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El amor de los viejos

17 enero, 2016
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abuelos
Carmela y Francesco se querían. Un buen día decidieron dejarse de amores platónicos y se fueron a vivir juntos. Por esto se convirtieron en pasto de comidilla de media Italia. No es para tanto, ¿verdad? ¿Y si lo contáramos de otro modo?:
Hace dos semanas, la directora del hospicio Don Luigi Calcedonio, de Santa María de Mela, cerca de Mesina, recibió la visita de dos pensionarios, Carmela y Francesco. Ella de ochenta años, y él, 74. Cansados de permanecer encerrados en espera de la muerte, le comunican que están enamorados y que abandonan el asilo para vivir juntos.

Todos los días se fugan mozos con señoritas, muchachos con varones, o damas con damiselas, sin que nadie se escandalice. Basta, en cambio, que una pareja de ancianos declare públicamente su amor para que la sociedad se rasgue las vestiduras, o poco menos.
A pesar de la famosa liberación de las costumbres, el tema del amor provecto sigue siendo tabú. Se organizan seminarios y debates sobre la educación sexual en las escuelas, sobre la sensualidad de los mamones, o acerca de la liberación de la homosexualidad; pero se corre un púdico velo en lo referente a la sexualidad en los ancianos.
El cuerpo de los jóvenes se ha convertido en una mina de consumo. En primer lugar, porque está en disposición de procrear, de proporcionar nuevos consumidores -y trabajadores- a la sociedad. Se les recomienda, se les impone una enorme serie de objetos y de productos para preservar la belleza y la juventud, en base a unos principios morales y estéticos elaborados por el propio mercantilismo. Los viejos, en cambio, no procrean, ni dan trabajo a los ginecólogos. Salen poco y, si practican el amor en sus casas menos consumirán. Así, se ensalza el amor y el erotismo, asunto de jóvenes sanos y hermosos, y se niega a los longevos toda posibilidad de placer sexual, aun a sabiendas de que sus cuerpos son capaces todavía de albergar el placer.
Se ha ligado la noción de sexo y de erotismo a la noción de la belleza. Esta dimensión estética disimula lo que, según la tradición judeocristiana, tiene el sexo de «sucio». Por eso en los viejos, cuya belleza ha disminuido con el paso de los años, esta «suciedad» de la sexualidad molesta: «amor es gala en el mancebo y crimen en el viejo», dice un antiguo refrán castellano.
También se considera al anciano como un hombre sensato, justo, capaz de superar las pasiones, y que ya no aspira al placer, sino a la sabiduría, como si hubiese antinomia entre ambos conceptos. Por otra parte, a menudo se relaciona la sexualidad con la fuerza, como si el impulso sexual implicase potencias desbordantes que rompen las normas y la responsabilidad. Los ancianos son seres frágiles que no deben estar a la merced de esos poderes devastadores. En los EEUU se sigue pensando que cada gota de esperma equivale a cuarenta gotas de sangre perdidas, y en nuestro país tenemos otro refrán que dice «el amor es fruta para el mancebo y, para el viejo, veneno».
Hay indulgencia con los ancianos ricos y famosos; incluso se admira la virilidad de ciertos demiurgos, considerando su potencia sexual como una característica más del genio: Víctor Hugo, Picasso, Chaplin, Pablo Casals, Henry Miller. Pero, en la mayoría de los casos, las compañeras son jóvenes, bellas y exóticas, mientras que las uniiones de mozos jóvenes con ancianas provoca mayores reservas, confirmándose así que la desigualdad de sexos no tiene límite de edad.
