Skip to content

Onetti, el documental.

27 mayo, 2014

Onetti

Por primera y última vez me negué a colaborar con José Maria Berzosa  en un documental para Televisión. Se trataba de presentar Juan Carlos Onetti a los franceses. Avancé unas disculpas: No había leído toda su obra; era un tipo inaccesible y huraño. Berzosa había intentado hablar con él, desplazándose incluso dos veces de París a Madrid con resultado negativo. Hasta que yo, por quedar bien, le llamé desde Cuenca; contestaba siempre su esposa Dolly, hasta que ese día nos encontramos con asombro cara a cara él y yo, hilo por medio. “Quisiera hablar con el señor Onetti, por favor.”

–“¿Señor qué? ¡Aquí no hay ningún señor!” “¡ Hay un Onetti, y soy yo! ¿Qué desea usted?”  Mientras me caía el chaparrón yo imaginaba une estrategia, aun fuera en menoscabo de un gran amigo: “Para la TV francesa: queremos popularizarlo como  a un García Márquez cualquiera. “ “Pues les va a ser muy difícil” “Eso significa que lo vamos a intentar”. ”Bueno, ahí le paso a Dolly.”

Encantadora, Dolly me marcó tal día a tal hora: «Llamen desde el bar de la esquina”.

Allí estamos el día convenido los cinco, como un solo hombre: Berzosa, dos técnicos, la asistenta y yo.  Llamamos, y menos mal,  se pone Dolly. “Que suba uno solo, a ver qué pasa”. Ese uno sería yo, por la talla. Onetti estaba en la cama, con un bloc de colegial y una botella de whisky.  Amable, pese a mis temores: Aceptó recibir al equipo en pleno. Una vez instalados cámara y micrófonos, empiezo la entrevista.

– ¡Qué diferencia entre usted,  que parece tímido y retraído,  y el Onetti  arisco, ogro, huraño y misántropo del que se habla!

—Ya me han platicado de esa leyenda negra de Onetti. Como dice el tango, “no sé qué culpa he podido cometer, no sé…”. A veces me indigna, porque yo, conscientemente, nunca he hecho ninguna cosa mala en mi vida. Jamás trabajé con los codos por embromar a alguien, para trepar nunca hice como esos cretinos que se ríen para adular, aunque no entiendan de verdad o del todo la gracia, y siempre viví absolutamente ignorante de la práctica de todas las convenciones sociales. Por ejemplo, yo me tuteo con Sanguinetti (ex presidente de Uruguay) ;hace años que lo conozco y nunca le pedí nada. Me dieron un premio en mi paisito de dos mil dólares, donde, posiblemente, haya influido él, puede ser. Pero no sé cómo se puede hablar mal de Onetti. Sólo una novia despechada.

-¡O despachada!

-¡Alto! Ellas me abandonaron  a mí, aunque sin duda les di buenos motivos. Cierto que con ellas perdí varias bibliotecas y mis ilusiones.

-¿Qué lamenta más, los amores o los libros?

-Una biblioteca es difícil de montar. Hace unas semanas vino por aquí una niñita que me propuso ordenarme los libros. Adelante, le dije. A los pocos días me anuncia que ya había terminado. Fui a ver: Joye, Rulfo, Cocteau, Swift, Cortázar, Borges juntos, porque sus nombres empiezan por la jota; y así seguido.

-Espero que le habrá dado un buen cachetillo.

-No pude procurarme ese placer, porque la pequeña se había aventurado en un terreno en el que ni los ángeles se atreven a entrar.

Me digo que si le dejo hablar a su antojo, no podría aplicar la otra táctica que llevaba preparada: jugar a adivina adivinanza; leerle  fragmentos de sus novelas, de sus  cuentos, y  que él recordara el título y tirar del hilo,  época, condiciones en que fueron escritos, etc.  Aceptó el juego:

Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.

-Eso es el principio de El Pozo. Linacero estaba ansioso porque no tenía  cigarrillos. Recuerdo que escribí las treinta y dos páginas de un tirón, gracias a los milicos. Son los misterios de la creación, y esto lo digo con un poco de cachondeo. En el año treinta hubo uno de los tantos golpes de Estado en Argentina. Una de las medidas que tomaron los milicos (yo siempre digo “milicos”, sin ánimo de ofender a los pundonorosos militares) para salvar a la patria, fue prohibir la venta de tabaco los sábados y los domingos. Así que todos los viciosos como yo hacían su acopio el viernes, comprando dos o tres cajetillas. Y un viernes me olvidé. Pasé un fin de semana con un acceso de mal humor que se volcó en El pozo. Por eso temo que muchas de las opiniones de mi personaje Linacero no sean suyas; son del mal momento mío. Por ejemplo, yo tengo una gran simpatía y me comunico muy bien con los niños. Y en El pozo se advierte un gran desprecio por ellos, si bien recuerdo.

