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Picasso y yo

1 febrero, 2015

guernica

En 1951 tenía yo 16 años. Interno en un colegio de curas (Apóstol Santiago de Madrid), practicaba la comunión diaria  (obligatoria) y con todos los alumnos del colegio asistía de claque (llevados por fuerza)  a los actos  franquistas, verbigracia a la manifestación pro-Gibraltar o a la célebre conferencia de Salvador Dalí, ‘Picasso y yo’. Se desarrolló en el teatro María Guerrero ante la presencia de un nutrido auditorio, el 11 de  noviembre de aquel 1951. El organizador fue Manuel Fraga, y el acto se enmarcaba en la I Bienal Hispanoamericana de Arte. Lo cuenta Emilio Romero en su libro “Testigo de la Historia”: “Después de haberse retrasado cuarenta y cinco minutos, Salvador Dalí salió al escenario. Las ovaciones y los silbidos se mezclaron de manera horrísona. . Dalí esperaba el final de la tormenta con impavidez bravucona. Cuando el público dio por terminado su ruidoso recibimiento, se puso en pie como un autómata, puesto que el temporal lo había soportado sentado estoicamente. Sus primeras palabras fueron éstas: “Picasso es español; yo también. Picasso es un genio; yo, también. Picasso tendrá unos 72; yo unos 48. Picasso es conocido en todos los países del mundo; yo también. Picasso es comunista; yo, tampoco”. Aquí empezaron las primeras ovaciones.

Añadió Romero que Dalí  buscaba los motivos del “comunismo” de Picasso, y los halló “en la devoción de éste por la miseria. Posiblemente, la representación más viva de la miseria es ese dibujo del propio Picasso que se encuentra en el Museo de Arte de Cataluña, en Barcelona. Es un hombre increíblemente harapiento, con restos de ropas que semejan una túnica corta, como si fuera un homenaje a la dignidad de la miseria”. Dalí contó la anécdota de aquel requerimiento que se hizo a Picasso para ir a América, “en un puente de oro”. Picasso admitió en seguida la posibilidad de dormir debajo de ese puente.

El 2 de abril de 1964, Franco concedió a Dalí la Gran Cruz de Isabel la Católica. Cuando le sondearon por si la rechazaría, contestó: ¡Denme dos!
Los últimos meses de su vida transcurrían en viajar de su cama a un butacón y viceversa. Eso sí, con música: el Cara al sol.

Cuando llegué a Paris, tuve la suerte de caer en el Colegio de España con una beca verbal de Fraga Iribarne, como queda dicho. Allí vivían los más destacados artistas españoles del momento: Joan Llorens Artigas, Antonio Saura, Eusebio Sempere, Chillida y Palazuelo. Estos dos últimos aquel año intentaron arrojar por la ventana a Xavier Valls y a Jordi, el yerno de Gargallo, cuando en la Diada se disponían a izar la bandera catalana. A Chillida le pesó toda la vida y se disculpaba: “Es que mi padre había sido Guardia civil y yo portero del Osasuna”…

Mi amigo Llorens Artigas moldeaba barro para Chagall, Braque, Miró, Picasso  y luego estos estampaban dibujos en los jarros. Por Artigas empecé a descubrir a Picasso, tan opuesto a Dalí.  Pronto advertí su gran capacidad para absorber estilos y transformarlos en propios. No hay quien distinga si un cuadro cubista es de Braque o de Picasso. Por eso muchos ignoran quién fue el inventor del cubismo.  “¿Braque? – le preguntaron al malagueño: “A ese lo mandaron a la guerra y no volvió”, contestó él pérfidamente.

Entones ¿de dónde sale el cubismo? En 1907, un tal Pieret, amigo de Apollinaire, dijo a Marie Laurencin, pintora y amante del poeta: “Esta tarde voy al Louvre; si quieres te traigo algo de allí”. Marie Laurencin pensó que se trataba del gran almacén Le Louvre, y que se ofrecía a comprarle algo. Poco después, el dicho Pieret volvió con dos cabecillas fenicias robadas. Se las había vendido a Picasso, quien desorientado y en plena mutación artística, no sabía cómo terminar « El Burdel de Aviñón ».

En 1915, Apollinaire escribió a un amigo: “Traté de persuadir a Picasso para que las devolviera. Me dijo que se habían roto, y parecía muy apenado. Le dije que se trataba de un asunto gravísimo. Aterrorizado, me confesó que me había mentido: las tenía él, intactas. Le convencí para que las llevara al  Paris Journal bajo secreto.”

