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Cristóbal Serra, el discreto escrutador.

8 mayo, 2014
SERRE copiemmini (1)
Como todos los veranos, aquel de 2012 fui a Mallorca dispuesto a compartir almuerzos y charlas con Cristóbal Serra, como acostumbraba; tenía tanta devoción por este escritor insólito  y recluso que hasta lo ponía a la par de mis admirados Álvaro Cunqueiro y Juan Carlos Onetti. El humus  de su tierra, la hondura chispeante con que abarca diversos y hasta herméticos temas, ocuparon sus preocupaciones hasta el fin de sus días,convirtiendo a este escritor provinciano en figura universal, tal como predicaba Unamuno.

Nacido en Palma, hijo de una familia acomodada, en su niñez  sufrió los desastres de la Guerra Civil, a la par de una tuberculosis que lo  mantuvo en cama durante unos cinco años.
El médico aconsejó que me expusieran al sol y a los aires marinos;  de modo que si alguien busca una influencia en mi  obra habrá de recurrir al mar y a la costa.
Por eso vivió su adolescencia en el Puerto de Andratx. No le apetecía salir del pueblo y ya entonces rechazaba la notoriedad, cosa singular en nuestros días. Creador de universos anclados en la tradición inconcreta del conocimiento, explicaba que “la imaginación es omnipotente y nutre la realidad; basta figurar una cosa para que ésta cosa exista”.
 Debió de ser el año 2004 cuando tuve la suerte de conocerlo, llevado a su casa por Miguel Servera, a la sazón director de la Fundación Miró de Palma.
Vivía solo en un modesto pisito de la Avenida de Argentina. De entrada se mostró atento, afable y a menudo dicharachero. Su presentación fue escueta e inmediata “Tengo 82 años. Leo y escribo traducciones del Tao, Swift, Blake, Bloy, Melville, Michaux, Papini, Rabindranath Tagore” …
Corre y saca de un cajón una carta en la que el poeta indio le felicita por la traducción de sus versos.
Me toca ahora a mí presentarnos. Primero mi esposa, Felisa, nacida en Bilbao…(Y él salta del sillón, vuelve a su biblioteca y regresa con un libro en la mano).
– Mira, Felisa, este libro de Milosz asegura que los hebreos son los eberos, los íberos; lo que le lleva a afirmar el origen común de ambas tradiciones: la hebrea y la eusquera. Dicho de otro modo, el pueblo judío es el que con mayor pureza ha conservado la idiosincrasia ibérica.
Interviene Miguel Servera:
-Y este es Ramón Chao. Escritor gallego que escribe en castellano.
-¡Y qué razón tiene! Soy gran admirador del castellano, lengua que considero muy superior a mi literatura.
Empezó a tutearme cuando se aseguró de nuestras coincidencias enigmáticas, que atribuyó a mi condición de gallego y a mi libro sobre Prisciliano. Su inmensa cultura agnóstica me descubrió prolongaciones insospechadas.
Este obispo ha dado mucho que hablar desde que fue decapitado y dejó de saberse en qué sarcófago se hallan sus despojos. Digo esto porque a diferencia de los priscilianófilos, no estoy muy seguro de que sus restos yazcan en el sepulcro de Compostela.  También tengo mis dudas sobre su paradero, porque al final de las Visiones de Ana Catalina Emmerich, el lector descubre que Santiago es el único apóstol que, por llegar tarde a Éfeso, encuentra ya exánime a la madre de Jesús. Lo cual lleva a sospechar que Santiago no acabó sus días en tierra gallega. ¿Puede alguien demostrarlo?
Prisciliano le interesaba porque a él le unía la “expectativa apocalíptica”.
“No fue el hereje desmandado que nos pinta don Marcelino, sino un maniqueo de altos vuelos. Cristiano apasionado, pronunció palabras inquietantes“Condéname porque no sé, condéname porque no leo, condéname porque no investigo en la pereza ociosa en que vivo”.
Con una sonrisa irónica decía, volterianamente, que los restos allí encerrados son de burros, animales por los que sentía gran devoción.
-Salta usted de Prisciliano a un borrico ¿cómo explica este brinco?
Hace más de medio siglo entré en una librería de viejo de Valencia y descubrí El asno ilustrado, un tomo de 1837 firmado por el clérigo Manuel Lozano Perez Ramajo. Desde entonces no paro de meditar en la sabiduría de este animal,  su pausado ritmo mediterráneo y su labor silenciosa y callada. Se le tiene por necio, cuando es la criatura más sabia. Por éste y otros títulos, que no son pocos, la vox populi le recompensó con el privilegio de ser el único que soporta los fulgores del rayo.
En El asno inverosímil (2001), Serra da cuenta de su asnomanía, pasión que lo llevó a fundar una Hermandad Asnológica regida por el siguiente aforismo: “sin reverencia al asno decae toda civilización, pierde esta su carácter sacro y se vuelve vertiginosa y alocada”.
