán; mejor todavía, Antón somos todos los nacidos en este lugar de Galicia cuyo nombre no podemos olvidar.
Este cura progresista es una referencia vital básica para los convencidos de que la realidad va más allá de lo tangible; para los que saben que la vida de un ser humano es lo que uno percibe, no solo lo que todos ven. El mundo interior y el exterior no son compartimentos separados y diferenciados. El pensamiento crea realidad, es realidad. A Cervantes no lo consideramos más auténtico que a Don Quijote. Incluso el escudero vive más entre nosotros que su creador. Bernardo sabía que los personajes irreales existen más que los corpóreos. Nunca dudó de las hazañas de don Quijote y Sancho, aunque ignorase la vida de Cervantes, tal como como sus propios biógrafos indican. Y las biografías, además de las propias referencias personales, son también los escritos.
AntónLa vida de Bernardo se desarrolló primero en Vilalba, lugar de su nacimiento y en Mondoñedo, donde fue ordenado sacerdote tradicionalista. Su giro hacia el progresismo se operó en Meudon, parroquia de Rabelais, donde en 1551 este escritor intuitivo pergeñó sus personajes Gargantúa, Pantagruel y otros, hoy más vivos que nunca, y de cuya existencia nadie se había percatado antes. En la parroquia de Meudon también frecuentó al padre André Aubry, tercermundista que recorrió media América Latina hasta establecerse en Chiapas (México). En San Cristóbal, Aubry creó el Instituto de Estudios Mayas, organismo básico para las actividades del Ejército Zapatista dirigido por el subcomandante Marcos, cuyo principal consejero fue él.
Sin duda en Meudon Bernardo descubrió que solo existe un camino. El de siempre, de la justicia e igualdad para todos. Comprendió que no tenemos huellas para seguir; que la vía habrá de hacérsela cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos que desordenan el bosque. Ahora entiendo que Bernardo desdeñara los amores de una monjita francesa que abandonó hábitos y convento por él, lo que tanto le reproché. Prefirió la soledad en Vilalba, sus paseos nocturnos a los que le obligaba su pertinaz insomnio, sus charlas interminables con todo hijo de vecino. De esas charlas salieron estas seiscientas páginas llenas de observaciones pertinentes y afectivas.

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