Las estatuillas volvieron al Louvre ¿pero quién y cómo las dejó allí? Nunca se sabrá. Apollinaire asegura que Picasso, de unos treinta años a la sazón, las depositó de forma anónima en el diario “Paris Jour”.

En las dos figuras centrales de “Las señoritas de Avignó” destacan dos orejas muy particulares, calcadas de las estatuillas devueltas.

Hasta entonces, y durante años, Picasso manifestaba ideas progresistas sintetizadas en  la frase Paz y socialismo. Luego efectuó una paulatina politización debido al estallido de la guerra civil española y a su relación con Dora Maar.  En esas estaba cuando el general Mola embistió contra Euskadi.  Con cincuenta años, rico y famoso, Picasso presagiaba las tinieblas que se cernían sobre su país.  Y el lunes 26 de abril de 1935, día de mercado, los Henkel 51 y los Junker 52 de la Legión Cóndor arrojaron sobre Guernica cerca de 50.000 kilos de bombas incendiarias de termita, mezcla de aluminio y oxido de hierro, capaz de producir un calor de 27 000 grados. Ocasionaron 1654 muertos y 889 heridos.

Desde esta fecha crucial Picasso se fue radicalizando: facilitó la compra de armas para la República, además de sufragar comedores infantiles, tanto en Madrid como en Barcelona. Poco antes de terminar la guerra se organizó en el Ateneo de Barcelona  una conferencia titulada “La voz colectiva de Picasso“. La encargada de montarla fue la crítica de arte y diputada comunista Margarita Nelken. A través del análisis de Guernica y de Sueño y Mentira de Franco, Picasso trató de insuflar aliento a unas tropas republicanas ya exhaustas y conscientes de su desastroso final.
La solidaridad del malagueño con la causa republicana no se detuvo ahí. Junto al escritor Max Aub, al arquitecto José Luis Sert y a Josep Renau, Director General de Bellas Artes, aceptó el encargo de crear una obra destinada al Pabellón español en la exposición Universal de París.

Cuando los nazis ocuparon París, algunos oficiales de la Kommandantur se presentaron en su taller. Picasso les regaló varias tarjetas del Guernica: “Llévenselas de recuerdo”. ¿“Lo ha hecho usted”? preguntaron los oficiales: “! No: lo han hecho ustedes!“ Y los otros se largaron con el rabo entre las piernas.

Me contaba Llorens Artigas que nada irritaba más a Picasso que la gente de cabeza cuadrada. Cierta vez fue un ricachón alemán dispuesto a comprarle un cuadro. Picasso le muestra  diez o doce. No le parecieron rostros normales al cliente que no llegó a serlo. El pintor le pidió ver una foto de su mujer: ¿Pero es así de pequeñita?

En septiembre de 1936 el artista malagueño también demostró su solidaridad asumiendo el cargo de director del Museo del Prado, y de modo más directo y decisivo ayudando a artistas, intelectuales y familiares a salir de los campos de concentración que se montaron en Francia tras finalizar la guerra. Los pintores Luis Fernández (1900-1973), Manuel Ángeles Ortiz (1895-1984), Pedro Flores (1897-1967) y Antonio Rodríguez Luna (1910-1985) gozaron de su ayuda participando, entre otras cosas, en el Pabellón republicano de 1937 en París. También rescató a sus sobrinos los pintores Xabier y Josep Vilató Ruiz, sacándolos del campo de Argelés-sur-Mer, del que habría de liberar también al escultor Baltasar Lobo, a Apel·les Fenosa, Antoni Clavé, Carles Fontseré, Miguel Prieto o al mismísimo Josep Renau. No solo consiguió sacarles de aquel infierno mediante sus contactos y gastando ingentes cantidades de dinero, sino que les hacía llegar una mensualidad para que vivieran dignamente hasta su instalación y consiguieran recursos. Es importante tener en cuenta que casi todos ellos gozaban además mujer e hijos a los que mantener. En el caso de los miembros del Consejo Editorial de la revista valenciana Hora de España y a la Junta de Cultura Española, los ayudó a todos.

Juan Larrea comentó en el primer número de la revista España Peregrina publicado en México en 1940 por los exiliados españoles: Picasso será siempre para nosotros un símbolo primordial en este filo en el que estamos. Su triunfo actual es considerado para nosotros como nuestro.

Picasso se ganó por méritos propios este reconocimiento por parte de sus compatriotas porque su actividad prosiguió durante los años de la primera posguerra: formó parte del Comité de Ayuda a los Intelectuales Españoles en Francia, organización a  la que donó el 25 % de lo que sacaba de la venta de sus obras en los Estados Unidos de América; participó además en gran cantidad de muestras antifascitas, otras a favor de los niños españoles y otras para recaudar dinero y poder sacar a las gentes de los campos de concentración franceses. En los años 1940 colaboró financieramente con el hospital de guerrilleros españoles de Toulouse. El peregrinaje de su mítico lienzo con el fin de recaudar fondos para los refugiados españoles también contribuyó a que el Guernica y  su autor se convirtieran en símbolos del exilio español.

