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Prisciliano de Compostela (1999)

Prisciliano de Compostela  Barcelona, Seix Barral
(Colección « Los Tres Mundos »), 1999, 319 págs. Descargar Télecharger En Galego

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Pilar Vega Rodríguez
Universidad Complutense de Madrid

El libro de Ramón Chao, entre el cuaderno de viaje y el ensayo de investigación documental, la indagación o interview acerca del « personaje » y la narración new age o semifantástica, constituye un inteligente proceso de acercamiento a la evidencia de una tradición centenaria, eliter jacobi, tan decisiva en el despertar cultural de la Europa barbarizada.

En el marco de un relato casi detectivesco, que apela a la complicidad del lector, el escritor ha ido reconstruyendo la historia de un personaje enigmático, Prisciliano, con el que se topa el viajero al comienzo de su peregrinación a Compostela. Así pues, el relato arranca al mismo tiempo que la vespa de un maduro personaje, nuevo andante de las florestas, moderno amadís, esplandián o quijote, rumbo a la Finis Terrae. Él será también el narrador principal del cuaderno de viaje, y su protagonista primero. Pero no vaya a creer el lector -éste es el quiebro característico de la literatura posmoderna- que el motorista se desplaza a Santiago por el placer de alcanzar una sabiduría superior o de introducirse en un camino iniciático. No; el protagonista viaja a su aldea natal para sacar el permiso de conducir motos que no pudo obtener en Francia. Pero al final del viaje será convertido por el florentino Girolamo, otro de los viandantes del camino, que sí recorre la antigua Vía Lactea impregnado de fe en el magnetismo de esta senda. Se demuestra así el intento de Chao de llegar a una estructura formalizada a pesar de la libertad con que se hace frente a la narración. El libro se cierra en círculo, tal vez para eternizar la historia, hasta enlazar el fin con el principio, de Girólamo a los acadienses o la monja Natalinda, y, por supuesto, Prisciliano. Tal vez sea éste uno de los mejores aciertos del libro, la estructura, que organiza de manera definida la libertad del relato, casi a modo de bagatela o improvisación musical.

A lo largo de estas páginas, el devenir por la geografía y la historia, la improvisación de los itinerarios, de los vericuetos, de las asociaciones tanto de personajes como escenarios, es guiado no sólo por la necesidad del desplazamiento físico sino por el imperativo de la evocación. Así el libro se va haciendo al compás del itinerario, y el itinerario -tanto físico como mental- no lleva un orden preconcebido. Aspira Chao a la espontaneidad de la asociación libre, del divagar, del fluir, del enimismamiento. Se trata de referir un viaje al compás de lo que aparezca en la mente, al hilo de los sucesos. De ahí que la machacona presencia de Prisciliano, afectadamente casual, resalte sobre este fondo vago e indeterminado como presencia mágica o sobrenatural.

La narración de Chao abarca la biografía Prisciliano desde su infancia hasta su conversión al cristianismo, su elevación al episcopado de Avila, y finalmente su condena y muerte, a manos de la autoridad imperial. Teniendo en cuenta que son muy pocos y contradictorios los datos que se manejan acerca de este personaje puede suponerse la dificultad que ha debido salvar el autor para confeccionar la historia. Para empezar, y como es sabido, ni siquiera se tiene seguridad de que Prisciliano fuese oriundo de la Callaecia. Por otra parte, la doctrina priscilianista se extrae de textos que aún no han sido probados como suyos. Resulta indudable, sin embargo, el influjo de este movimiento en la cristiandad hispana hasta el siglo V, y la notoriedad de su caso, dado que fue el mismo Prisciliano quien apeló a la autoridad del emperador para ser juzgado.

En su relato, Chao introduce la alternancia del punto de vista, interesante para comprender cuál es el propósito de la narración principal. Sin duda, el objetivo de Chao entraña importantes dificultades que el autor resuelve satisfactoriamente. Por una parte, el salto de la historia presente al pasado remoto. De otra, la combinación en escena de personajes comunes, y hasta reales, y de personalidades oscuras o extrañas. Finalmente, la necesidad de producir un relato ameno, donde prima el placer de contar, de referir, al que ceden los personajes, unido al deseo de producir una narración instructiva pero ligera.

