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Última entrevista con Álvarez del Vayo

7 junio, 1975

Tiempo de Historia n° 7. Junio 1975.

Julio Álvarez del Vayo, fallecido el mes pasado en París, fue Ministo  de Estado en el Gobierno de Largo Caballero desde septiembre de 1938. Permaneció en dicho puesto hasta marzo de 1939. Estuvo también al frente del Comisariado General de Guerra.

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Un hombre lleno de vida, de entusiasmo y de esperanza: así vi a Alvarez del Vayo el día 26 de abril, cuando me recibió en el hotel Sainte Anne, de París. Con voz potente —debido quizá a su sordera— fue evocando su vida, sus luchas y sus recuerdos. Estaba cansado —físicamente viejo—, pero conservaba la mente ágil y despierta, como hasta momentos antes de su muerte. «Hay buenas noticias —dijo entonces—: acaba de caer Saigón».

Aquella misma noche del 26 sufrió un ataque cardíaco que no llegaría a vencer (murió el 3 de mayo). Su viejo amigo Alberto Fernández le llevó a su casa, pero Álvarez del Vayo se negó a recibir cualquier ayuda médica. Quería que lo trasladaran a Suiza para ser enterrado al lado de su esposa Luisa, fallecida seis meses atrás. Y así fue. Una semana más tarde se extinguió esta figura de la historia reciente de España, sin lograr cerrar dos círculos que dieran sentido a su vida: regresar a ‘España y regularizar su situación con el PSOE.

De todo esto hablamos en sus últimas horas, de su salida de España en 1939, de sus cargos, de las personalidades que conoció: Lenin, ‘Rosa Luxemburgo, Chu-En-Lai, Mao Tse-Tung, etcétera.

«Salí de Alicante a Toulouse en el último avión del Gobierno republicano, y desde entonces, en ningún momento perdí la esperanza de volver. El exilio ha sido muy penoso para mi, no materialmente, pues he podido defenderme escribiendo libros y en periódicos, pero sí moralmente».

Su conversación está continuamente salpicada de anécdotas. A los ochenta y cuatro años, después de setenta de lucha, evoca la amistad que le unía a Rosa Luxemburgo: «La conocí en un congreso de la socialdemocracia, en Alemania. Era muy bajita, y necesitaba un banquillo para subirse en él cuando tenía que hablar. Un día, sus adversarios políticos le escondieron el banquillo, y yo, muy caballeroso, se lo fui a buscar. Desde entonces nos hicimos muy amigos». A Lenin le conoció en Alemania, en una reunión de rusos exiliados. «Exigió que se hablara alemán, en consideración hacia el camarada español». Más tarde, el «camarada español» sería un ardiente defensor de la revolución leninista en la prensa mundial, allá por los años veinte.

Vayo formaba parte del ala izquierdista del Partido Socialista Obrero Español. Al llegar la República, en 1931, fue nombrado embajador en Méjico, y además de organizar la ayuda al Gobierno español, hizo posible la realización de la película «Viva México», que estaba rodando allí S. M. Eisenstein, otro de sus amigos.

Evoca todo esto con su perenne sonrisa, una mirada aguda y una posición de firme batallar. El no ha cambiado, y cuando le señalo que otros sí lo hicieron, como Albornoz, lo niega rotundamente:

«Albornoz siempre ha sido así. Nunca pude comprender cómo se puede ser una autoridad en las letras y tener tal confusionismo político. Pero esto es muy corriente entre los intelectuales».

Él no se considera intelectual, aunque cuando decidió ingresar en el PSOE le escribió a Pablo Iglesias diciendo que lo hacía «a pesar de que sabía que el partido socialista tenía cierta aversión por los intelectuales».

En el PSOE hubiera querido morir. «Fui separado por los reunidos en Toulouse en mil novecientos cuarenta y cuatro, cuando los exiliados se lanzaron al asalto contra el partido, pero yo nunca me consideré fuera de él. Últimamente solicité la regularización, pero me contestaron, seis meses después, exigiéndome que me conformara a las normas del PSOE, y que abandonara otros grupos de los que formo parte. Claro que no pude aceptar esto».

En efecto, en 1964 fundó el FRAP, del que fue presidente hasta su muerte. Veía para España una solución federalista, «la única capaz de resolver los problemas de las nacionalidades, sin destruir al Estado. Vea usted el ejemplo —me dijo— de los cantones suizos»,

Habla de los límites de la apertura, de los problemas del continuismo y critica a la Junta Democrática, «porque reposa en una idea irrealizable: la reconciliación de la derecha y de la izquierda. Ya se sabe que esto es imposible».

En política exterior era neutralista, y se oponía «a la hegemonía de los dos bloques».

El príncipe Sihanuk le había hablado en 1973 de su posición, que él trataba de aplicar luego: «La lección nuestra —le decía el príncipe— es que, aun siendo un país pequeño, aplastaremos a la potencia más grande del Mundo». «Y mire usted, ahora lo están logrando», añade.

En China fue recibido varias veces con los honores de Jefe de Estado. Le recibió Mao, Chu-En Lai, Lin Piao y otros grandes dignatarios. Su libro «China al alcance de todos» resúmen de cuatro visitas, ofrece una información amplia de la experiencia maoísta.

Me hace mil preguntas sobre España, sobré la prensa; me da su dirección en Ginebra para que le enviemos «Triunfo».

Al estrecharle la mano no puedo dejar de recordar la frase que Francois Mauriac dijera acerca de Jacques Duclos, que también acaba de desaparecer: «Medio siglo al servicio de la clase obrera merece mucho respeto». Me lo encuentro aún, pocos minutos después, en el café que hace esquina entre la rué Sainte Anne y la rué des Petits Champs. Yo fui a ordenar los papeles, y él, a comer: una cerveza y un bocadillo de jamón. Fue el último almuerzo de un luchador.

RAMÓN CHAO • R. CH. Fotos: F. MARUL.

Ver el texto original.

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