Napoleón disponía de un cuerpo de observadores de orejas de asnos. Las mandaba consultar antes de cada batalla: el temblor de las orejas, por ejemplo, anticipa eventos meteorológicos y propiciatorios. También, de unas palabras de Plinio se colige que hubo rebuznantes (imitadores de rebuznos) en los anfiteatros romanos. Debieron ser éstos los primeros en descubrir el arte rebuznadora, que llevarían a la perfección Apuleyo en “El asno de oro” y Cervantes en el Retablo de Maese Pedro: “No rebuznaron en balde / el uno y el otro alcalde”.
Gracias a ellos, Serra se sentía menos aislado. De sus búsquedas dedujo que a los primeros cristianos llamaran “asinaios” por mofa, al ver que adoraban una cabeza de asno.
También Aarón el pacificador, hermano de Moisés, sumo sacerdote de los hebreos adoptó esas orejas de burro sobre su cabeza, distintivo jerárquico que se convertiría en tiara episcopal.
-¿Cómo la que lleva Rouco Varela?
Y toda la jerarquía, de arriba abajo ¿Acaso sólo se la merece el señor Rouco?
-Fue mi amigo de infancia y adolescencia. Desde luego que por tozudo puede alcanzar lo que sea, mas no por inteligente.
Ante mi experiencia de los borricos, Tófol (así le llamábamos los amigos) decidió proponerme para miembro honorífico de la Cátedra de asnología, creada por él en Palma. Antes quiso saber si en mi pasado figuraba algún acto que avalase mi nombramiento.
– A ver si sirve este: Hace años se creó en París una asociación llamada “Platero” –le indiqué-, formada por Octavio Paz, Juan Goytisolo, Elena Garro, yo y pocos más. Nuestra misión consistía en denunciar las brutalidades que se cometen con un ser tan apacible. La Asociación me envió al carnaval de Villanueva de la Vera, en Cáceres. Allí sacaban del ayuntamiento a un muñeco de trapo montado en un burro de carne y hueso que soportaba toda clase de jayanes y golpes sobre su lomo. Además, en el maletero del coche llevo la pegatina de un burro balear.
Es de creer que mis méritos, indiscutibles, no resultaban suficientes como para merecer el alto honor que deseaban otorgarme; días después recibí un mensaje de la secretaria de la Asociación, en el que se me reconocían virtudes imaginarias e irrefutables:
Tal día como hoy, hace unos tres años, cuando usted salía a mediodía de la iglesia de Santa Eulalia, a una paloma le dio por descargar las tripas desde el campanario, cayendo las defecaciones en su caletre. Que suceda en el mismo lugar, a semejante hora, en análoga parte del cuerpo y que lo haga el susodicho animal, le ocurre a un humano cada dos o tres siglos:
Esto fue más que suficiente para que Cristóbal Serra decidiese ipso facto que usted queda elegido miembro honorario de la cátedra de asnología.
Esta distinción constituye un gran honor para mí, aunque llegué a saber que la cátedra de marras, con secretaria, alumnos y bedeles, no sumaba más de cinco miembros. Me puse a reflexionar que, tenido por símbolo de la ignorancia y de la testarudez, y a pesar de provocar la irrisión general, el asno es desde antaño el más servicial de los animales.
-Dime, Tófol, acabo de crear una fundación de Amigos de Prisciliano. Queremos que los restos que puede haber en la cripta sean sometidos al Carbono 14. ¿Quieres formar parte de ella?
-Eso, por lo menos, puede eliminar a Santiago, lo que ya es mucho; pero no nos certificaría que se trate de Prisciliano. Dicho esto, acepto gustoso tu invitación. ¿No se puede llamar a un artista gallego para que actualice la obra del maestro Mateo, como hizo Barceló con la catedral de Palma?
-Pienso, por ejemplo, que Leiro comparte muchas semejanzas con el muchacho de Felanitch.
-Pues que le encarguen, por ejemplo, arreglar las falsedades históricas de la fachada que reproduce la Batalla de Clavijo, la Traslación de su cuerpo a Galicia, y que de paso rehabilite a Prisciliano… Dinero hay. Que atribuyan a estas obras indispensables el presupuesto de la engorrosa Ciudad de la Cultura y todos saldríamos ganando.
Pese a su aislamiento, Péndulo, la primera obra de Serra, no escapó a la sagacidad de Octavio Paz, lo que ya es mucho para un escritor clandestino y amante de lo ignoto. El poeta mexicano bautizó a su autor  “el ermitaño de Mallorca”: Serra habita el secreto con la misma naturalidad que otros nadan en el ruido. No es ni dragón, ni caballero andante, ni filósofo gimnosofista ni hechicero. Sabe sonreír y esa sonrisa lo aparta de los hombres modernos”.