Por eso cobran importancia los narradores secundarios, de lo más variopinto, unos complacientes y otros morigerados, unos misteriosos y otros ramplones, que aportan su capitulito acerca de Prisciliano. Profesores, eclesiásticos, peregrinos, lugareños, poetas, contribuyen con sus explicaciones en la reconstrucción del rostro del hereje, hombre liberal y generoso (que, sin embargo, acudió al soborno), asceta y penitente (a pesar de mantener varias relaciones adúlteras simultáneas) que, finalmente, acaba por reconocer contrito sus pecados y pide que éstos no nublen la bondad de sus doctrinas. Pero de todos estos narradores segundos, alcanza protagonismo especial Berta, a quien se confía el capítulo segundo -una etapa del camino, por tanto. Berta es una joven estudiante de veintidós años que aprovecha la montura del caballero, la vespa esquizofrénica -unas veces Silvina y otras Priscila- para acercarse hasta su casa, a pocos kilómetros de Sigüenza. Así comienza su relato, con resabios de locutora de radio o presentadora de magazine: « Hola, amigos, soy Berta. Me ha dicho Mario Luis que relate los hechos. Que plasme mis ideas. Mis sentimientos. Que lo cuente todo con pelos y señales sin temor a la impudicia » (pág.119).

Este consejo muy joyciano parece explicar el tono y el contenido del relato del narrador principal que no se detiene ante ningún comentario o pensamiento y escribe sin tapujos, poniendo de manifiesto sus debilidades físicas y psicológicas. Se logra así una subconversación continua (orientada al lector) que se centra en dos temas: la repugnancia por la religión y su parafernalia, y una visión de la mujer como objeto de uso, costumbre o perspectiva arraigada de la que el narrador es consciente y casi soporta como una condición de la edad. Desde este planteamiento, es la única observación que -leyendo como mujer- me gustaría hacer, parece que la fémina sólo sirve para ser « tirada » (pág.257)

A mi juicio las mejores habilidades de Chao se destacan como paisajista, pasos en los que la prosa del escritor se eleva hacia una sonoridad de gran hermosura. Asimismo, se respira un tono de autenticidad en la relación sencilla y llena de afecto entre padre e hijo ,aunados en el interés hacia Prisciliano, si bien con sus diferentes puntos de vista, que alcanza gran fuerza. El autor resuelve bien y con naturalidad el salto de la ensoñación a la historia real y prosaica del viaje.

También se hace presente en el libro el conocimiento de los modelos clásicos en la narración folklórica y caballeresca. Por ejemplo, el narrador viajero entretiene las horas de descanso de una de las jornadas leyendo un capítulo del Quijote, y en efecto, la invocación de los recursos cervantinos está presente en la obra de Chao. De un lado la apelación al artificio del manuscrito encontrado, por otra parte, el recurso a la traducción esta vez del latín, no del árabe, de parte del ex-cura y enviada por fax. Finalmente, en la diversa óptica de los dos personajes, padre-hijo, que rematan el viaje, el primero más consciente de sus limitaciones físicas, que muestra al lector sin disimulo como un segundo Sancho.

En cuanto al estilo, tal vez como huella de la ascendencia gallega del autor se le escapan algunos loísmos, (pág. 227 y 228). Paga tributo el autor al latín macarrónico, haciendo la burla de la sabiduría de los eclesiásticos del momento como en el comentario « Llegué in media res » (pág.230). En relación a la tipografía empleada para marcar los turnos de elocución en el diálogo, no sé si comparto la tendencia a suprimir la puntuación que no aporta gran cualidad expresiva y sí hace ambigua la lectura. Por otra parte, aunque no incurre Chao en incorrección en el empleo de muchos vocablos acude tal vez en demasía, a denominaciones próximas, periféricas, indirectamente relacionadas con el término, pero no en el sentido propio como en: Creo que el más corruptible es el papa Dámaso, cuando tal vez quiere decir, « el más corrompido es el papa Dámaso ». En el proceso a Prisciliano el juez eclesiástico toma declaración a uno de los acusadores preguntándole si Prisciliano revela o inventa la doctrina. Es obvio que el término « revelar » en este contexto significa otra cosa. Tanto una como otra acción hubieran constituido delito.

