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Julio Ramón Rybeiro La salvación del fracaso

2 diciembre, 2014

LMd

Considerado como uno de los  mayores cuentistas de lengua castellana, Julio Ramón Ribeyro nació  el 31 de agosto de 1929 en  un barrio limeño de clase media, y falleció el 31 de agosto de 1929 en la misma ciudad de Lima  sin llegar a conocer la celebridad; ahora se le considera un escritor-culto en España y América latina. Especialmente en Perú, donde su cuento “Los gallinazos sin plumas” es de lectura obligatoria en las escuelas. Aparte de su inclinación por el fracaso de lo que hablaremos luego-, su obra es difícil de incluir en un movimiento determinado. La crítica peruana lo sitúa dentro de la “generación del 50”, heredera de César Vallejo como paradigma estético, y del pensamiento de José Carlos Mariátegui, compuesta por narradores, poetas y dramaturgos “socialmente comprometidos” (Ciro Alegría, José María Arguedas…)  que se interesaron en dar una visión neorrealista al desarrollo urbano del siglo XX. Sin duda al principio entre ellos se entroncaba Ribeyro, pero también es cierto que su narrativa desbordó pronto los lindes de aquella generación para abarcar el relato fantástico, y sobre todo la interioridad de sus desventurados personajes.

Tampoco se le asocia al cacareado boom latinoamericano. Una injusticia. Cuando Vargas Llosa y Bryce Echenique intentaron que Carlos Barral lo incorporara a la pléyade de escritores que constituyeron ese movimiento literario, el editor catalán alegó que sólo publicaría novelistas. Él también puso mucho de su parte; aun siendo contemporáneo (nacido en 1929) de Cortázar, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, se mantuvo al margen de ese fenómeno editorial gracias a su desinterés por cierta epopeya de comunidad continental y a su apego al cuento como género: “Todos o casi todos los escritores de mi generación han escrito un gran libro que reúne su saber, su experiencia, su técnica, su concepción del mundo. No creo que yo a los 48 años lo pueda lograr (… ) “En suma, nada importante he hecho: tres novelitas cada vez menos convincentes, casi un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Luego, me olvidarán.”

Pues no; en 1983 recibió el Premio Nacional de Literatura, y poco antes de morir, en 1994, su calidad narrativa le hizo merecedor del Premio Juan Rulfo. Además, su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, italiano, holandés y polaco. Seguro que en cada caso su reacción fue la misma que cuando consiguió un puesto no muy importante en la UNESCO: “Pues la verdad es que yo sé poquísimo de esta organización en cuyo círculo más hermético he penetrado. Estoy allí no sé por qué, ni cómo, ni gracias a qué méritos. Lo que me permite no hacer un papel deslucido no es la inteligencia ni la experiencia, sino ese fondo de sentido común y de discreción que nunca me han abandonado.”

Y no es todo; añadamos su carencia de determinación, constante en su vida: “ Lo que yo tengo enferma es la voluntad. Ha observado cómo sistemáticamente voy aplazando las cosas, hasta que una hecatombe cercana me hace despertar. ¿Qué hago en París? ¿Qué espero para ir a La Sorbona? ¿Por qué no recibo clases de francés? ¿Cuándo buscaré un alojamiento que no sea un cuarto de hotel? Todas las noches digo: mañana será. Ha pasado casi un mes y nada ha cambiado. Estoy enfermo, además, y esto me quita fuerzas para la acción. Enfermo de los nervios, del corazón, del estómago o qué se yo. Y además de la voluntad…”

Tratábamos de animarlo, que hiciese ejercicios, que viese a una médico.
No pretendo durar eternamente. Vivir no es primordial; pero sí mantener el tipo, siempre fiel a los principios y a la degradación. Sin ello no es posible: la caída en el fracaso se torna inevitable. Toda mi vida es un acta de acusación contra la vida. No he hecho nada por mejorar la condición humana. Si mis libros perduran, será por la perversidad de mis lectores.
-Más o menos lo mismo decía Montaigne un sus Ensayos, le argüíamos.