El amor después de la jubilación existe, y no es ninguna enfermedad vergonzosa, como se le atribuyó, por ejemplo, a Víctor Hugo o a Félix Faure. Los médicos confirman que la mayoría de las mujeres y de los hombres continúan con necesidades sexuales después de los setenta. años y que la mitad más o menos de las parejas de esta edad siguen manteniendo relaciones eróticas regulares,
Preguntáronle en cierta ocasión a Ninón de Lenclos hasta qué edad conservaban las mujeres los apetitos sexuales. «¿Cómo lo voy a saber, si no tengo más que sesenta y nueve años?», contestó ella. Más tarde, a un caballero que la cortejaba con pesada asiduidad, le prometió entregársele el día de su ochenta cumpleaños. Los que vimos en la televisión francesa a Claire Goll, cuando confesó haber tenido su primer orgasmo a los 74 años, nunca olvidaremos la triste mirada y la rabia de la amante de Rainer María Rilke por el tiempo y los placeres perdidos.
La edad no mata el deseo. El doctor Hugues Destrem, gerontólogo de Burdeos, comprobó que la mayoría de las mujeres casadas de más de sesenta años «continúan normalmente la vida sexual», y que las mujeres de más de 75 años que viven solas «tienen, generalmente, sueños eróticos». Por su parte, el doctor Georges Abraham, de la Universidad de Ginebra, dedujo, después de cientos de encuestas, que no pocas mujeres empiezan a descubrir su cuerpo -e incluso a veces el orgasmo, como Claire Goll- después de los sesenta años.
Esta aparente paradoja puede explicarse porque a muchas personas el final de una vida activa de trabajo y de preocupaciones les deja el espíritu y el tiempo libres.
Muchos de los que deciden gozar con sus cuerpos se quejan de la actitud de los adultos, de su mirada crítica, que les reduce la plena realización de la sexualidad. Se ven obligados a asumirla clandestinamente. En no pocos casos, la intolerancia refuerza el sentimiento de culpabilidad que ya tienen ante los problemas del sexo los hombres y las mujeres que han pasado los sesenta años. Porque lo más grave no es esa intolerancia, sino la propia vergüenza de los viejos ante su propia sexualidad. La censura que los oprime, y las ideas que ellos mismos tuvieron durante su juventud, les lleva a veces a renunciar al placer. Decía François Mauriac que el espíritu recordaba lo que la carne había dejado de sentir. En este caso se puede decir que el espíritu prohíbe a la carne la realización de unos deseos que conoce y que todavía puede satisfacer.
Más que el temor de la muerte física, la muerte-sexual es generadora de angustia, de violencia y de destrucción. El amor físico, el éxtasis orgásmico, es aproximación a la muerte. Sin el rito, la muerte verdadera se presenta como única realidad inmediata, y empuja a los ancianos hacia la tumba.
Pero preparémonos; los viejos vienen apretando. En 1974 eran ocho millones en Italia, y representaban el 17 % de los habitantes. Se prevé que en el año 2000 serán el 22%, y en el 2036, el 25%. En Francia cerca de seis millones de personas tienen más de 65 años; es decir, el 10% de la población total. Dentro de cinco años serán nueve millones, y, según Michel Debré, el país vecino se encamina a tener una mayoría de viejos.
Nuestra sociedad mercantil ya empieza a explotar este nuevo mercado: se organizan cruceros para la «tercera edad», las agencias de viajes les proponen estancias en las Baleares o en Canarias a bajo precio, fuera de las sesiones turísticas. Los políticos les ofrecen -lo hemos visto en la campaña legislativa- el oro y el moro a cambio de sus votos.
Se acepta a los viejos y se les incita a consumir. Pero lo que no se admite es que se comporten con arreglo a otros esquemas, a sus esquemas; sobre todo, en lo que se refiere a las relaciones sexuales. Algo de esto nos sugirió Woody Allen en Interiores, su última película.
Hay que abandonar la imagen del «abuelito» vegetativo e indiferente. Una persona de treinta años, hace un siglo, no pensaba que se encontraba «en la antesala de la muerte» y que tenía que abandonar la vida afectiva e intelectual. Sin embargo, tenía las mismas posibilidades de morir en los cinco años siguientes que las que tiene hoy una persona de sesenta años.
Es preciso luchar contra estos prejuicios, y pensar que tal vez, bajo el pretexto de liberalización, nuestra sociedad está sustituyendo la moral tradicional por otra, no menos opresiva e hipócrita: la moral de la juventud, del dinero y de la estética.
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