-Sí; escribe usted que cómo se puede emocionar uno ante “eso”, mostrando a una criatura. Pero, a pesar de aquella depresión, El pozo es el compendio de toda su obra futura.

-Eso me lo acaba de decir una chica alemana, que vino aquí con una edición en alemán del libro. Me leyó unos fragmentos que había subrayado. No lo entendí. Tal vez tenga razón, pero no puede ser. ¿Entonces seguí trabajando inútilmente, ¿no?

– Linacero pretende justificar su vida escribiendo una novela.

– No creo que sea un pensamiento original. A mucha gente se le ha ocurrido en algún momento de su vida.

– ¿Cree usted que se justifican las vidas con novelas?

-Si son excelentes, sí, pero no es éste el caso. Decía Benvenuto Cellini que a los cuarenta años todos deberían escribir sus memorias, porque es la manera de dejar el rastro de su personalidad. Claro que siendo criminal y canallita como él era, es fácil.

-Pero ni Linacero ni usted son criminales ni canallitas.

-Eso es cierto; además nunca tuvimos el genio de Benvenuto, quien, condenado a muerte, modeló en oro una estatuilla o un cáliz, no sé qué, y se lo ofreció al Papa que le había condenado. Al ver aquello, el Papa dijo: “¡Oh Benvenuto, figlio mío!” Eran otros tiempos. Hoy se debe hacer lo mismo, pero de distinta manera. Digo, conciliarse con la Santa Autoridad.

Con frecuencia bebía un buen vaso de whisky, y pedía que Mariana (así dio por llamar a la jovencita asistente) le tomase la luz del rostro, le maquillase, se le acercase. La chica obedecía complaciente (Hay que llamarle Solícita, dijo Onetti) , y yo me esforzaba en volverle al carril.

-Con El pozo, Juan, ¿se propuso ofrecer algún mensaje??

-¡Jamás! Bien dijo Hemingway que para eso están los carteros. Hasta me pasa una cosa, que cuando escribo un cuento basado en la realidad o describo a un personaje que conozco, siempre me sale flojo.

-Es discutible, Juan, porque en La vida breve Brausen se casa, se separa de Gertrudis, su mujer, a quien le extirpan la mama, y se vuelve a casar con la hermana de ésta, su cuñada. ¿Todo esto sucedió de verdad?

-¡Ah no, m’hijito! Esto es ya vida privada y no nos metamos. Mira: he pasado por una especie de maldición. Muchas cosas que he escrito o inventado se han realizado en mi vida, que más de una vez me dije: “Me voy a dedicar a escribir novelas de multimillonarios, a ver si me cae algo”. Por ejemplo, esa operación que sufrió Gertrudis sucedió luego en mi vida.

-El valor de una obra es que sea profética, ¿no?

-Pero no profecía de desgracia, de mala suerte.

Y así hablamos de su obra, sin que se diera cuenta al principio, pero luego, olvidando las precauciones, yo podía meterme en cualquier tema y él embestía con la misma fiereza.

-Una vez que le entra el deseo de escribir ¿le cuesta mucho?; ¿cuida la prosa?

-En absoluto. Y no corrijo. Tengo de testigo a Dolly, que se encarga de marcarme las palabras repetidas y de que no queden consonancias. Los “ente” con “ente”, etcétera. Esta es su misión; después lo pasa a máquina, se lo manda a Carmen Balcells y al fin, esperar el cheque. Esa es mi vida.

-¿Tampoco conoce ese momento en que uno se aleja de la obra, que es crítico de ella?

-No.

-¿Y asume todo lo que dicen sus personajes?

-Imposible, pues no habría drama, no habría choque, ni siquiera diálogo podría haber.

Burla burlando dan las ocho, y Mariana no podía nada contra el crepúsculo.

-Alto, dice el jefe Berzosa, ya no se puede filmar.

-¿Pero ya se van? ¡Si acaban de llegar!

Antes de marcharnos se me acerca Dolly: “Ramón, Juan se entiende muy bien contigo. Por favor dile que se levante, que mañana os reciba en el salón. Él puede hacerlo y yo no aguanto verlo así”.

Tan solícito como Mariana, me despido de Onetti con un abrazo y estas palabras: Dolly nos dirá a qué hora venimos, y trata de estar vestido, pues Berzosa se queja de que todos los planos sean iguales.

-¿Por qué quieres que me levante. ¿Ya te han aleccionado?  Nadie me molesta y estoy muy bien con mi whisky. Pueden venir a las once de la mañana.

Dolly, ni rechistar

Los horarios de la vida española difieren de los de Francia. A las ocho de la mañana ya estábamos los cinco desayunados, cuando quedaban cuatro horas para la cita. A alguien se le ocurrió ir a ver los Carpaccios,  Renoirs, y  Canalettos del museo Thyssen Bornemisza. “¡Pero si no abren hasta las diez!”, objeté yo.

Me convencieron, pero a las diez y media ya debiéramos haber cogido un taxi. Una hora después estábamos en el café de marras y tuve que llamar yo.