Algunos pasos del argumento quedan confusos, por ejemplo, ¿quién acompaña al narrador en su viaje, su hijo Arturo o su hijo Oscar, o los dos, o es que se trata de Arturo Óscar? Oscar lo acompaña desde Sigüenza, y también mantiene contactos con la radio e incluso piensa grabar un disco (como Arturo, del que se despidió algunos kilómetros atrás). Tampoco queda clara la intención del autor en relación al personaje biografiado: ¿pretende desmitificar la figura de Prisciliano en las escenas finales del juicio, o, por el contrario, salvarlo, justificando sus acciones inmorales? Prisciliano, el recto, acude al soborno para librarse de la cárcel, práctica que pudo aprender del ejemplo de su padre, Cayo Aurelio. Por otra parte, no sé si resulta convincente la metamorfosis del héroe que se transforma de asceta y monje piadoso en anticristo, según declara el personaje a su regreso a Galicia cuando proclama: « Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin », es decir, la consabida leyenda que hasta cantaron las aves,Prisciliano es Dios. Curiosamente Prisciliano censura a Egeria con el argumento opuesto al que esgrime en su proceso, en defensa propia: Dile a esa joven que a un hombre se le conoce por sus obras. En efecto, ante el emperador pedirá que no se mire a sus acciones -se reconoce hombre pecador- sino a sus palabras, en fin, lo contrario de lo enseñado por Pablo.

Parece increíble también el episodio del prostíbulo -y el asunto de la relación con Cecilia-, paso obligatorio, según había inculcado la narrativa naturalista, en la educación del varón, si se tienen en cuenta los tres años de retiramiento y penitencia de Prisciliano en el cenobio de Martin de Tours. Es de suponer que el autor juega en todos estos nudos argumentales, muy posmodernamente, a confundir los espacios y los tiempos de todas las edades. Por ejemplo, propone un Prisciliano más partidario de la devotio moderna que el propio Erasmo, una iglesia primitiva -recién salida de las catacumbas, es decir de una situación de extraordinario heroísmo- precipitada en la corrupción y la lascivia en sólo treinta años, retrato que tal vez se adecuaría mejor a otras épocas, un tribunal eclesiástico que utiliza los instrumentos de la tortura inquisitorial casi con diez siglos de adelanto, etc. La ejecución de Prisciliano en el circo romano, vitoreados los tormentos por el público enfervorizado, precedido por la lucha de dos gladiadores que se destrozan mutuamente, no parece convincente si se tiene en cuenta que una de las marcas por las que eran reconocidos los cristianos, durante la época de la clandestinidad, fue precisamente su ausencia de los espectáculos circenses, y que prohibir estos juegos fue una de las primeras medidas de los emperadores cristianos. Tal vez resulta inverosímil que en sólo diez años los dioses romanos, según afirma el autor, lograsen desplazar a los cultos druídicos, y el Dios cristiano a los primeros, especialmente si las como ratifica el autor, y comprueba Prisciliano las costumbres populares se mantienen las mismas. Los diálogos desarrollados durante el proceso a Prisciliano toman el cariz del estereotipo del comic o de los cartoons americanos al mismo tiempo que recuerdan vagamente los evangelios leídos en el jueves y viernes santo sobre la pasión de Cristo. Por otra parte, Prisciliano se hace sospechoso de un conocimiento exhaustivo de las escrituras que pondría en peligro la posición de la jerarquía en un momento en que los textos canónicos no se han definido tajantemente ni se dispone de versiones autorizadas. Defiende además Prisciliano que la herejía consiste en apartarse de Dios, cuando la historia abunda en ejemplos de herejes piadosos y santos. Finalmente, conviene destacar que el desdichado mártir fue ejecutado por el crimen de « maleficio » es decir, acusado de ser mago, -un delito en el código penal del bajo imperio romano- y no por sus doctrinas supuestamente heréticas.

Todos estos guiños, como puede suponerse, sirven para situar al lector en el contexto de las leyendas negras, probablemente mejor conocidas que las crónicas de la historia, que le permitan degustar la historia de un personaje lejano pero sugerente. Así pues, el proyecto de Chao es original, borrar los límites de la historia y de la ficción, incorporar al mundo de los hechos las fantasías personales, aspirar a producir un texto que es caleidoscopio de incitativas, perspectivas, estructuras y tópicos literarios.

Por último, sugiere el autor, a través de las explicaciones del místico Girolamo que tal vez en la tumba de Santiago (el Suplantador) no reposen sino los restos de aquellos infortunados mártires. Esta opinión se apoya en la ausencia de documentos históricos acerca del enterramiento apostólico con anterioridad al siglo X. Sin embargo, y atendiendo a los hallazgos arqueológicos de los últimos veinte años, y al orgullo milenario de los gallegos, es de suponer que sólo el título de esta obra, Prisciliano de Compostela resulte para más de uno iconoclasta y perturbador.

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