El 4 de octubre de 1944, menos de seis semanas después de la liberación de París –donde se había exiliado– Pablo Picasso sorprendió al mundo con su anuncio de que se afiliaba al Partido Comunista francés. Paradójicamente Estados Unidos, el país que custodiaba al Guernica, le vetó la entrada a su autor. Y desde ese momento Picasso fue espiado por la C.I.A.

El escritor catalán Josep Plá cuenta en sus “Notas del crepúsculo” que, poco después de terminar la Segunda Guerra Mundial, se hallaba en París cuando se topó con Picasso. Se conocían de antes y mantuvieron una conversación. “Gano mucho dinero, soy multimillonario y al mismo tiempo me han hecho del partido comunista. Ha sido el escritor Aragon. No creo que un artista pueda pedir más“.  En 1949, Aragon visita a Picasso en su estudio y le solicita un dibujo que pueda servir como logotipo del Congreso Mundial por la Paz. Será la famosa Paloma de la Paz.

Una de las cosas que resultaba curiosa de la asociación entre Picasso y los comunistas era que el partido adoptaba oficialmente la escuela de realismo social, en oposición oficial al movimiento moderno del cual el “decadente” Picasso era el mayor representante. Pero su largo exilio de la España natal por su oposición al régimen del general Franco, combinado con las brutales experiencias de la vida durante la ocupación nazi de París, llevaron a que viera el comunismo como un ideal de paz y la llave para un mundo libre de fascismo.

Desde entonces comenzó a viajar por todo el mundo, presentándose por primera vez en conferencias públicas y realizando donaciones a causas varias, incluyendo el regalo de un millón de francos a los mineros de carbón franceses en huelga. Se unió a protestas contra la Guerra de Corea y la ejecución de Nikos Beloyannis, comunista griego y líder de la resistencia. En tanto que presidente de Spanish Refugee Appeal, obtuvo el apoyo de los antifascistas Albert Einstein, Orson Welles, Yehudi Menuhin y otros.

Picasso recibió el Premio Stalin de la Paz y el Premio Mundial de la Paz, que compartió con el cantante estadounidense Paul Robeson y el poeta chileno Pablo Neruda, declinando en cambio la Legión de Honor francesa. En 1953, tras la muerte de Stalin, el retrato que Picasso hizo del joven dictador le abrió una grieta con los comunistas franceses, que objetaron su falta de realismo. Los acontecimientos en Hungría enfriaron aún más la relación, pero Picasso, a pesar de sus crecientes reservas, no abandonó el partido y mantuvo su fidelidad hasta su muerte en 1973.
Tuve la suerte de conocerle en 1962 en la exposición  Soshana, en el castillo Grimaldi de Antibes. Le rodeaban Jacqueline su esposa y los pintores Édouard Pignon  y  André Verdet. Gran resistente antinazi, Verdet había sido internado en los campos de concentración de Auschwitz y de Buchenwald, debiendo a Picasso su liberación en 1945.
Ese día, Julián Antonio Ramírez y yo le hicimos una corta entrevista para Radio France Internacional. Nos habló de sus años gallegos, de su primera exposición en la casa de un sastre y de la Escuela de Artes y Oficios de A Coruña, donde había aprendido a dibujar al carboncillo y a la plumilla los modelos que encontraba en las calles, especialmente bañistas de Riazor y estibadores del puerto. También recordaba con nostalgia la “Torre de Caramelo”, nombre con el que padre e hijo nombraban a la Torre de Hércules.

Celebrada es su precocidad: en 1895, con catorce años, logró “La niña de los pies descalzos”, una de sus obras maestras anunciadora de algunos de los cuadros más famosos de los periodos rosa y azul. “Sí; me dijo con una sonrisa irónica: a los 12 años sabía dibujar como Rafael, pero necesité toda una vida para aprender a pintar como un niño”.

Cuatro años después, el  19 noviembre de 1966, le volví a ver en la doble retrospectiva que le montaron en el Grand Palais y en el Petit Palais de París. ¡Qué alegría! En medio de la barahúnda me preguntó si la Torre de Caramelo seguía en pie, pero no quiso que grabara. “Si lo hago contigo no paro”.

Sigo pensando, desde entonces, ¿cómo se explica el “Yo tampoco” daliniano?

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