Eso demuestra que los clásicos nos siguen plagiando desde la tumba.

Le hacíamos n notar que su alter-ego Luder nunca había manifestado celos ni envidia por el triunfo de sus colegas.

—Es verdad. Eso les puede dar una idea de la magnitud de mi soberbia.

La enfermedad vino a añadirse a sus problemas sicológicos: “No veo las horas de que termine este año espantoso, en el que no he hecho más que sufrir sin interrupción desde el 12 de enero, día de mi primera operación. La enfermedad, aparte de volvernos egoístas y envidiosos, nos hace caer en la superstición y la irracionalidad y uno cree así en los años fastos y nefastos. 1973 habrá sido fatal, 1974 será mejor, porque lo quiero intensamente y todo lo que he querido con esta fuerza lo he realizado.”

En 1973 había sido operado de un cáncer  provocado por su excesiva adición al cigarrillo. Tuvo que someterse a un prolongado tratamiento. “¡Ay mísero de mí, ay infeliz! Yo pensaba que mi relación con el tabaco estaba definitivamente concertada y que en adelante mi vida transcurriría en la amable, fácil, fidelísima y hasta entonces inocua compañía del Lucky. No sabía que al irme del Perú me esperaba una existencia errante en la cual el cigarrillo, su privación o su abundancia, jalonarían mis días de gratificaciones y desastres.…”

Detestaba que le preguntaran constantemente por su salud. Invariablemente contestaba: «Si me quejo de mis males no es para que me compadezcan, sino por el infinito amor que les tengo a mis semejantes. Me he dado cuenta que la gente duerme más tranquila arrullada por la música de la desgracia ajena

En París ocupaba un vasto apartamento cerca del parque  Monceau. En su ahuecada biblioteca pasaba la mayor parte del tiempo leyendo o escuchando música (tan pronto óperas de Verdi como boleros de Agustín Lara). Al atardecer recibía muy irregularmente a sus amigos y a los pocos jóvenes autores que habían leído sus raras publicaciones. Al principio solo asistían los peruanos Pablo Paredes, Patrick Rosas y Bryce Echenique. Con la aparición de Oscar Manzur, Saúl Yourkevicht y Leopoldo María Panero, las tertulias se abrieron a España y América latina. Eran reuniones sencillas: solo vino (tinto y de Burdeos, en esto Ribeyro era inflexible) y se hablaba sin protocolo ni concierto. Era evidente que encontraba un vivo placer en estas visitas; le permitían salir de su reclusión y asomarse a una realidad cada vez más extraña y en muchos aspectos insoportable.

Con el tiempo estas pláticas se fueron espaciando; llegó un momento en que dejó de salir y de recibir. A veces por razones de salud y en parte porque su tendencia a la soledad se había exacerbado y lo conducía a pruebas más rigorosas y, diría yo, irrevocables.

Los inviernos limeños le hacían volver a París cada mes de Junio. En compañía de Fernando Carballo se decidió a visitar Amberes, ciudad en la que había vivido penas y delicias de amor, con la esperanza de revivirlos: “No te desesperes – le dijo su compañero. Siempre hay un roto para un descosido.
-Sí , pero yo no estoy roto ni descosido: soy un remendado.
Se agravaba su pasión por la nicotina,  llegando a  extremos inauditos, como recoger colillas por la calle y lanzarse por la ventana de un hotel, a ocho metros del suelo, para “rescatar” una cajetilla recién tirada. Relató esta experiencia en “Sólo para fumadores”, incluido en Antología Personal, de Fondo de Cultura. Todo está consignado en los Diarios, género que practicó a lo largo de su vida: El diario íntimo surge de un agudo sentimiento de culpa. Parece que en él quisiéramos depositar muchas cosas que nos atormentan, y cuyo peso se aligera por el solo hecho de confiarlas a un cuaderno. Es una forma de confesión apartada del rito católico, hecha para personas incrédulas…

En 1984 le propuse integrar el jurado del premio de cuentos Juan Rulfo, de Radio Francia Internacional. Aceptó con gran cortesía, aunque le impresionara encontrarse con los otros miembros del jurado (Claude Couffon, Alvaro Mutis, Juan Carlos Onetti…). Aceptó porque, dijo, leer tantos relatos procedentes de América Latina y aprender las infinitas expresiones literarias del humor, el erotismo,  la indignación, así como las variaciones sobre los temas históricos. Llevaba leídos a conciencia y dos o tres seleccionados los treinta manuscritos que a cada uno le tocaban.

