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Conversaciones con Alejo Carpentier (1984)

Conversaciones con Alejo Crapentier.  Ediciones Argos-Vergara, 1984 .

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Prólogo: Una literatura inmensa.

Una de mis primeras colaboraciones en la revista Triunfo, a principios de los años setenta, fue una entrevista con Alejo Carpentier. En aquel entonces Carpentier ejercía de ministro-con-sejero en la embajada de Cuba en París. Me presenté en su des-pacho de la rué de la Faissanderie, planteé las preguntas, me contestó, y tras apagar la grabadora le dije, como a todos mis en-trevistados: «Le enviaré el texto antes de publicarlo.» «No, se lo mandaré yo a usted», me contestó, arrastrando con firmeza aquellas erres indomables que tenía. La semana siguiente recibí una larga entrevista, firmada por mí, que, en puridad, algo con-tenía de lo que habíamos hablado. Salió en portada de Triunfo con una foto espléndida, obra de Antonio Gálvez, y un titular ro-tundo, merecido: «Alejo Carpentier. Una literatura inmensa».

Gustó mucho. Manuel Cerezales, a la sazón director de Nove-las y Cuentos, me pidió que ampliase mis conversaciones con el escritor hasta completar un libro, que él publicaría.

Así me hice amigo de Lilia y de Alejo Carpentier. Apenas los nombro surgen anécdotas, viajes, acordes y melodías, los días pasados con ellos, con mi mujer y los Saura (Mercedes y Antonio) en Niza, cuando el Festival del Libro; los llevé a visitar el museo de autómatas de Montecarlo, y bastó con que el autor de Con-cierto barroco entrara en el museo para que, como por arte real maravilloso, la infinidad de cajas de música, de títeres, de ma-rionetas, de maniquís y de pulchinelas adquirieran luz, sonido y movimiento.

Más tarde Carpentier quiso volver a Cuenca. Había estado allí cuarenta años antes en compañía de Wifredo Lam, y a Cuenca fuimos un verano, con Saura y Antonio Pérez. De Cuenca a Minglanilla, donde una campesina les había dicho a él, a Rafael Alberti, a Nicolás Guillen, a Octavio Paz, a Pablo Neruda, a los intelectuales que en 1937 iban de Valencia a Madrid para asistir al Congreso de Escritores Antifascistas: «¡Defiéndannos ustedes, que saben leer y escribir!» Se le humedecían los ojos cuando nos lo contaba.

Además de las letras y la política, nos unía la música. Su cultura en este campo era tan inmensa como en el literario. A los análisis de obras de Josquin des Prés, Luigi Nono o Luis de Pablo seguían anécdotas vividas con Manuel de Falla, Arthur Honegger, Héctor Villa Lobos, para concluir con cuentos de piratas y fi-libusteros.

Siempre se negó, en cambio, a tocar el piano. Compraba partituras y me las hacía descifrar a mí; al pobre de mí, que llevaba más de quince años sin poner las manos en un teclado.

Lilia nos invitaba a cenar en su domicilio de la avenida de Segur, ritualmente, casi todos los miércoles, con otros amigos comunes. En una de estas cenas le notifiqué, con toda clase de pre-cauciones, el encargo de Cerezales: «¿Podríamos repetir la entre-vista, pero al revés?» Me miró perplejo. Yo acababa de regalarle un ejemplar de mi primera obra.

Sin duda pensó que le pediría la reciprocidad, una entrevista que yo haría íntegramente y firmaría él. Lo vi a punto de aceptar, pero antes de que contestara añadí: «No, Alejo, lo que te propongo es un libro de entrevistas, pero sin molestarte para nada. Tú sigues escribiendo tranquilo, es un decir, La consagración de la primavera, y yo busco, invento, compongo un texto de charlas contigo.»

Con la ayuda de sus exégetas Carmen Vázquez en París, Alexis Márquez en Venezuela y Araceli García-Carranza en La Habana, reuní material de sus conferencias y ensayos.

Pasé días y días en la Biblioteca Nacional de Cuba, donde pusieron a mi dis-posición todos sus archivos. Recogí fragmentos de sus declaraciones en la prensa francesa, española y latinoamericana, de sus miles de artículos publicados en El Nacional de Caracas y en la revista habanera Carteles. Pasé a máquina todo lo que me interesó, maldiciendo de paso el bloqueo americano por las averías de lafotocopiadora.

De todo ello -y de mis conversaciones con él, por supuesto, que también hubo, y muchas-, seleccioné datos biográficos, opiniones políticas, literarias, anécdotas con lasque iba componiendo un manuscrito, verdadera obra de taracea.

Y en esto descubro, será casualidad, una correspondencia entre Neruda y Carpentier, de cuando mi virtual entrevistado era director de las Publicaciones Nacionales. Carpentier solicitaba a Neruda autorización para editar en Cuba Residencia en la Tierra. En su contestación, el futuro premio Nobel le pedía una suma de dólares astronómica para la economía cubana.

Me llevé las dos misivas al Hotel Nacional. ¿Podré publicarlas? Se quedó muy extrañado de que las cartas estuvieran en los archivos de la Biblioteca. «No, gallego», me dijo; y se las guardó…

Creo que ha llegado el momento de levantar la única censura, en cierto modo política, que ejerció Alejo en este libro; han pasado casi veinte años y en todo hay prescripción.

Por entonces ya tenía yo pergeñado el presente montaje, un relato en tiempo recurrente a semejanza de Viaje a la semilla, uno de sus cuentos. Le daba capítulos a leer y él me los devolvía con retoques limitados a fechas y variaciones onomásticas. Y eso sin rectificar nada del contenido, aunque sus palabras hubieran sido pronunciadas en años anteriores, a veces muy pretéritos.

Sabiendo esto, el lector apreciará la coherencia excepcional, tanto literaria como ideológica, de este hombre clave en las letras hispánicas, que atravesó épocas y continentes viviendo los mayores acontecimientos de los tres primeros cuartos de nuestro siglo: desde que propuso sus primeros artículos a la revista Carteles, hasta estampar en La consagración de la primavera su últi-mo FIN.

Después, paulatinamente, se fueron esparciendo los encuentros. Sabíamos que Alejo estaba enfermo. El mal le roía la garganta. Cada vez le costaba más trabajo hablar. Pasaron varios meses sin que nos viéramos, hasta que el 24 de abril de 1980, a las diez de la mañana, me llamó Lilia: Alejo murió esta madru-gada. Dejé el trabajo y fui a su casa.

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