Octavio Paz sabía que algunos de mis libros no son del todo míos. Me ayudaron varios escritores conocidos. Yo no hubiera reescrito Las Visiones de Catalina de Dülmen  si Brentano no las hubiese recogido y si una señora no hubiera querido iluminarme enviándomelas.
Reacio a los elogios, a los reconocimientos mundanos, se complacía en un aislamiento dulce e irónico, del que algunos le queríamos sacar ante su mirada incrédula y temerosa del bullicio.
-Tampoco existiría Efigies si a mis desvelos por archivar aforismos no los acompañara una serie de libros sobre la aforística universal. Sin Péguy, sin Lao Zi, sin Jules Renard mis gustos hubieran sido diferentes.
Soy ante todo un hombre de frases sencillas. No es extraño que viniera a verme el escritor Joan Guasp para que respaldara la creación de un Museo del aforismo en una vieja casa mallorquina. La idea no podía ser más altruista ni más insólita, pues Consell era más conocida por mondonguera que por fautora de aforismos. Es tan extraña allí esta palabra, que se celebró una sesión tormentosa para aclarar su significado, con bandos favorables  a esta clase de dicho inexplicable, y bandos hostiles.
-Usted prefiere el castellano al mallorquín. ¿Será porque brilla de autores  refraneros? : Gracián, Quevedo con los  Sueños, Bergamín. ¿Se trata de aforismos alejados de los suyos? En cambio, ha llegado a decir que el mayor aforista ha sido Raimund Llull, en mallorquín…     
Ramon Llull es el más grande e indiscutible  maestro de la metáfora viva. Sus aforismos son cuadros llenos de vida en los que reina el desvarío de una sociedad prevaricadora.  A veces la composición es tan breve como compacta; otras es amplia y plenamente desarrollada.  Abundan las similitudes de tipo mediterráneo como la del pecado, que simboliza con la rueda gemebunda  de la noria moruna. 
–Díme por favor un título de Llull para que me precipite a comprarlo.
Te diré “Félix”, para mí el inmenso libro del universo, al que trata de descifrar porque es libro que espolea a ser descifrado. El mundo es para él fuente de preguntas inquietantes; a través de ellas la duda, compañera de la Fe, hará insinuaciones propias de un “angelismo mefistofélico”. Es cierto que muchos capítulos dan pie a una terminología caduca que jamás mata el símil.
Con esta receta  Serra produjo obras singulares, como Viaje a Cotiledonia, Diario de Signos y otros títulos reunidos en 1995 en un hermoso volumen editado por Bizoc y Basilio Baltazar, autor del prólogo. Según éste, Serra  acepta «el destino de los raros, que es ser ignorado y vivir en paz”, porque « no quiere dominar a los hombres», sino que se limita a ser «escrutador de la minucia».
Una vez alcanzado el éxito editorial, Serra prometió abandonar las letras, ateniéndose a uno de sus aforismos“el que se aferra a la fama suele morir infame”. A pesar de ello, no cesó de escribir hasta su último día. 
Nunca quiso abandonar su isla ni la lengua castellana, a la que consideraba superior a su obra. Siempre sencillo, discreto y transparente, pocos conocían fuera ni dentro de Mallorca a este gran y misterioso escritor, orfebre de la brevedad, que odiaba el charlatanismo literario y  huía de la pomposidad (“quintaesencia de banalidad”) comprimida en aforismo.
-¿Como ese que reza “más vale estar solo que bien acompañado”?
-Bueno; eso es un retruécano a lo Bergamín, quien escribió “más vale pájaro volando que ciento en la mano”. Tiene su gracia, pero no  cumple con los objetivos del aforismo.
De eso hablamos la última vez que lo vi, en un restaurante situado a dos pasos de su casa, donde tenía mesa reservada. A los tres días me dijeron que Cristóbal había sufrido una caída, peligrosa a sus casi noventa años. Hube de conformarme con su voz en el teléfono, animosa como siempre. Por desgracia, no llegó a reponerse de la caída y falleció el 6 de agosto de 2012, a los 89 años y sin salir del cuasi anonimato.

 Mi amigo Guillem Ferrer, acompañado de Laura Buades, asistió a su entierro. Me contó que sus exequias fueron  similares a las de Mozart, al que por lo menos siguió un perro. En torno al cuerpo de Tófol, magníficamente ataviado con un manto de anacoreta, estaban su hermana, su asistenta, su editor, cuatro porteadores y un cura de misa y olla, quien aprovechó los funerales  para amonestar a los presentes por no ser católicos ortodoxos -, una forma de condenar al finado. Se conoce que el clérigo no había leído nada de él, ni tan siquiera su aforismo: Los que no ven más allá de sus narices, no sospechan la existencia de formas espirituales.
R.I.P
 
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