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Los dos hermanos de Reigada

7 abril, 2012

Debe de ser que nuestra especie necesita tabúes, ilicitudes y predestinaciones para sentirse anclada en la tierra; si no, resulta inexplicable que cuando dan en tambalearse las ideas opresivas preconcebidas salgan a reforzarlas con encuestas y cortapisas: “41 homosexuales afectados por una forma grave de cáncer”, escribía con grandes caracteres el New York Times en un número del pasado mes de julio; demasiado despliegue para revelar los dudosos resultados de las pesquisas de unos médicos estadounidenses que trataban de relacionar la existencia y evolución de un tumor fatal, nada menos que el sarcoma de Kaposi, con la actividad homosexual.

Diré de pasada que para contraer este terrible sarcoma no basta con ser adepto del amor efébico, y hay que alzarse a las alturas de un superman copulativo, ya que se precisan diez uniones nocturnas cuatro veces por semana, que el que no muere de cáncer desfallece al cabo de aburrimiento.

Y más: el segundo informe Kinsey sobre la homosexualidad (El desarrollo de las preferencias sexuales en hombres y mujeres) asegura que la homosexualidad no es una cuestión de libre elección, iba a decir albedrío, ni de evolución, ni tan siquiera de preferencias, como pudiera sugerir el título del informe. Se debe exclusivamente a causas biológicas. En cinco palabras: se es gay de nacimiento.

Pero no he de seguir por ahí aunque haya de volver otro día, que ahora, antes de la aparición de una nueva contraofensiva biempensante, cumple propagar las ideas más recientes sobre el incesto.

Desde la antigüedad se ha dicho todo, en pro y en contra, del amor endogámico. Ya la Biblia nos cuenta las relaciones carnales y trágicas de Amnón y su hermana Thamar; Sófocles escribió su Edipo rey con miras a que Freud asentara en él la justificación de sus complejos, pues nunca se recalcará bastante que la maldición que cayó sobre la estirpe edipiniana se debió, sobre todo, al carácter tiránico de Layo, padre de Edipo, y a su crimen de seducción que acarreó el suicidio de la joven. También en aquella época precristiana la bella Cleopatra, de hermosa nariz que cambió la faz del universo, fue el resultado de doce generaciones incestuosas. De estos amores es la trama de muchos cuentos de Las mil y una noches, y si la moral del costalero los condenaba, ahí estaba el Corán para justificar y perdonar. En el Sura IV, An-Nisa (Las mujeres) dice, con efecto, literalmente el profeta: “No os será lícito calar con vuestras madres ni vuestras hijas, hermanas, tías, sobrinas, nodrizas, hermanas de leche, suegras, ni con las hijas de vuestras mujeres que teníais bajo vuestra diestra a menos que hubieseis cohabitado con sus madres”. Pero, a renglón seguido, agrega: “Pero si la culpa se hubiera ya cometido, ciertamente Alá es piadoso y apiadable”. Cansinos Assens, cuando preludia la oncena noche, no llega a explicar la prohibición de conocer bíblicamente a la suegra. Pero no viene esto al caso, lo nuestro es que Shakespeare, en Cuento de invierno; Racine, en Fedra; el también elisabethiano John Ford, en Lástima que sea tan puta; Diderot, que aseguraba que “el incesto no hiere en absoluto a la naturaleza”; Chateaubriand, para quien “todo amor verdadero es incestuoso”, o Restif de la Bretonne, “casarse con su hija representa el ideal amoroso”, decía, sin que me olvide de las catorce generaciones sucesivas e incestuosas -hermano-hermana- de la dinastía inca, en la que no se dio un solo caso de jefe ni más ni menos monstruoso que los de Estado de ahora.

Todo esto, a más de las incontables películas que últimamente explotan este terna (Mi hermana, amor mío, La hija pródiga … ), así como un gran artículo mesurado, como es siempre el periódico Le Monde en que salió, o la última novela de Marguerite Yourcenar, Ana soror, no harán tanto para poner el incesto al alcance de las familias como la asociación americana cuya finalidad es esa. No acepta ni defiende los casos incontables de violación de padres a hijas, denominados por esta asociación “incestos abusivos” y yo llamaría criminales; lo que tratan de conseguir es la aceptación de las relaciones endogámicas “por consentimiento”, que yo diría convencimiento. Entre los heraldos de esta nueva causa figura Wardel Pomeroy, coautor del célebre informe Kinsey: “Va siendo hora de reconocer que el incesto no es necesariamente una perversión o una forma de enfermedad mental, y que a veces puede resultar benéfico”.

Foucault, Lévy Strauss, Havealock Ellis y más hombres cuya mera citación sería fastidiosa trataron de justificar la necesidad que tiene la sociedad de prohibir el incesto. Sólo me tienta, aquí la explicación que le dio un anciano de la tribu Arapech, en el Pacífico, a Margaret Mead: “¿Que me case con mi hermana? ¿Está usted loca? No tendría cuñado. ¿No comprende que si me caso con la hermana de otro hombre, y si otro hombre se casa con la mía tendré, al menos, dos cuñados? Y si no, ¿con quién labraría el campo, con quién iría de caza, con quién hablaría?”.

Yo recuerdo aquella mercería de Los Dos Hermanos que había en Reigada. Eran varón y hembra. El emigraría de muy joven a Argentina y, al volver, al cabo de los años, se encontró hecha ya una mocita y con la pubertad vencida a la criatura que había dejado en pañales. Pasaron apuros idiomáticos a lo primero, pues ella hablaba la lengua de nuestra tierra y el español de ultramar. Pero aun así se hubieran entendido en lo corriente; lo peor es que el cubano (allí llamamos cubanos a todos los que emigraron a las Américas, aunque fuera a Argentina) desconocía las frases hechas, las circunlocuciones que impiden llamar a las cosas por su nombre. Las sabía en argentino, a  menos que fuese en lunfardo, y le decía a su hermana: “Me la estás haciendo parar”, o “No me hagas eso porque me salgo de la vaina”, lo que resultaba chino cantonés para ella. Hasta que retozaron un día de carnaval en el pajar de la casa. Ella iba de Eugenia de Montijo y él de gaucho pampero, que también es que son atuendos muy aguijoneadores, la verdad. Parece como si, disfrazados, resultase más fácil, que no se conocieran ni por parte de padre ni por parte de madre; estaban puros sus corazones; por eso hablaron sus lenguas de lo que guardaban sus interiores y al gaucho le salió con toda naturalidad decirle: “Se me está subiendo esto, vieja; tenemos que bajarlo”; lo asió su hermana y, por la premura, se lo abatió de seguida con muchos rendibúes, que la habilidad es un don que Dios otorga a quien quiere. Y desde aquélla, como El manda, emprendieron vida marítima, que decían en el pueblo por envidia criticona, y montaron la referida mercería.

La Carretera -llaman, aún hoy, así a la calle principal; sus primeros pobladores no tuvieron imaginación ni vagar para denominarla de otro modo, y el de generalísimo Franco puesto por las autoridades no llegó a cuajar- rechistó al principio, pues mucho priscilianismo, pero un incesto tan cercano era malo de tragar.

Pese a todo, la tienda cobró fama y clientela al traer, la primera en toda la provincia, medias de cristal. Y cuando instalaron una máquina eléctrica de coger puntos y empezaron a vender prendas de nailon, los dos hermanos dieron por ganada la batalla de los murmureos.

Y nunca hubo nada que decir de ellos; nadie hubo más sufrido que aquella pareja ni más extremados en punto a ayunos y rezos y mortificaciones y piadosos excesos.

Ramón Chao. EL PAÍS / Madrid / 28/06/1983

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