Una particularidad que le agradecíamos, es que siempre evitaba las discusiones: Entrar en un debate significa admitir que tu contrincante puede tener razón, y él, eterno perdedor, se daba por batido de antemano. De todos modos, exponía sus argumentos: “El autor no busca la palabra justa, ni la más bella, ni la más rara. Suelta simplemente su propia palabra”. Y refiriéndose a un participante, resumía: “Me conmueve la desesperación de tantos jóvenes por no perder el carro de la modernidad. No se dan cuenta de que ese tren lleva inexorablemente al Museo de Antigüedades.”

Después del voto solíamos ir a cenar a un restaurante de la calle Grenelle. Tras mucho comentar los cuentos, un día le planteamos la consabida pregunta: “¿Cuándo escribiría una novela? “Yo soy corredor de distancias cortas. Si me lanzo a un maratón me expongo a llegar al estadio cuando el público se haya ido.”

En 1999 viajó a Perú, que por entonces sufría hiperinflación y terrorismo. Su negativa a defender la candidatura de Vargas Llosa a la presidencia le ganó varios enemigos y un pasaje enconado del futuro Premio Nobel: «Nunca has expuesto tu vida, tu libertad, tu comodidad: nunca te has comprometido”.

En realidad, le era muy doloroso escribir para ser leído; cada palabra le resultaba un suplicio. “Estoy inventando una nueva lengua con palabras como amor, soñar, libre, amistad… ¿Qué ya existen? Si; pero la gente ignora su significado”. Tropezaba en cada línea ante el significado de la expresión justa y la multitud de ellas que cabrían en cada frase. “Así como existe una palabra origen de todas las palabras, debía de haber una sentencia  que contuviera toda la sabiduría del mundo. Cuando la descubramos, el tiempo dejará de existir, pues por entonces habremos entrado en la era inmóvil de la perfección.”

Por supuesto, él se sabía bien alejado de esta época idílica: “Estoy asqueado de la bohemia. Ayer me he codeado con la hez de la vida nocturna; he conocido de cerca el hampa de la ciudad. Camilo y yo salimos con 400 soles y los dilapidamos en un abrir y cerrar de ojos. No es en la carne donde está el absoluto, no en el dinero, ni en los amigos, ni en la alegría, ni en el licor. Tal vez esté en los viajes que aún no he realizado, en el amor que todavía no he conocido, en la gloria que es mi ambición íntima o en Dios, a quien creo haber perdido. He de probar esos caminos, para ver se al fin puedo hacer algo que no me hastíe y de lo cual no tenga que arrepentirme”.

Este breve texto es una recopilación de los dichos de Luder, de lo que me refirió y extractos de sus obras. Al publicarlo ahora –por simpatía y la esperanza de provocar interés por un autor casi ignorado -, he tenido que vencer un escrúpulo. ¿Lo hubiera aprobado él? Su retorno intempestivo a Perú no me permitió tratar con él de forma explícita del asunto; recuerdo que en una ocasión le sugerí que alguna vez divulgaría alguno de sus conceptos: “Los conceptos pertenecen al dominio público –Me dijo secamente -; Solo las formas son privadas”. Frase poco clara y discutible que interpreto en mi favor, si bien comprendo que en este caso conceptos y formas son inseparables.

Publicado en Le Monde Diplomatique. NÚMERO 230  – DICIEMBRE 2014

One Comment leave one →
  1. 5 febrero, 2016 11:26

    Saludos. Jorge Zuniga (Praga)

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