-¿Sabes, Ramón? Juan está furioso, me advierte Dolly. No vengáis todos; hazlo tú solo.

Siempre me toca bailar con la más fea.Una vez arriba, Dolly me lleva a la habitación. Juan ni mirarme. Como algo había que decir, me aventuré

-Es que fuimos al museo, Juan

-¿Y qué hora es?

-Las once y media…

-¿No habíamos quedado a las once?

-Si, Juan; perdónanos.

-¿Me lo pides humildemente? !Pues  adelante!

Se ríe, y observo su boca desdentada, en la que sólo queda  un superviviente en primera línea.

-¿Qué miras, che? ¡Yo tenía una dentadura excelente, y se la regalé a Vargas Llosa!

– Pues le fue muy bien, porque en 1966 ganó premio Rómulo Gallegos por La casa verde, y tu quedaste finalista con Juntacadáveres.

-El Rómulo Gallegos se da por la obra completa de un autor, como el Cervantes; de todas formas, esa novela de Vargas era mejor que la mía. En su burdel había una orquesta, y en el mío no.

– ¿Te parece buen escritor, Mario?

-Lo admiro mucho, porque es muy trabajador. Se levanta a las seis de la mañana, se va a la France-Presse, y a las diez ya está sentado ante la máquina. Me dijo en San Francisco que escribía de tal a tal hora, todos los días. Entonces yo le hice una comparación: “lo que tienes tú es un amor conyugal con la literatura y debes cumplir como un buen marido. Yo gozo con relaciones de amante; escribo cuando me viene el deseo”. Él no se enojó y se mantuvo firme en la disciplina.

El 15 de noviembre de 1990 otorgan a Onetti el Premio Unión Latina de Literatura, que le sería entregado en Roma. Le fastidiaba ir a recogerlo, y me pide si puedo ir en su nombre. Lo hice lo mejor que pude; por lo visto bien, pues el presidente Philippe Rossillon me ofreció reemplazarlo después de su jubilación. Se lo agradezco, pero estoy muy bien en R.F.I.

Yo escribía entonces en el diario Le Monde, y cuando el novelista uruguayo se encontraba “en la cumbre de la metamorfosis” como decía el barbero de mi pueblo (entre la vida y la muerte), mis jefes me pidieron que fuera preparando su obituario. Lo escribí, pero no podía entregarlo sin que Onetti me diera el visto bueno. Fui a verlo a Madrid. No dejó que se lo leyera: “Lo que hayas escrito lo habré vivido yo”, me dijo. ¿Entonces, Juan, permites  que lo firmemos juntos: “Ramón Chao, con la aprobación del finado”? Por parte de Onetti no hubo ningún inconveniente, pero los del periódico no tenían un sentido del humor tan macabro. Me olvidaba: lo último que le pregunté fue la banalidad de que si tenía miedo a la muerte.

– ¿Temes ese final?

-Más bien temo entregarme a él. Quiero que sea una sensación como la que tengo cuando logro dormirme. Es una sensación de felicidad muy grande…, me siento bien, como en un barco que se separa de la tierra, se adentra en el mar…

-Pues contado así no parece muy difícil; tanta gente lo realiza…

-No sabemos. Además, desgraciadamente, hay tantas maneras de llegar al final. Por ejemplo, yo soy partidario de la eutanasia. O si no, me voy a Viena a ver a las enfermeras esas y no hay problemas: una almohada en la cabeza de este viejito ¡y ciao!

-Es curiosos que tus personajes no se suiciden todos. Se suicidan bastantes, pero no todos. ¿No será masoquismo, por lo que no lo hacen?

-No puedo decirte. A éste le suicido, a éste no. No soy responsable de mis escritos.
-Aún no me has dicho si tienes miedo a la muerte.

– Hasta ahora nadie se ha salvado de ella.

– Ese argumento no sirve; la nueva generación de humanos inmortales puede empezar por ti.

-Bueno, pues cuando llegue  mi hora, convoco a mis personajes, a Larsen, a Angélica, a Brausen y aquí se presentan para acompañarme.

– Pues yo lo haré mejor que tú, Juan; no tendré que llamar a mis personajes; me los llevaré puestos. Por cada libro que escriba –incluso con efecto retroactivo–, me haré tatuar con temas alusivos a la obra, por grandes artistas del momento y firmados : Antonio Saura, Wozniak, y ahora mismo Miquel Barceló me está preparando el próximo. Me han hecho tatuajes en Colombia, París, Vigo, Compostela, Santander y Barcelona. Los últimos, y la mayoría, son obra del italiano Mario Iodio, instalado en Palma de Mallorca.

-¡No me parecías tan loco, che!

2 comentarios leave one →
  1. Maria leal permalink
    17 mayo, 2013 14:40

    Encantador este Onetti…..un pracer leer este artigo….mui bo.

  2. 17 mayo, 2013 16:40

    Uhhh! Genial, Ramon! (Perdon que no tengo acentos)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: